Con las manos unidas

Aunque no me canse de repetir que hay muchos manuales para orar. Lo cierto es que sólo el Señor sabe cómo llevarnos de la mano. ¿Pero tú rezas como en la Iglesia?, suelen interrogar. Y me imagino que preguntan si mi oración es vocal, oraciones como el padrenuestro, o el Señor mío Jesucristo, incluso la salve o el avemaría. Supongo que hacer eso de entrada debe ser como una extracción de muelas, algo molesto y doloroso que vamos dejando de lado porque nos resulta incómodo. Pero la verdad es que los mantras existen en todas las religiones. Es como horadar una piedra bajo un constante chorro de agua. A la larga, deja huella. Lo mismo sucede con la oración vocal. Bien dicha deja su poso. Y ya puestos vale la pena escoger un versículo de un salmo o unas frases metódicas y constantes. “En Ti confío Señor, tú eres mi refugio”. Repetido mientras caminamos es casi un piropo que no se pierde, que nos mantiene en constante presencia del Señor. Pues eso, amigo, orar no es tanto tener sesudos pensamientos teológicos, como volcarse en estar en presencia del Señor. La iglesia en su infinita sabiduría ha situado oraciones a lo largo de todo el día, para que de manera periódica podamos entrar en el recinto de nuestro interior y nos despojemos de nosotros mismos para volcarnos en Dios. Así lo siguen haciendo en monasterios y conventos, así lo entienden muchos seguidores de la Liturgia de las horas. Aunque si no es posible esa disposición interior y exterior que nos permite acercarnos a la presencia del Señor, bastan las sencillas oraciones de toda la vida, las que nos enseñaron en la infancia. Hay quien es capaz de aprovechar el trayecto hacia el trabajo para rezar el rosario. Pero si no es posible, lo podemos dejar para refugiarnos todos los días unos minutos en la habitación. Meditado el padrenuestro que es la oración más perfecta que conozco. En primer lugar nos ponemos en la presencia de Dios: “Padre Nuestro que estás en el cielo”. Bendecimos a nuestro creador: “Santificado sea tu nombre”. Le suplicamos que queremos vivir en su presencia: “Venga a nosotros Tu Reino”. Y aquí podemos ser creativos y pedir ese Reino de justicia y paz para todos. Luego humildemente reconocemos que todo lo dejamos en su mano: “Hágase tu voluntad aquí en la tierra como en el cielo”. Le pedimos aquello que necesitamos en la figura básica del alimento común: “El pan nuestro de cada día danos de hoy”. Suplicamos su misericordia: “Perdona nuestras ofensas, así como nosotros perdonamos a quienes nos ofenden”. Lo que no deja de ser una clara petición de aprender a perdonar a los demás. Por supuesto pedimos también que frente a nuestra debilidad nos sustente su gracia: “No nos dejes caer en la tentación y líbranos del mal”. En definitiva son los pasos que debemos seguir al ponernos en oración. Súplica, acción de gracias, todo unido con nuestras propias palabras. Si esto no es suficiente, acudimos al Evangelio e intentamos meditar el texto que la liturgia utiliza para el día en el que nos encontramos. Hacemos un hueco para impregnarnos de la Palabra de Dios. Y desde ahí personalizando nuestra situación acudimos al Señor. Si alguien me pregunta qué más se puede hacer. Le diría que hay muchos libros, pero el verdadero trayecto sólo lo puede recorrer uno mismo a fuerza de paciencia y generosidad. Hay personas menos dotadas para la contemplación que pueden tener ataques de ansiedad cuando se sientan frente a un Sagrario. Lo cierto es que la oración tiene su camino para cada tipo de persona y las hay que son más o menos dotadas. Conviene no forzar a nadie, dejar que la misma dinámica de la oración vaya arrastrando a cada uno según le conviene. A veces cuando resulta difícil hacer silencio en nuestro interior, conviene leer oraciones de otros. Luego pasar a vocalizar nuestras propias peticiones o agradecimientos. Y cuando hay más aridez, servirá la oración vocal recitada de manera mecánica pero atenta . Pues bien, estos días de Cuaresma, son un momento adecuado para reservar más horas al Señor. Estamos caminando hacia la Pascua, nos queda un largo trayecto en el que vale la pena ayunar de muchas distracciones. De muchas cosas que nos impiden avanzar, ser libres, más auténticos, en definitiva más cristianos. Aquí dejo una oración de alguien que tomé en su día como ejemplo: Con las manos unidas, Formamos grupo junto a Ti, Jesús, Sentimos el calor del compañero. Nuestra fuerza une las manos, Nuestros corazones los unes Tú, Y al sonreírnos entre nosotros, Es tu alegría la que asoma a nuestros labios. Tu amor, tu alegría y tu fuerza, Habitan en cada uno de nosotros, Y nos impulsan a formar un grupo unido. Señor, nosotros queremos amarnos, Sin que nadie quede excluido. Queremos vivir alegres, Y no dejaremos que el enfado nos separe. Queremos ser una fuerte cadena, Y entre todos haremos cosas grandes. Que ninguno se sienta marginado, Ni haya nadie despreciado entre nosotros Al que esté triste o preocupado Trataremos todos de ayudarle. Porque tú eres Tú quien nos une, Jesús.
Anuncios

Acerca de Carmen Bellver

Colabora en los medios de comunicación aportando su visión desde el humanismo cristiano
Esta entrada fue publicada en Religión. Guarda el enlace permanente.

Una respuesta a Con las manos unidas

  1. Nicole dijo:

    Gracias por el texto. Me ha servido de muchas formas.

    Me gusta

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s