Un incidente con doble lectura

Todavía ando descolocada, ha sido un incidente que me ha devuelto a un pasado que muchos queremos olvidar. La escena se desarrolla en la consulta médica. Sabemos que la espera es larga y da para muchas conversaciones. Pero lo que yo no hubiera imaginado es que alguien manifestase en voz alta que allí se le había insultado. Yo intentando saber de qué iba la cosa. He interpretado que en una conversación intrascendente alguien había blasfemado. Y mira por donde le han cortado de raíz, iniciando un enfrentamiento rocambolesco. Aquel que no le había insultado. El otro que sí. Hasta que el aludido ha comprendido que había nombrado a Dios de manera coloquial pero inadecuada. Para cagarse hay otros sitios. Y el viejo canoso y digno insistiendo que ha insultado a su Padre. Total que la memoria histórica ha salido en la puerta de consultas ante la mirada incrédula de todos.

No me dirán que la escena no es chocante. Dar testimonio de la fe y además reconvenir con educación cortando drásticamente con las bravatas del incrédulo. Porque aquel ha salido con que se caga en todo lo que se le presente por delante por muy santo que le parezca al otro. El tono iba subiendo. Y yo sin intervenir. Me he planteado si la estrategia era adecuada, si se daba testimonio de algo. Porque el maleducado le ha dicho ignorante al anciano, ha recurrido a las riquezas de la iglesia, a las historias de la guerra civil con respecto a las monjas y religiosos, y poco a poco se iba enrareciendo el ambiente. Pero nadie ha intervenido en ese diálogo que estaba abocado al fracaso. Allí no se hablaba de Dios, de tener o no tener fe. Allí se blasfemaba con palabras que todos oímos a diario y sólo se ha levantado una voz para pedir educación. Una voz que clamaba por el respeto a lo que le era muy querido.

La situación se ha prolongado cuando el blasfemo ofensor ha dejado al descubierto que él se ocupa de manera voluntaria de los ancianos. Acabáramos, era la típica estocada anticlerical. Mucho más amor a los demás y menos rezos. Está bien que uno ponga encima de la mesa sus desvelos por los demás, pero como muy bien le ha señalado el anciano, “usted no sabe qué es lo que yo hago por los demás”. Punto pelota. Vacilar con la caridad no está bien. Atacar las creencias de los demás tampoco. Y no saber que los insultos a lo más sagrado ofenden, es digno de destacar. Lo que yo me preguntaba es si hay que ponerse en ese plan al escuchar cómo se cagan con lo más sagrado. Sabemos muy bien que en ciertos ambientes eso es una muletilla para liberar adrenalina. Lo otro, el enfrentamiento, en cambio, libera mala sangre. Y no estamos para volver a tiempos pretéritos.

Sin embargo la educación ha salido a flote. El anciano ofendido, no ha perdido los estribos, ha respondido con el tono firme pero sin alzar la voz. Y aunque el sorprendido blasfemo no estaba por cambiar sus costumbres, sí que ha manifestado incredulidad frente a unos hechos que no terminaba de comprender. Lo digo de nuevo, no creo que esto lleve a ninguna parte. La gente entiende la libertad como derecho a ciscarse con lo que le parezca, y no va a cambiar sus costumbres porque alguien le haga ver que está faltando el respeto a otros.

No obstante, nos conformaríamos con que se pudiera suprimir de la escena pública todas estas bravatas que también salen en los medios de comunicación, con una labilidad propia de carreteros, como antaño se decía. Probablemente ganaríamos todos y estaríamos acostumbrados a guardar un determinado tono. Lo digo porque como educadora me llama mucho la atención que en boca de niños salgan sapos y culebras al menor rifirrafe. Y también proclaman su ateísmo, con garbo, chuleando. Porque ellos no creen en esas cosas. Acabáramos, a ese paso terminaremos por cagarnos unos encima de otros

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Acerca de Carmen Bellver

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