"Dios también se encuentra en los pucheros"

Me gustan las historias de conversiones. Es como un soplo de esperanza. Dios sigue llamando de diferente manera a la gente. Puede encontrarlos en el ocaso de su vida o tras una existencia vacía y sin sentido. Puede hacerlos regresar a una fe vivida tras años de lejanía e indiferencia. Llama a hombres y mujeres de diferente condición. Lo hace a su modo, tomando el tiempo que necesita. Y esas vidas no vuelven a ser lo que eran. La gente que encuentra el tesoro de la fe, no lo quiere perder. Y sin embargo cuántos hay que tienen esa fe dormida, ahogada por el frenético ir y venir de nuestro tiempo.

Lo bueno de nuestra fe es que no es una cuestión exclusiva entre Dios y nosotros. Afecta a toda la comunidad. De la manera como entendamos la religión, proyectaremos en nuestra vida sus valores. La fe no se puede vivir en solitario, necesita de la comunidad y también de las obras. Por eso muchos se afanan en predicar que la entrega a los demás es la seña de identidad del cristianismo. ¿Y qué pasa con la vida ordinaria?. Esa vida gris de la mayoría de nosotros. Tras un proceso de conversión de tipo espectacular se da un cambio de vida. Pero a la mayoría de nosotros no nos suceden cosas extraordinarias, es más, la mayor parte de los fieles no tienen esa conciencia de conversión que señalaba al principio. Y tienen que sobrevivir con una vida dedicada a los suyos, al trabajo y al hogar, los dos polos en los que solemos movernos. Tal vez donen parte de su tiempo a las acciones caritativas. Pero no hay nada espectacular en su ir y venir.

Por eso las historias de conversos que abandonan una manera de vivir para sumergirse en la fe a tiempo completo, son como faros que nos guían en la mediocridad de nuestra existencia. Y perdonen por ese calificativo. Solo intento reflejar que lo cotidiano puede estar lleno de fe pero no reluce a los ojos de los demás. Y es que si buscamos cosas extraordinarias siempre nos quedará un vacio interior. Dios habla en la vida ordinaria de cada día y ahí hay que encontrarle. También nos habla en el rostro de los demás hombres y mujeres de nuestro tiempo. Y cada día es un encuentro y una oportunidad. Tener la mirada puesta en Dios hace que veamos de una manera diferente todo lo que nos rodea. Esa es el gran secreto de Dios en nuestras vidas. Que lo podemos encontrar todos los días si nos sumergimos en su manera de entender la vida.

Y para saber qué debemos hacer, basta con lavar la mirada para ver según el Evangelio. Ver cada día como una oportunidad para trasmitir nuestro gozo de pertenecer a Cristo. Si realmente estuviésemos llenos de su gracia, rebosaríamos de alegría, incluso en la adversidad. Ese es el secreto de las vidas de conversos, que están tocados por la gracia y saben valorar el encuentro con Dios. Por eso a los que se nos ha dado la fe como herencia, tenemos que buscar cada día el encuentro con Dios, para poder sentir su poder en nuestra vida. Una vida en lo ordinario consiste en intentar ser consciente en cada momento de que tenemos que buscar hacer la voluntad de Dios, en los gestos cotidianos.

He tenido la suerte de vivir varias experiencias con esa presencia divina durante todo el día. Con conciencia de estar habitada por Dios y eso me ha dado momentos de felicidad que es difícil compartir con los demás, porque son como pequeños secretos en mi relación con Dios. Pero sí, la fe alimentada con la Palabra y la oración pueden transformar lo cotidiano en un encuentro gozoso con el Señor. Sólo hay que estar conscientes de su presencia en nuestra vida y hacer que esa presencia se mantenga a lo largo del día, hagamos lo que hagamos. Precisamente esos son momentos de gracia que transforman lo ordinario. Ojalá sepan encontrar ese gozo en el Señor. Porque como decía Santa Teresa de Jesús, Dios también se encuentra en los pucheros.

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Acerca de Carmen Bellver

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