Estampas navideñas: algo para celebrar

La fiesta del consumo ya está en marcha. Las luces brillan en la ciudad. Los anuncios nos recuerdan que hay que volver por Navidad. Perfumes con estrellas glamurosas; juguetes, electrodomésticos, cosmética, ropa. Cada ciudadano llevará en su mano las compras de estas fechas festivas. La nevera se surte de productos típicos para las opíparas celebraciones que se realizan por costumbre. Hay cierta alegría por reunir a la familia entorno a la mesa. Son fechas tristes para quienes carecen de compañía. Unos porque están lejos del hogar, otros porque no formaron una familia. Todos ellos sienten una nostalgia tremenda en estos días. El recuerdo de su infancia, de otras celebraciones con personas que ya no están aquí, les produce un vacio en el estómago. No, no celebran la Navidad, en realidad la odian. Su botella de cava sólo tiene una copa para llenar. Y ese es el caso más afortunado. El del que puede de alguna manera hacer una pequeña y solitaria celebración.

Porque hay muchos que no van a poder tener su cena de Nochebuena. Su menú probablemente será como el de un día cualquiera. Han recogido víveres en el economato parroquial. Se dan por satisfechos con estar juntos, pero la televisión les recuerda que les faltan muchas cosas para poder ser felices, tan felices como esos anuncios de serpentinas y espumillón recordando de manera mecánica que se acerca la Navidad. Cuando pasean por la ciudad cada esquina les habla de un acontecimiento que a ellos no les alcanza para celebrar.

Luego tenemos el grupo de los fieles cristianos que celebran la llegada del Niño Dios. Y lo harán en la misa del Gallo, pero también en la oración y bendición de la mesa. Aquí los regalos son para otros, llevarán parte de la cesta de compra al economato para que quienes pasan necesidad puedan comer. Y como mucho se darán el gusto de probar el turrón y los mazapanes regados con cava. Más derroche no hay, porque han explicado a sus hijos que no se trata de comer más de lo necesario, ni de cocinar platos exóticos y suculentos, que todo eso es pura fantasía consumista. Lo suyo está en dar gracias a Dios por mantenerlos unidos y felices y además, entonar unos villancicos frente al Belén que cada año recibe un nuevo personaje, elegido cuidadosamente. El de este año se corresponde con un herrero, y allí estará con su fuego encendido mientras golpea el hierro, prodigio de figura en movimiento que tiene encandilado a todo el personal.

Pero también están esas nuevas parejas que no son familias al uso. Esos matrimonios de personas del mismo sexo, para quienes también es Navidad, y lo celebran como todos. El espíritu de la paz y la concordia llega a los sitios más pintorescos. Eso sí, no tienen Belén, ni reyes, para ellos basta con el árbol; llevan años enfadados con la iglesia, la única institución que no bendice su unión, que no les considera personas sanas y equilibradas. Cómo para bendecir una mesa. Y eso que creer lo que se dice creer, les gustaría mucho, porque en definitiva la religión católica bebe de las fuentes del amor. Y en eso sí que están de acuerdo.

Estas son las escenas más comunes, aunque no lejos, debajo del arco de un puente, junto a una hoguera consume unas galletas el mendigo que rehusa los albergues. No quiere que las monjas le manden ducharse, lo peinen y le metan una sopa caliente en el cuerpo, para estar el resto del día al raso. Ha probado todas las soluciones y la que menos le molesta es la de continuar como si fuera una fecha normal, pero eso sí bastante alejado del centro, para que no le miren derrotado en el suelo con sus mantas de cartón. Si tiene suerte llegarán los voluntarios de la cruz roja a entregarle un café con leche caliente y algún bocadillo, le dirán que lo llevan al albergue, pero él de allí no se mueve, salvo que el tiempo cambie y llueva a torrentes.

Podríamos pasar a esa familia que grita a lo lejos, donde una mujer se acurruca en un rincón mientras recibe patadas e insultos. Para ella la Navidad llegará en el retén de la policía mientras denuncia los abusos, ante los ojos compasivos de la mujer que toma nota de su desgraciada existencia.

Continuaríamos con los relatos navideños, porque los hospitales y albergues están llenos y hay mucha gente que trabaja en Nochebuena, para que otros podamos disfrutar de unas horas mágicas, las horas que llegan cada invierno con puntualidad. Pero si hay alguna escena que se puede rescatar y que interpela todos los años, sin duda será la de Benedicto XVI compartiendo su cena en un albergue con los más necesitados. Supongo que ante ella el Niño sonríe feliz, porque con ese espíritu es como se debe celebrar la Navidad.

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Acerca de Carmen Bellver

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