La revolución silenciosa

Se levantan ojerosos, noche en vela, asambleas y proclamas, manifiestos: sanidad, educación, derechos. Cuando lees sus reivindicaciones te quedas apegada a ese saborcillo que deja la utopía, pasado el primer deslumbre analizas: ¿Dónde está la incentivación de la economía?. Esa que mueve el mundo. ¿Dónde ponemos la guinda para crear empleo?. Todo lo demás lo suscribo, excepto la proclama demodé que nos llevan al totalitarismo rancio del pasado. La libertad, ese bien tan necesario les ha permitido transgredir toda una jornada de reflexión. Ahí queda eso. Pero los jóvenes del futuro se rebelan como gatos panza arriba. No dejan entrar la bandera española en su territorio, no dejan preguntar a los periodistas, no les permiten acceder a los puestos de mando. Se puede decir que han montado su acampada como una comuna. Así me llegan las noticias, en el amanecer de este domingo cuando el sol se levanta en la plaza y alumbra la mañana. Y ellos persisten en su pulso al Estado.

Se hará necesaria la reflexión cuando el recuento de votos muestre la cara oculta de esta semana singular. Un hito para la historia. Los jóvenes se han ganado la inmortalidad en los libros. Como sus padres ganaron la suya en la Transición. Todo eso hace hervir la sangre. Y tomar precauciones con el análisis del fenómeno. Un polvorín que puede recorrer los países a la velocidad de las nuevas tecnologías. Y quedan también los sueños. ¿Podrán cambiar las instituciones obsoletas por otras más operativas?. Estaba cantado que no se podía mantener el ritmo actual de destrucción del sistema de bienestar sin que la gente saliera a la calle. La oportunidad del momento puede haber sido prevista o espontánea, da lo mismo. Ahora se trata de reconducir el fenómeno.
Tras haber vivido la movida de los ochenta y los grandes pelotazos que encumbraron a toda una generación al establishment de un sistema de buen vivir, ciego a otra cosa que no fuera disfrutar y gozar del momento, y ser más pillo que el pillo más listo. Vivimos ahora el coletazo de la realidad montados en una crisis que el mismo sistema ha propiciado, pero también con el grado de responsabilidad que cada uno ha puesto en exprimir la teta del Estado: becas, ayudas de todo tipo, instituciones benéficas, subsidios, y tretas para no dar palo al agua y vivir exigiendo derechos. Era de sentido común, si se promociona la deshonestidad el cáncer de la corrupción corroe a las instituciones y a sus miembros. Así que, no, señores, no todo es crisis económica. Hay también mucha responsabilidad repartida en esos chanchullos de pícaros que tratan de beneficiarse de todo lo que pillan, sin el menor cargo de conciencia. Y en eso estos jóvenes no parecen pensar, más bien piden más Estado protector, sin conciencia clara de que alimentar ese asistencialismo propicia precisamente la falta de compromiso con la realidad social.
Y puesta la mirada en el horizonte, queda también la idea clara de que cualquier sociedad que no esté dispuesta a valorar el esfuerzo y el trabajo, está condenada al fracaso. Si tienen interés, consulten los datos económicos de otros países golpeados por la crisis, consulten sus ratios de paro y verán que donde hay una ética y una responsabilidad social no existe el dinero en negro, el subsidio de paro y el chanchullo; el yo me prejubilo y sigo trabajando por mi cuenta sin dar explicaciones de mis ingresos. ¿O es que la picaresca sólo es la de los políticos?. Pues no, queridos lectores. La falta de moralidad está impregnada en toda la sociedad. Y es hora de repartir responsabilidades.
A esos jóvenes llenos de ideales y sueños, les hace falta precisamente una ética que nadie les ha inculcado. Les hace falta confianza en las Instituciones y ganas de cambiar con orden aquello que sea necesario. Un plus de buena educación y menos basura en televisión, radio y otros medios. Basura de esa que mimetizan y luego convierten en su discurso. Han salido del botellón y se han puesto a cambiar el mundo, creyendo más en los derechos que en los deberes. Pero hay un plus de buena voluntad que todos les otorgamos, al fin y al cabo de ellos es el futuro.
Esperemos que quienes ahora jalean este movimiento no lo tengan que lamentar más tarde. La anarquía y el desorden no fortalecen la democracia, ni la mejoran. Las consignas incendiarias de algunos “indignados” recuerdan demasiado al pasado. Pero lo más interesante está por llegar, veamos qué son capaces de hacer a partir de mañana nuestros representantes.
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Acerca de Carmen Bellver

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