"El hombre que amaba a Dios"

Una mirada esquiva, recelosa, lúgubre, se reflejaba en sus ojos grises. Había vivido intensamente, tanto que ya no esperaba encontrar un corazón generoso, abierto, dispuesto a comprender su carácter. La dicotomía entre aquello que somos y aquello que parecemos era una barrera difícil de saltar. Por dentro todo amor, todo deseo de entrega, todo fuego que quiere alumbrar en la hoguera de otro corazón. Por fuera, rígido, sin gracia, incapaz de abrir su interior a nadie. Lo había consultado con diferentes especialistas. Su miedo al fracaso era su peor enemigo. Temía el desengaño antes de haber sucedido el encuentro. Y así día tras día trascurría su vida. En el juego del tira y afloja sin llegar al punto que hubiera puesto final a tan incómoda situación.

Álvaro ya había cruzado la mitad de su vida y cuando echaba la mirada atrás tan sólo se reconocía en el trabajo, los amigos no satisfacían del todo su profunda personalidad, más bien eran conocidos con quienes compartía aficiones comunes. Pero una parte de él, quedaba velada a sus ojos, incapaz de salir de su escondite. Y no es que fuese tímido ni mucho menos. Es que allí dentro moraba la zarza ardiente, Dios. Pasado, presente, futuro, siempre ante sus ojos Dios. Acariciando sus heridas, moviendo sus ideales, despertando sus sueños. Dios, no como algo abstracto y lejano, sino como vida que se oculta en el interior. Llama viva que está presente de la mañana a la noche. Salía de casa recitando un salmo, subía al autobús rezando el rosario, recorría las calles como un autómata, con la mente ocupada en oraciones, dirigiéndose al Creador. Pero a veces temía estar hablando sólo, llenando su cabeza de palabras que nadie escuchaba. La noche oscura, la reseca sensación del vacío. El miedo a estar viviendo un autoengaño.

Sin embargo no podía olvidar los momentos de intimidad gozosa en la plegaria, aunque ahora permaneciesen lejanos. La voluntad formaba parte de su reciedumbre interior, así que traba de evitar aquellos pensamientos, en una ocasión se desahogó en el confesionario, y como había supuesto, aquel sacerdote no tenía la preparación adecuada para escuchar su alma. Pero a él le bastaba con recibir la gracia del perdón, aunque aquel representante de Cristo en la tierra, fuera un cardo de estrechas miras espirituales. Y es que encontrar un guía espiritual que no tratase de convertirle en un niño sin criterio, era para él más frecuente de lo habitual.

La mañana del 1 de noviembre, día de Todos los Santos, acudió raudo a la Eucaristía y en el momento de la comunión recibió un fogonazo. La santidad no se gana, es una gracia un don que hay que pedir. Los esfuerzos por mejorar el carácter pueden convertirse en pesadas losas que impiden avanzar. Todo es gracia, todo hay que hacerlo en la presencia del Amor, de esa manera se pulen los corazones. Mantuvo el gozo espiritual hasta la noche, su fuego interior ardía con intensidad. Estaba exultante. Lo advirtieron los conocidos: “estás que te sales”. Sí, era imposible esconder la alegría que le invadía. Al día siguiente recobró la calma, volvió a su estado común, el de todos los días, con sus altibajos emocionales. Aquello le desesperaba, deseaba permanecer siempre habitado por la presencia de Dios.

Volvió a insistir en el confesionario, necesitaba hablar con alguien que entendiese su interior. Pero no hubo manera: “obras son amores y no buenas razones”. Aquel sacerdote le pedía un compromiso personal con los necesitados. Pero él, no servía para aquello. Podía ofrecer su ayuda, una porción de su tiempo, pero Dios no le llamaba a la acción. El vivía completamente obsesionado por entregarse las veinticuatro horas al Señor. Era un místico laico, un enamorado de Dios, un afortunado miembro de la oración incesante. Capaz de consagrar todas sus horas a la presencia del Señor. Y así de aquella manera tan insólita permanecía escondiendo al resto de sus conocidos sus máximas aspiraciones. Pero la falta de conexión con alguien que le entendiese le había vuelto esquivo a las confidencias. Podía mantener cierta actividad social, sin necesidad de volcar sus más recónditos pensamientos. Aunque aquello le pasaba factura, cada día se sentía más alejado de los suyos, nadie parecía comprender su ansiedad por Dios, tal vez porque la mayoría le conocían solo de oídas.

Intentó formar parte de un grupo de oración, aquello tampoco era lo que buscaba, sin embargo permaneció fiel a las citas mensuales. A la espera de que Dios le indicase un camino diferente. No le gustaban los actos multitudinarios, ni ser lector, ni ministro de la eucaristía, le interesaba más el silencio frente al sagrario, pero sobre todo en su habitación. ¿Acaso no lo había leído?: “Cuando quieras rezar, métete en tu cuarto, cierra la puerta y rézale a tu Padre que está en lo escondido” (Lc 11,1-2).Llegó a pensar que tenía una manía obsesiva, que podría enfermar. No era lógico vivir embebido en jaculatorias constantes y consultó a un sicólogo. Pero no a cualquier sicólogo sino a uno recomendado en una web religiosa. Y eso que nunca había confiado demasiado en aquellos personajes que se permitían la osadía de clasificar a las personas según determinados patrones. Sin embargo estaba determinado a descubrir si su disposición interior obedecía a algún trastorno. Por fortuna Dios le había escuchado en la presencia de aquel anciano jesuita con muchos años de acompañamiento espiritual y una titulación en psicología que apenas necesitaba, porque sabía de las noches oscuras, de los espíritus indomables, de la gracia oculta en el corazón de algunos hombres. Álvaro había encontrado por fin su camino casi cuando desesperaba por hallar una respuesta a su corazón. No, no se hizo sacerdote, ni ingresó en ninguna congregación religiosa, aprendió a vivir volcado en los demás, pero abierto al Espíritu. Era un hombre dentro del mundo y fuera de sus redes. Un nuevo modelo de laico consagrado a la oración incesante.

Puedes encontrarte con él en su trabajo, también en el supermercado o incluso en la peluquería. Recorre las mismas calles que sus vecinos, transita entre la multitud ausente de los ruidos exteriores, conectado a esa llama interior que arde constantemente. Por fin ha encontrado la felicidad y tiene un nombre, se llama Jesucristo. Ha aprendido junto a Él a mirar a los demás. Era lo único que le faltaba, encontrar en cada hombre y mujer el rostro de su amado.

Relato

Carmen Bellver
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Acerca de Carmen Bellver

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