Entre las bambalinas de la Navidad

Se acerca Navidad y doy gracias por trabajar con niños. Con ellos tienes asegurada una buena ración de adrenalina y también de esperanza, de ilusión. Siempre están abiertos a lo cotidiano vivido como algo extraordinario. Conozco la contrapartida, convivencia con ancianos, enfermos crónicos que avanzan inexorablemente hacia su final, que a su vez es el principio. La iglesia le llama vida ascendente a ese periodo de preparación hasta la postrera despedida. Yo en cambio considero que la infancia también es una vida ascendente y la de los ancianos es más bien la vida con proyección hacia la eternidad.

En estas fechas suelo pensar en San José, un hombre que abrazó a María en la turbación de un embarazo inexplicable. Un hombre bueno que era incapaz de humillar públicamente a su prometida, aunque pensó en abandonarla, debatiéndose con sus sentimientos encontrados. Pero recibe la ayuda del Señor para aceptar el misterio. Ciertamente son dos gigantes de humanidad, de fidelidad a Dios. Son capaces de un sí a fondo perdido, sin condiciones. Me cuesta ponerme en su piel. Por muchos sueños o apariciones que tuvieran, no deja de ser grandiosa la aceptación de su destino. Tanto uno como otro, acogen al Emmanuel, al Dios con nosotros.

Y cuando pienso en esa anunciación, en esa revelación en sueños a José. Me entra cierto desasosiego. La vida siempre implica elecciones, pero una se debate con lo razonable; sin embargo José y María tuvieron que aceptar lo extraordinario y convivir con ello, guardando silencio, protegiéndose mutuamente. Me gustaría conocer mucho más de la infancia de Jesús y también de la vida de San José. Este humilde trabajador desaparece de los evangelios al comienzo de los mismos. Y pese a que no pronuncia ninguna palabra, una sabe que era un hombre bueno, un hombre íntegro. Lo mismo me sucede si me pongo en la piel de una joven judía cuya virtud puede cuestionarse con un embarazo tan inusual; ambos no dejan de interpelar nuestra débil condición de pecadores.

En estas fechas vendría muy bien explicar a los alumnos la categoría moral de San José, pero la laicidad escrupulosa, el miedo a algún padre descreído y la presencia de miembros de otros credos hace que pasemos de puntillas por la historia del nacimiento de Jesús. Abunda en cambio, el gordinflón de la coca cola, que vendrá al colegio para recoger las peticiones de los niños. Los reyes han sido sustituidos por esa extraña incorporación de marketing comercial para hacer posible que el día de Navidad se reciban regalos y además se espere para el seis de enero a los Reyes que vendrán cargados de la otra mitad.

Un disparate en el que cada vez creen menos niños, cuyas miradas pierden la inocencia a edades más tempranas. Se evapora la noción de nuestros propios recuerdos de una infancia donde había una noche llena de magia y encanto. Ahora los desfiles se suceden en cada ciudad y canal televisivo. Es inevitable que al aproximarse estas fechas los niños nos bombardeen preguntando e interrogándose entre sí. Han visto acudir a Santa Claus otros años y reconocen debajo de la barba al papá de turno. Así que de manera inevitable llegada cierta edad sospechan que hay gato encerrado. Y siempre hay algún avispado que les quita la inocencia de un sueño fantástico que deberíamos proteger entre todos, pero que vamos matando poco a poco, también entre todos.

Es difícil encontrar otra fecha más apropiada para explicar que Dios hecho hombre acampa entre nosotros, como uno cualquiera. Dispuesto a recorrer el mismo camino que todo hombre o mujer realiza hasta cruzar el umbral de la muerte. Y explicar que su presencia entre nosotros, confirma que aquí no finaliza nuestra historia, que hay otra mayor y más grandiosa que nos espera del otro lado. Si además participamos de la oración común frente a un Nacimiento, tal vez podamos devolver el sentido de estas fechas, alejándonos de las compulsivas luces de los escaparates.

El recorrido nos debería llevar directos al economato parroquial para dejar parte de nuestra cesta de la compra. Aunque sólo sea para que otros puedan al menos comer con decencia estos días de bambalinas y celebraciones extraordinarias. Convertir la Navidad en un día de oración compartida, lejos de los restaurantes. Sugiero una mesa común en la que vayamos sirviendo un estupendo cocido a quienes no tienen un salario decente para surtirse de viandas cotidianas. Puestos a sugerir, seguro que hay propuestas mejores que la mía, es cuestión de voluntad y de saber mirar en la dirección adecuada.

Acerca de Carmen Bellver

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