"Por tu cruz y resurrección nos has salvado Señor"


De esa manera tan clara los cristianos unimos un signo ominoso y el triunfo frente al mal. La cruz era la más cruel de las muertes, pero no sólo Jesús asumió voluntariamente padecer en ella, sino que también tuvo su hora en Getsemaní, sumido en el terror al dolor, al sufrimiento. Muchos no pueden comprender la cruz, no pueden aceptar que Dios reservase para su hijo una tortura de esa magnitud. Les sorprende el mal agazapado en su interior, el mismo que tentó a Adán y Eva. No queremos el dolor, no podemos aceptar el sufrimiento. Y sin embargo es el símbolo de la redención. Asumir el mal, sentirse impotente como tantos otros inocentes del mundo, es la mayor prueba de amor de Dios. Se hace hombre para compartir en todo la condición humana, las calumnias, las insidias, las envidias; todo excepto el pecado. Porque todo lo hace siguiendo la voluntad del Padre.

No se trata de sufrir como masoquistas, sino de aceptar que no podemos vencer al mal por nosotros mismos. Ya nos lo dijo en la oración que nos enseñó: “líbranos del mal”. Quien no acepta que sólo puede vencer al mal entregándose en las manos del Padre, vive una dicotomía terrorífica. No entiende el símbolo de la redención del mundo. La cruz, la muerte y la resurrección van juntas. Y desde entonces Dios está con nosotros y con la Iglesia hasta el fin del mundo.

Las teorías filosóficas que tratan de escapar de esta realidad abundan cada vez más y son atractivas, queremos un Dios misericordioso capaz de perdonarnos más allá de lo razonable. Y es así, siempre y cuando aceptemos la cruz y la resurrección. Sólo cuando vivimos un anonadamiento similar al que vivió Jesús, podemos entender la grandeza de su entrega en manos del mal, aceptando su aparente triunfo, para resucitar a la Vida y mostrarnos que hay una justicia final. Los siervos de Dios no deben temer al poder del mundo que tratará siempre de engañarlos. Deben aprender a perder para ganar, con todo lo que eso supone. No es el poder de este mundo el que Jesús nos presenta, sino el poder de la verdad, del bien, del amor.

Se asocia la cruz al símbolo del árbol del paraíso, donde el ser humano dio la espalda a Dios y transgredió su ley. Lo que en realidad hicieron es no fiarse de Dios, no confiar en su palabra. Y de esa manera entró el mal en el mundo. Ahora adoramos la cruz, que es el anonadamiento del siervo fiel y cantamos el triunfo de su resurrección, la que da sentido a nuestra fe. Porque lo que el cristiano trata es de vencer al mal con el bien, el odio con el amor, la guerra con la paz. Y todo eso sabiendo que aquí el triunfo no está asegurado, que el verdadero triunfo se encuentra en otro ámbito. Claro que eso no es fácil de aceptar. No podemos resistirnos frente a la injusticia, queremos ganar la partida. Pero ese no fue el camino que nos mostró Jesús.

Nosotros tenemos que repartir esas gotas de amor que manan del manantial del bien, de la verdad. Lo debemos hacer tomando fuerzas en la eucaristía y la oración, y con la sencillez de quien sabe que puede ser traicionado en cualquier momento por los poderes de este mundo. Pero eso no supone que debamos aceptar el dolor sin combatirlo. Se trata de trascender, de superar ese mal aparente con el bien. Es un proceso interior que sólo quien lo vive puede comprenderlo. Nos fiamos de Dios, Él sabrá conducirnos. Es evidente que ese paso no es fácil, es más fácil tratar de escurrir el bulto.

Cómo podemos entender el dolor, la muerte y la enfermedad, sin Jesús. Esas calamidades que a nuestros ojos son tan dolorosas, también pueden convertirse en camino de redención. Ya lo decimos en la Eucaristía: “Por Cristo por Él y en Él”. Nuestra condición pecadora, tiene una luz al final del túnel. Esa luz es la esperanza en la misericordia del Padre, pero sabiendo que hemos intentado combatir según sus reglas. Ofrecemos nuestra propia vida, la ponemos en las manos del Padre, para que Él ponga aquello que a nosotros nos falta. De esa manera también somos cooperadores del bien, de la verdad, pese a nuestras debilidades y miserias.

Si algo de esto no es conforme a la doctrina de la Iglesia, yo aceptaré que estoy equivocada. Y seguiré buscando la luz a lo largo del túnel de la vida, de la mano de la Iglesia. Lo que nunca diré es que la cruz no nos salva. Porque por ella entró la redención en el mundo.

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Acerca de Carmen Bellver

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