"El cielo puede esperar"

Sí, yo también lo recuerdo, el título hace referencia a una película protagonizada por Warren Beatty. Lo tomo prestado porque me recuerda el poco aprecio que tenemos por esa dimensión que supone toda la eternidad. Hablar del cielo o del infierno es entrar en terreno minado. No soportamos la incertidumbre, de manera que evitamos pensar en ello. Sin embargo, el cielo constituye la mejor parte tras nuestra corta existencia. Vivir en el cielo, según el catecismo, “es estar con Cristo”. Me he puesto a leer todo lo referente a este apartado, con sus citas bíblicas, su referencia a los santos padres. Y he de confesar que, al menos en los últimos años, no recuerdo ninguna predicación sobre el cielo. No voy a entrar en el purgatorio, lugar lóbrego y de mala fama al que muchos niegan la capacidad de purificación que la Iglesia le atribuye. Pero vendría bien repasar algunos datos sobre todo ello.

Tenemos que reconocer que evitamos pensar en ese paso decisivo que inevitablemente todos debemos dar. El umbral que se encuentra tras la muerte se desvanece, tiene mala carta de presentación mencionar siquiera la posibilidad de purgar nuestras miserias. A mí lo que más me ha llamado la atención de cuanto llevo leído sobre este tema, es que “en la gloria del cielo, los bienaventurados continúan cumpliendo con alegría la voluntad de Dios con relación a los demás hombres y a la creación entera”1029. Recuerdo la belleza de esa expresión, cumplir la voluntad de Dios, y me lleva ineludiblemente a un cierto desgarro interior. Sabemos cuál es la voluntad de Dios, tenemos reseñado su camino, su manual de instrucciones, pero no solemos hacer mucho caso. Tal vez porque predomina siempre nuestra voluntad, nuestros deseos, nuestras decisiones. Cotejarlas para ver si se ajustan a lo que Dios quiere de nosotros, es un penoso acto de examen de conciencia. Y en la actualidad hemos evitado durante largo tiempo el confesionario y sus prolegómenos

Bueno pues, frente a esa mala prensa que existe sobre el cielo, conviene hacer saber que allí se encuentra la mejor parte. Sin que esto nos evite ningún peldaño de la escalera que sube hacia arriba. Y puesto que hablar del infierno es crear temores patógenos que hace años evitamos, conviene también saber que existe el peligro de condenación. De manera que todos somos enviados a proclamar la Palabra de Dios, para la salvación de la humanidad. Y ahora que hablamos de la salvación que no excluye a otros credos, se hace necesario matizar un poco que la vida espiritual es tan importante como la vida cotidiana. Del cuidado que pongamos en ella, dependerá nuestro futuro. Alegar ignorancia no es un eximente.

Hay algo fundamental en la salvación de cada ser humano, y es el deseo de permanecer unidos a Dios, de implorar su misericordia y de desear su presencia. Podemos pecar, porque está en nuestra condición, pero debemos ver la vida como un peregrinar para aprender a amar como Dios nos ama, es decir a corazón abierto. Y como bien dice el catecismo “El juicio final revelará que la justicia de Dios triunfa sobre todas las injusticias cometidas por sus criaturas y que su amor es más fuerte que la muerte”. Esto es fuente de consuelo por cuanto vemos el mundo actual imperfecto y lleno de injusticias. Saber que el destino final es la gloria y la semejanza con Dios, porque lo veremos tal cual es, cara a cara, es el mayor consuelo que podemos tener frente a las adversidades cotidianas.

Creo que esta parte de nuestra fe que proclamamos en el Credo, se deja de lado desde hace décadas, porque no tiene buena prensa. Y es que recordar nuestros pecados nos hace sentirnos poca cosa, ese sentimiento de culpa hay que transformarlo en dolor por el daño ocasionado, y la psicología actual nos muestra otros caminos. Parece que es mucho más tranquilizador hablar del amor incondicional del padre, sea cuales sean nuestros actos. Y precisamente lo que debemos buscar cada día es vivir de acuerdo con esa pulsión hacia la eternidad. Como dijo en su momento San Francisco de Borja, hay que trabajar por el Señor que no se nos puede morir. En ello nos va la vida, la verdadera, la eterna. Aunque de momento también nosotros digamos que “El cielo puede esperar”.

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Acerca de Carmen Bellver

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