Ante el vértigo de la información, aprender a contemplar

Hay algo que lleva rondando mi cabeza desde hace tiempo. A veces me sorprendo leyendo en la red a la búsqueda de un tema para el post y compruebo con pavor cómo consumimos información. Pienso muchas veces que tal vez debería ofrecer otra línea diferente a la de la actualidad. Creo que la vida resultaba más sencilla con la ausencia de televisión o Internet. Las noticias llegaban, como mucho, los fines de semana. Recuerdo a mi padre leyendo el periódico todo el domingo por la mañana. Mi madre aprendió a leer con los sucesos de cada día en la prensa. También estaba la radio, para el fútbol, y poco más. Lo cierto es que la prensa, la radio, la televisión, Internet, nos hacen perder muchas veces la tranquilidad. Llaman a nuestra ventana los telediarios con su ración de guerras y cataclismos. Y lo que antes era una profunda congoja por el sufrimiento que veíamos reflejado en algún país remoto, hoy se convierte en un titular que se desvanece, casi al día siguiente. Algunos investigadores de la mente humana, hablan ya de un cambio de pensamiento, de una fragmentación de la información.

En cambio, todos sabemos que contemplar forma parte del lenguaje religioso. Contemplar es mirar hacia adentro, es rumiar y saborear, una frase, un acontecimiento, una lectura, una oración. Contemplar supone no tener prisa, dejar la mirada demorarse en una estampa de la naturaleza; escuchar el murmullo de una fuente y solazarse en su borboteo; oír el trinar de los pájaros, o la furia del claxon, impertinente, inoportuno en una noche de insomnio. Por eso es importante educar para que la mente pueda profundizar en el conocimiento. Algo que se va perdiendo por la inmediatez y velocidad de la información.

Las nuevas generaciones llegan al aula de informática con la mentalidad de consumir. No leen las instrucciones, no piensan antes de elegir una opción; se atropellan con el ratón y el clic, pulsando nerviosamente hasta dar con la solución, pero no aprenden, porque hay que enseñarles a contemplar, a pensar, a no dejarse atropellar por las prisas. Y sin embargo la sociedad actual rema a contracorriente de esa mínima enseñanza que cualquier educador exigiría a sus alumnos. Hoy todo el mundo sufre el vértigo de la prisa, incluso cuando se está en casa, fuera ya del alcance del fragor diario, se enciende el televisor para desconectar y caemos en la pulsión de devorar canales, sin reparar en un lugar concreto. Sin reposar la mirada.

Hay que enseñar a pararse, a perder el tiempo en la contemplación. Y sobre todo los creyentes, tenemos que ofrecer ese camino al espíritu inquieto de nuestros pupilos. Ir a la iglesia puede resultarles insufrible a nuestros jóvenes porque previamente, nadie les ha preparado para dedicar unos minutos al Señor. Dedicar unos minutos en la oración no vocal y mecánica, sino la del corazón, esa que está en lo profundo y que nunca saldrá a flote a menos que sepamos enseñar y dirigir la mirada de nuestros hijos. Saber contemplar la vida es un ejercicio que nuestros antepasados llevaban adosados a sus pies. Median las horas por lo alto que estaba el sol, sin necesidad de observar un reloj. Conocían los secretos de la meteorología mucho antes de que existiese un programa dedicado a la climatología diaria.

De manera que enseñar a contemplar es también una asignatura de la vida que podemos suspender, a poco que no sepamos reparar en lo que sucede a nuestro alrededor. Contemplar educa la vista y los sentimientos; cuánta gente se atropella al hablar porque no atiende al lenguaje del cuerpo de su interlocutor. Estar atentos a los pequeños detalles nos hace personas más profundas, más sabias. Y eso no debe perderse en el fragor del email o el sms. Cuando leemos un fragmento del evangelio debemos saborear qué nos dice a nosotros, cómo lo podemos aplicar en nuestra vida diaria. De esa manera también podremos actualizar la Palabra de Dios en el día a día; incorporar la mirada de Jesús para que la suya y la nuestra vayan en la misma dirección.

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Acerca de Carmen Bellver

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