Polémica por la beatificación récord de Juan Pablo II

Era de esperar la que está cayendo con la próxima beatificación de Juan Pablo II. En pleno siglo XXI una no espera encontrarse con un santo nada más que en las novelas de vidas ejemplares. Allí la santidad se mide por la distancia en la que sucedieron los hechos, todos ellos notabilísimos y dignos de merecer un sitio en la historia de la humanidad. Por eso nadie osa suponer que es contemporáneo de un santo, porque no les llegamos ni al tobillo. Sus gestas están llenas de una aureola magnificada y sueles olvidar que a muchos de ellos les olía el aliento o no tenían nada de simpáticos. Vamos que un santo es un pedazo de hombre y mujer como todo el mundo al que Dios le ha puesto seguimiento y formación continua.

El caso es que sentirme contemporánea de algunos raros especímenes de santidad me produce una fuerte impresión. No comprendo que se pueda subir a la gloria de Bernini por el empeño exclusivo de las fuerzas humanas. Así que cuando hay un milagro por medio estamos hablando de palabras mayores. Es casi como recibir el asentimiento divino a lo bruto. No te lo crees pues toma y chúpate esa. De manera que admito lo extraordinario como sello y firma de que allí hay algo más que un hombre o una mujer común. Allí ha actuado Dios y sigue empeñado en hacerlo aún después de haberle entregado su alma.

Si una analiza la vida de Juan Pablo II no cabe duda que está llena de luces y sombras, como por otra parte cualquier vida, aunque la suya tenga carácter extraordinario. Porque ser Papa es poco común, las probabilidades de llegar a la silla de Pedro deben medirse en porcentajes irrisorios. O sea que es más probable que te toque la lotería que alcanzar el solideo con el beneplácito de cientos de cardenales. Pero hete ahí que Juan Pablo II rompió el barómetro de probabilidades y consiguió superar un pontificado largo, con atentado incluido, lo que no deja de ser otro suceso extraordinario.

Si digo esto es porque no me cabe la menor duda de que Juan Pablo II era un hombre de Dios, y por tanto muy bien podemos entender que en tiempo récord sea venerable. Pero a estas santificaciones contemporáneas de personas que hemos visto en pleno apogeo hasta la decrepitud final, no estamos acostumbrados. La maledicencia se pone a actuar de inmediato para nombrar cada una de las meteduras de pata del pontífice. Como si ser Papa no conllevara la misma capacidad de equivocarse que la del vecino de la esquina. Aunque eso sí, los asuntos son diferentes, no es lo mismo bendecir a un crápula que saludar a un timador. Pero nadie está exento de ser juzgado por sus obras que pueden ser poco edificantes.

El tiempo dirá si ese es el caso de Juan Pablo II, pero no hay duda de que imprimió un carácter peculiar a la barca de Pedro, con grandes manifestaciones populares, nunca vistas hasta entonces. Un hombre que venía de una dictadura comunista y que sufrió en carne propia las consecuencias de los totalitarismos del siglo XX. Sin embargo, no es bueno que pensemos que a los santos los hacen los hombres. Hay que explicar bien que esos hombres son santos porque vivieron a corazón abierto las virtudes de la fe, la esperanza y la caridad. El asuntillo de los milagros, sería como la rúbrica final en una largo proceso que hoy puede ser acortado por la facilidad con la que recabamos información y contrastamos pareceres.

Sería preocupante que la beatificación de Juan Pablo II se viviese como un movimiento en el tablero de ajedrez de los acontecimientos de la Iglesia. En ese sentido el tiempo y la distancia hacen verdaderas maravillas. De manera que el empeño de Benedicto XVI por acelerar el proceso, no deja de sorprender. Pero aún así, la Iglesia tampoco ha de temer ofrecer modelos de santidad cuando son evidentes para el mundo. Aunque ese modelo sea precisamente todo un Papa.

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Acerca de Carmen Bellver

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