La Semana Gran de la Fe


Ya está, de nuevo rememoramos el Triduo Pascual. Nos centramos en esas horas postreras del supremo acto de amor. Los historiadores siguen con sus cuitas, los teólogos aprovechan para actualizar la bibliografía y nos presentan una cena Pascual, o una cena de amigos. ¿Fue un martes, fue un jueves?. Qué más da. Lo principal no es la fecha, ni la precisión histórica. El suceso es una bajada hacia el infierno. Un anonadamiento frente al mal, para finalmente mostrar la fuerza del bien en la plenitud de la Resurrección. Pero estas fechas también me traen a la memoria a todos los ajusticiados, los perdedores, los últimos. Ese lavatorio de los pies en el cenáculo, me hace pensar en limpiar las heridas de quienes se aproximan en busca de un poco de aire para respirar.

Tenemos una sociedad audiovisual, gracias a la cual hemos podido entender cómo son las guerras, lo absurdo que es el caos bélico, o como es la fatalidad en cualquier esquina de una calle urbana. Y ahí es donde me voy aproximando en estos días. Porque “la historia más grande jamás contada”, como titularon en una ocasión, es eso, la aproximación hacia un hombre que siendo Dios, se hizo uno con nosotros, para decirnos que no nos deja solos. Pase lo que pase, hay una mano tendida con un salvavidas para cada uno. Esa mano nos enseña a mirar en lo profundo, a no dejarnos llevar por la superficialidad. A dar gracias por cada gota de agua que bebemos y a repartir el resto con los demás.

Me gusta esta Semana Santa, con sus pasos marcados a ritmo de tambor y trompeta, por esa fidelidad de los cofrades dispuestos a recorrer las calles de su ciudad. Pero sobre todo, me gusta pensar que la gracia de esta fiesta está en llegar a aquellos que más lo necesitan. Visitar las prisiones, recorrer los suburbios marginales, sacar las Dolorosas a la calle, para hacer sentir a cada madre la solidaridad con un hijo en la cuneta de la vida.

Si una procesión no se reza, no se llora, casi diría que no vale. Las ropas pueden bordarse de hilo de oro, de fina tela, pero las almas tienen que mojarse los pies en el asfalto. Por eso la saeta suena desgarrada, rasga la noche con sus velas encendidas y eriza el vello de la piel. Así son las madrugadas de muchos pueblos en España. Y vale ya de considerar de interés turístico una procesión. El único interés que tiene es el de llevar a los fieles mostrando la historia de su fe. Y dicho esto he de reconocer que no me gusta salir en procesión, prefiero el silencio de un claustro con su recogimiento. Pero creo que todo tiene su tiempo y su momento. Así que defenderé siempre el derecho a una devoción que para muchos está arraigada en sus genes. Y por supuesto respetaré otras procesiones que no van conmigo. Siempre y cuando no salgan a la calle para burlarse de una religión determinada.

Tengo el recuerdo de todas las Semanas Santas de mi vida, y siempre van asociadas a alguna película religiosa. Gracias a ellas, mucha gente conoce el Evangelio, las escenas más importantes de la fe en la cual crecieron. Son obras memorables de la historia cinematográfica de todos los tiempos. Vale la pena disfrutarlas en estos días junto a la familia, con unas buenas torrijas recién salidas de la sartén. Y luego a los oficios, para rememorar la Cena Pascual. Un encuentro que muchos suelen olvidar puestos sus ojos en la carretera con destino turístico de asueto. Se pierden las costumbres y se reencuentran en la vieja Castilla, en la luminosa Andalucía, en las calles de pueblos y ciudades que no se olvidan de celebrar su fe. Tal vez allí, encuentren un momento para adentrarse en la Semana Santa, la Semana Grande de la Fe. Vale la pena recordar que hay una rica tradición gastronómica asociada a estas fechas. Y que las películas históricas nos recuerdan precisamente eso, momentos históricos que otros vivieron antes que nosotros y permanecen a lo largo del tiempo en el recuerdo. Y esas cosas no se borran con manifiestos ateos o procesiones blasfemas

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Acerca de Carmen Bellver

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