Un mensaje de esperanza para Libia y Japón


La luz es la metáfora perfecta en este caso. Una vela encendida que recuerda las víctimas de Japón, especialmente porque ellos son ahora noticia y siguen viviendo una pesadilla. Aunque todos sabemos que hay miles de víctimas cada día por terremotos de baja intensidad, como la guerra, el hambre o las injusticias. Estamos todos subidos a la cresta de una ola enorme que es la vida. Pero el pueblo japonés está dando ejemplo de dignidad, y también podemos recoger un buen aprendizaje, aunque sea con dolor. ¿A quién se le ocurre construir una central nuclear al lado del mar?. El hombre se siente con el suficiente poder como para vencer a los elementos, aunque ya vemos que no, que todavía tenemos que seguir aprendiendo. Es impensable que un país condenado a revivir temblores cada cierto tiempo, caiga en la avaricia de construir sin cumplir las normas de seguridad. Al menos sabemos que la preocupación por el bien común llevará a tomar medidas para evitar lo que en ocasiones parece inevitable.

Todos hemos orado por Japón en estos días que vamos acompañando su calvario mediante las imágenes del televisor. Y no dejo de pensar que ante fenómenos que nos desbordan, el hombre eleva plegarias, en un acto de anonadamiento. Sin caer en el absurdo de afirmar que Dios nos castiga por nuestros pecados. Dios no interviene con un dedo arbitrario para mandar desastres naturales. Su propio Hijo se sometió a las reglas de la naturaleza. Y cuando las transgredió fue en todo caso para demostrar que Dios todo lo puede. De manera que las desgracias nos sirven para aprender, para crecer, pero no son queridas por Dios. Pero tal vez, este caos aparente guarde un sentido que va más allá de nuestra comprensión. Caminamos para llegar a una meta, y nada de lo que sucede es ajeno a ese desenlace final. Todo vale para el trayecto en este peaje de la vida.

Sin embargo, ante la envergadura de los acontecimientos en Japón, ha pasado a un segundo lugar el genocidio de Libia. Me da la sensación de que unos y otros están dejando pasar el tiempo esperando que escampe para ver por dónde tirar. Mientras tanto sigue muriendo gente inocente, gente civil. Esto sucede a un tiro de piedra de España. Y puede ser la espoleta detonadora de un cambio que no tiene líder. Ese es el problema. Falta una personalidad en el mundo musulmán que lidere la trasformación de esas pequeñas tirarías en sociedades democráticas. Y al mismo tiempo se nos muestra la inoperancia de las grandes organizaciones internacionales, incapaces de tomar una medida salvo la amenaza con bellas palabras. Porque la realidad es que si no se suministran apoyos a los rebeldes, el levantamiento está condenado al fracaso. ¿Y de qué le habrá valido al pueblo su pequeña revolución?.

Mientras se suceden los desastres nosotros podemos hacer algo. No sólo prestarnos a colaborar con las organizaciones humanitarias, sino también utilizar la fuerza de la red, para solicitar una ayuda humanitaria que el pueblo libio necesita. Es cierto que intervenir en territorio de Gadafi puede provocar una guerra de dimensiones considerables. Pero es que no intervenir, es preludio de que cualquier tirano puede hacer y deshacer en su país con total impunidad. El mundo occidental no queda bien parado. Tal vez la sombra de una crisis apocalíptica en el país del sol naciente, haga reflexionar a los mandatarios occidentales. La vida es fugaz y la fuerza de la naturaleza puede hacer cambiar las condiciones de un país en cuestión de minutos.

Estoy segura que Dios actúa para hacernos ver nuestra fragilidad y lo que en realidad es importante. Por encima de los desastres naturales o provocados, la solidaridad nos muestra la cara más noble de la humanidad. Sigamos rogando para que la tierra deje de temblar. Y para que los tiranos sientan una pizca de temor ante un tribunal internacional que pueda juzgar sus delitos.

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Acerca de Carmen Bellver

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