Dos películas de Oscar y una reflexión

Resulta difícil sustraerse a la opinión de los expertos. Todos ellos encumbran El cisne negro. Una brillante interpretación con merecido Oscar. Una puesta en escena sublime. Una música y una luz espléndida. Pero, siempre hay un pero. Y en este caso es relativo al tema. La lucha titánica de la protagonista por la perfección, su miedo a perder el protagonismo en el personaje que está preparando; la forzada inmersión en ese personaje, cuyo trágico final, en la famosa obra de El Lago de los cisnes, se reproduce desde la introspección psicológica. No justifica la elección de los acontecimientos en la puesta en escena. Tal vez, merezca un punto y aparte el final, demasiado forzado. Resulta increíble que alguien con una herida profunda, pueda realizar una esforzada ejecución de danza clásica.

Pero no están ahí todas mis objeciones. La principal se la lleva el pensamiento dominante. El juego morboso sobre un sueño lésbico, que sólo se justifica desde la inseguridad sexual de la protagonista. El acento explícito de su coreógrafo en ese “déjate llevar” para explorar la sublimación de las emociones. La utilización de la droga como placer exótico necesario para pasar el rato y desinhibirse. Todo ello me parece que merece la atención del espectador y, una profunda reflexión. Porque bajo la brillante coreografía y la música apasionada de Tchaikovsky se esconde el drama del artista que no alcanza la perfección de su obra. Y al parecer una sexualidad reprimida es el origen de tal incapacidad.

Lo absurdo es que no se haga notar cómo han metido en calzador una escena morbosa que no explica las inseguridades de la bailarina, sino más bien la propuesta para explorar cualquier tipo de experiencia. Algo que se presenta al público muy bien hilvanado. Sin embargo, la realidad es que la joven bailarina ha sido manipulada por su coreógrafo, por su propia madre e incluso, por su propia inseguridad. Ese es el tema de la película, el drama de la bailarina.

Es cierto que el lenguaje cinematográfico tiene otras reglas diferentes. Prima sobre el diálogo la plasticidad de la imagen y todo está medido para reforzar el argumento. Sin embargo, me temo que nos han proporcionado un esquema falso. No es cierto que el actor o el artista necesiten experimentar emociones para representar su papel. Ese método Stanislavsk, tan codiciado por los actores, no justifica el deslizamiento hacia la autodestrucción que podemos contemplar en El Cisne negro.

No obstante, Natalie Portman, merece un elogioso aplauso en su interpretación. Un papel por el que muchas actrices pagarían. La puesta en escena es mucho más arriesgada que El discurso del rey, pero entre los dos personajes, si hemos de pensar en los valores que trasmiten, sin duda gana El discurso del rey. Donde podemos encontrar el esfuerzo y la lucha por superar las dificultades de la tartamudez. Un papel donde los secundarios son de lujo y sólo muestran la calidad humana de quien es capaz de ayudar al prójimo. De quienes colaboran por un fin noble.

Lo siento, pero El Cisne negro merece un suspenso para los guionistas Mark Heyman, Andrés Heinz y John McLaughlin, han pecado de ambiciosos cayendo en un despropósito que al parecer se diluye gracias a una buena dirección. Lamento discrepar con la excelsa crítica cinematográfica que loa las excelencias de El Cisne negro y acusa a El discurso del rey de convencional. La verdad, prefiero los mensajes positivos a los autodestructivos. Y además, estoy harta del tema homosexual. Y si está metido en calzador, todavía más. Pero bueno, la película vale la pena, aunque solo sea para seguir sus defectos y sumergirse en la introspección psicológica. No se la pierdan.

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Acerca de Carmen Bellver

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