Rompamos una lanza a favor de los catequistas

Creo que les debemos mucho. Son catequistas de comunión y de confirmación, incluso catequistas en ese Itinerario Diocesano de Renovación que monseñor Osoro ha puesto en marcha en la diócesis de Valencia. Son personas que después de una jornada agotadora, todavía encuentran tiempo para darse a los demás. A su paso hallan no pocas incomprensiones. Pero les mueve algo especial, llevan la pasión de la fe en su interior y les quema, necesitan proclamar a los demás su amor a Dios. Y lo hacen con mayor o peor fortuna, pero siempre gracias a Dios. Deberíamos mimarlos, porque como muy bien dice nuestra comentarista habitual Inmaculada, gracias a ellos hay padres que regresan a la fe. Crear una familia cristiana a través de un encuentro ocasional con motivo de la comunión de los hijos, es desde luego todo un regalo.

Y también he de confesar que las críticas son más fáciles que promover soluciones. Las parroquias son como quieren que sean sus feligreses. De ellos depende la revitalización de las mismas. El boca a boca lo puede todo. De manera que si se realizan actividades bien dirigidas, los frutos pueden ser muchos. Pero tampoco olvidemos algo muy importante, que todos somos enviados a proclamar el evangelio. Hay que insistir a hora y deshora en ello. Y por último que nada podemos hacer si no hay una vida interior que vaya fortaleciéndonos. Porque en definitiva quien está a las duras y las maduras precisa de ese plus de gracia divina que le hace perseverar en su labor voluntaria y generosa.

He visto iniciativas en las parroquias que apenas reúnen una quincena de personas. De una población de miles. Como para tumbar al más ilusionado. Pues con eso tienen que lidiar nuestros párrocos y catequistas. Población joven con nula formación religiosa y población envejecía, desmotivada, apática, amorfa. Cumplidores puntuales de domingo y si te he visto ni me acuerdo. Creyentes por mimetismo que pasa de padres a hijos, con pocos compromisos en la vida parroquial, esa a la que todos estamos llamados a participar. Y eso que hay grupos de niños, de jóvenes, de adultos, de vida ascendente, junto con un largo etcétera. Sacerdotes que tienen que celebrar los sacramentos ante un público que pasa olímpicamente de ellos. Y hablar con ímpetu en esas situaciones, encontrar fuerzas para romper el muro de indiferencia, debe costar un esfuerzo considerable.

Pues bien, no me cabe duda que hay que seguir tirando de lo que se tiene, pero también propiciando aquello que se sueña. Me gustaría agradecer a quienes dedican su tiempo a los demás. Porque ocuparse de animar la vida parroquial, merece nuestras oraciones. Hay gente muy válida en esos menesteres y todo lo que se haga en ese sentido debe tener la comprensión de los demás. Si hay alguien con mejores ideas que se ponga a ello, lo que no vale es despellejar a quienes sacrifican sus horas libres con tan buena voluntad.

En estos tiempos es frecuente acudir a celebraciones en las que el sacerdote se puede ver desbordado. No le dejemos solos si estamos por allí. Recordar que la Iglesia es un lugar sagrado en estas fechas, es tan necesario como aprovechar el momento para dar a conocer nuestra fe. Propiciemos la explicación de cada acto de la liturgia, con una breve introducción. De manera que no se quede todo en un rito extraño e incomprensible. Incluso letreros dentro de la misma iglesia llamando al silencio, al respeto. Pero no olvidemos sobre todo manifestar que la fe nos hace más felices, más humanos, más hermanos unos de otros.

Después de haber incidido sobre el escándalo que estas comuniones ofrecen a muchos creyentes, me parecía obligado recordar lo mucho que se hace para que los niños vivan el sacramento como un paso fundamental de su fe. Una fe que puede ser descubierta precisamente con motivo de llegar a la edad de cumplir con el rito social de la comunión. Así que mejor ocasión imposible, para acercar a Dios a los corazones de esos niños y niñas.

Como muchas veces habremos oído, estamos hechos para vivir en comunión con Dios. Cada día es una nueva oportunidad de encuentro. Cualquier momento es bueno para dar testimonio de la fe, especialmente cuando nos llena de felicidad porque también queremos que otros compartan con nosotros esa dicha. De manera que olvidemos aquello que nos escandaliza y pongamos nuestro granito de arena. El Señor nos lo agradecerá

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Acerca de Carmen Bellver

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