Desconectada

Es una realidad cada día más evidente. Me siento frente al ordenador y una pequeña pestaña me indica en cada momento cuándo se conecta alguien que conozco, que tengo registrado como amigo, así de sencillo. Si quieres inicias un diálogo con ese mundo virtual. Claro que no es lo mismo que relacionarse mirando de frente. Pero si eres más osada también puedes pedir una videoconferencia. ¿Son imaginaciones mías?. No lo creo. Es la tecnología de este endiablado siglo XXI. La burbuja de cristal en la que una sin querer puedes sucumbir. Es un universo interconectado que te lleva de una biblioteca a una pinacoteca, de las imágenes del televisor a la pantalla de cine. ¿Qué no habrían dado los grandes escritores por tener a su alcance esta torre de Babel?. ¿Y qué se deriva de todo ello?. El engaño, el auto espejismo, dentro de tu misma habitación. Son cerca de 20.000 las identidades falsas suprimidas por la reina de las redes sociales. Facebook esconde el fantasma de la doble personalidad. La mentira y la suplantación son hoy moneda corriente. También es difícil superar el síndrome del voyeur. Hay tanto por donde mirar. Comparar noticias en diferentes periódicos. Incluso leer un libro digital, desconectando en algún momento para otear la pantalla y lo que sucede en otro rincón de este universo virtual.

Sí, peligros que acechan y nos vuelven sedentarios. Pero también el gozo y la maravilla de poseer una rica biblioteca a través de la pantalla. De saludar en el mismo instante a una persona que se encuentra a miles de kilómetros. Prodigio increíble que ya forma parte de las aulas escolares. Alumnos que siempre han conocido el móvil e Internet. No pueden imaginar un mundo diferente. Sin cine, ni televisión. ¿Cómo pasaban el tiempo nuestros antepasados?. Tardes de ocio sentados en torno a una mesa conversando, sin música, sin imágenes. ¿Qué riqueza de matices eran capaces de mostrar?. Infinitamente más que nosotros, limitados por los fogonazos electrónicos. Un tiempo para la siembra del amor y el gozo de la conquista diaria, paseos por el campo, contemplación bucólica de las estrellas. Aquello ha quedado engullido por las luces de neón de nuestras ciudades, ruidosas como colmenas de abejas zumbando todo el día. La calle es para ir de un lado para otro, nunca para encontrar al amigo y sentarse en un banco a filosofar sobre lo divino y lo humano. Prisas, infinitas prisas las de este tiempo moderno.

Hemos alcanzado cuotas enormes de comunicación y en su paradoja, cantidades inmensas de incomunicación. Esas sobremesas de cotilleo local, se pierden ahora frente a la pantalla del televisor que ya se ha incorporado a nuestra digestión. Esas largas horas de conversación con nuestra pareja, desaparecen frente a la pantalla. Si, algo hemos ganado pero también algo perdemos, si no sabemos buscar oasis donde reposar la mirada. Perderse para encontrarse. Desconectar, palabra de increíble precisión. La red engancha en una burbuja que aísla con su aparente conexión. Nada malo, sino diferente, algo nuevo y maravilloso que supone una revolución social. Sí, vivimos en la época de los prodigios, el futuro nos ha ganado y ya todo es posible. Pero no somos dioses, tan sólo seres con pies de barro. Por eso hoy, tal vez con mucha información, estamos más vulnerables para ser abducidos por una nueva ideología. Porque no es tiempo de largas reflexiones ni profundas consideraciones, es como el prêt-à-porter, todo liviano, sin profundidad.

En esta comedia de la confusión, la Cuaresma es el tiempo propicio para oír nuestro interior, para navegar con catalejo buscando aquello que nos enriquece. Las páginas de oración, son miles, las webs de temática religiosa compiten con la pornografía el juego y el ocio más embrutecedor. Es cuestión de marcar nuestros favoritos. Y para quienes hacemos un uso diario del ordenador. Tiempo de tomar tal vez un libro entre las manos, dejando la pantalla apagada. Olvidando el móvil, desconectado en cualquier esquina. Qué gozada disfrutar de un día sin tener que conectar ningún aparato. Pruébenlo

Acerca de Carmen Bellver

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