El ocaso del cristianismo en Occidente

Es un título atrevido pero no deja de ser el síntoma de un malestar evidente. La pérdida de credibilidad de la Iglesia en este momento afecta a la mayor parte de los padres que deciden no educar en la fe cristiana a sus hijos. No los bautizan, no los confirman, no les hacen partícipes del don de la fe; probablemente porque ellos mismos no son conscientes de lo que está en juego. Consideran que así son más libres. Es el caldo de cultivo del pensamiento relativista. Pero las preguntas últimas no desaparecen por mucho que la sociedad las sepulte. Y el vacío existencial de nuestras generaciones más jóvenes nos pasará factura.

Las estadísticas corroboran que disminuye el número de quienes solicitan cursar religión en las escuelas públicas. Por otro lado asistimos en algunas iglesias a una población envejecida que no encuentra relevo generacional. En cuestión de dos décadas el número de católicos practicantes pasará a ser testimonial. Al menos es lo que se deduce de los informes publicados por el Ministerio de Educación. Si a ellos les añadimos el dramático descenso de matrimonios religiosos, el fututo del catolicismo en España sigue la tónica de toda Europa, un invierno gélido que afecta a vocaciones de consagrados y también de laicos comprometidos con su fe.

Pero no hemos perdido a la juventud que sigue embarcada en las causas humanitarias. Tan sólo se les ha eclipsado la Luz de la Verdad. La fe es una opción personal que nos tiene que resultar necesaria. Cuesta entender esa educación atea y agnóstica de nuestros jóvenes, que sólo tienen afán por consumir y cuyo deseo de trascendencia se manifiesta exclusivamente en las causas altruistas. La mayor parte de esos jóvenes pertenecen a los colegios concertados, que también están inmersos en la crisis. Y es que ser cristiano ya no es una seña de identidad. Lo fue en tiempos lejanos cuando el turco asolaba las costas del Mediterráneo. Tuvo su esplendor con las teocracias que se consideraban elegidas por derecho divino. Una fe que contagiaba las leyes civiles, de manera que no se podía determinar la separación del Estado y la Iglesia.

Me limito a constatar que la crisis del cristianismo en Occidente, es casi como la caída del imperio romano, una agonía que dura ya más de sesenta años. Donde la fe ha quedado relegada al mundo de lo personal, extraída de las leyes civiles, que contravienen sin freno la esencia misma del cristianismo. No quiere decir que vayamos a desaparecer, ni mucho menos, tal vez se reduce la hegemonía cristiana para dar paso a una riqueza plural de credos sin ninguna supremacía de unos u otros. Pero el peligro de ser desbordados por políticas corruptas que no tienen en su horizonte el bien común, es más palpable ahora que nunca. No hay relevo cultural al cristianismo, los esfuerzos realizados para conseguir una Alianza de Civilizaciones no dejan de ser una quimera cada día más lejana.

Lo real es que la fe hoy se vive casi en semiclandestinidad. No se puede mostrar sin ofender a un compañero de trabajo. Se persiguen los símbolos religiosos con especial saña los cristianos. Y existe una cierta pasividad social ante el fenómeno. Me quedo con la idea de anteriores post. En la medida que hagamos revivir las parroquias y atendamos a las familias dándoles alimento espiritual, la fe saldrá adelante. Porque no se trata de recobrar ningún poder mundano, ese no nos hace ninguna falta. Basta recordar que primero nos sometemos a Dios y luego al César. Pero si hace falta conquistar los medios de comunicación y de cultura. El ser humano siempre anhela respuestas y hay que suscitar esos interrogantes que tantos otros, antes que nosotros, se hicieron. Y no podemos dar la espalda a nuestra sociedad. Tenemos que ser fermento en la masa. Hablar de Dios con Dios en el corazón y con el amor en los labios. No estamos inmersos en un combate ideológico sino algo más profundo. Nos jugamos la raíz de nuestra esencia, la que deseamos mostrar para que otros también puedan ganar la salvación.

Nos falta el deseo de trasmitir esa fe a nuestros conocidos, sin imposiciones, con naturalidad. Una fe que nos tienen que irradiar para que se pueda contagiar. Y bueno, lo cierto es que en el fondo somos un poco aburridos. Es hora de dar chispa a la vida. Vale la pena apostar por una sociedad sana y sanadora. ¿No les parece?.

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Acerca de Carmen Bellver

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Una respuesta a El ocaso del cristianismo en Occidente

  1. JLSamper dijo:

    ¡Cuánta razón tienes! Vivivmos un catolicismo semiclandestino… Y, además, divididos. Pero también en la confianza de que Dios sigue siendo el dueño de la historia y no abandonará a su pueblo. Ser cristiano ha dejado de ser algo vulgar, para convertirse en algo heroico. Es la hora de trabajar y depositar toda nuestra confianza en el Señor.

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