Hoy toca hablar de mujeres. De ese tipo de personas cuyo ejemplo basta para comprender que son capaces de cambiar el mundo. No el global, por supuesto, pero sí el que les rodea, el más inmediato, el de los seres que conviven con ellas. Destacan por su labor a favor de los demás, a veces en condiciones precarias. Mujeres fuertes, nobles, zarandeadas por la vida y que saben rehacerse de cada envite.

La llaman la “Madre Teresa de Burundi”, Marguerita Barankitse vio como mataron a su familia. Algo por lo que tuvieron que pasar muchas otras personas en ese país asolado por una guerra tribal capaz de ejecutar a machetazos a quien se pusiera por delante. Soltera, adopta a siete niños hutus y tutsis, entre ellos Chloé Ndayikunda, de etnia hutu, que había perdido a sus padres en 1972, durante la primera depuración étnica. En octubre de 1993, al degradarse cada vez más el clima político, Maggie esconde a varias decenas de hutus, tanto adultos como niños, en el obispado de Ruyigi. El domingo, 24 de octubre, por la mañana, irrumpen unos asaltantes tutsis armados de porras, machetes y piedras, y atacan el obispado. Maggie trata de interponerse pero la pegan, la atan a una silla, prenden fuego y, en el patio, asesinan ante sus ojos a 72 personas.

Una escena así es suficiente para enloquecer a cualquiera. Pero en esta creyente de piel curtida fue en cambio el dispositivo que le hizo sacar fuerzas insospechadas de su ira y su indignación, y sobre todo de su fe inquebrantable en la divina Providencia y en su amor a la vida, logra poco a poco, con peligro de su vida, crear la Casa Shalom, instalándola en una escuela destartalada que le presta el obispo de Ruyigi. La situación de crisis perdura: son decenas, incluso centenares de niños que corren a refugiarse a casa de Maggie. Para alimentar a toda esa gente, va cosechando comida en las tierras de su familia. La guerra continúa, y entonces Maggie decide cultivar la tierra con los niños para seguir alimentándolos. Organiza una ayuda mutua sin distinción de etnia, de religión y de origen social: los mayores tienen que ocuparse de los pequeños.

Está labor hace que El Archivio Disarmo per la pace (Archivo de desarme por la paz) haya premiado en Roma a Marguerita Barankitses con la “Colomba d´ Oro”. Maggie es a la vez la Madre Teresa y el Abbé Pierre de Burundi. “No hay nada que resista al amor”, repite sin cesar en sus viajes por todo el mundo. Y su mensaje es: “Jamás el mal tendrá la última palabra. La fe y el amor desplazan las montañas del odio.” Pregona su fe con orgullo: “La oración me mantiene en pie. El verdadero valor, lo saco de la Eucaristía”, afirma. La acción humanitaria y pacífica de Maggie ha sido premiada con numerosos galardones internacionales. De ello da cuenta la web Religión en Libertad.

Otra mujer de solera es la comisaria Honorine Bunyole que lidera una unidad de la policía congoleña especializada en atender las denuncias de violaciones, en un país donde los delitos sexuales contra las mujeres no dejan de crecer. Como el tema es lo suficiente escabroso para no dar más detalles, tan sólo cabe explicar que la República del Congo es el país del mundo que registra más violaciones. Una guerra teñida por ese botín que indistintamente todos los ejércitos hacen valer en sus campañas. Cabe recordar que en Libia Gadafi, probablemente tendrá que responder por ese modus operandi de su ejército. Pero como muy bien sabe Honorine Bunyole, las violaciones sistemáticas no siempre son denunciadas, especialmente en un país como el Congo donde a la vergüenza de la violación se le añade el temor de ser repudiada por la propia familia. Nada nuevo bajo el sol, tan antiguo como la propia historia de la humanidad. Pero no por ello hay que pasar página. Y esta mujer lo sabe muy bien.

He tomado prestada la información del periodista Hernán Zin, publicada en El País, quien ha recogido a lo largo del planeta y durante los últimos dos años el testimonio de mujeres que, con su labor, su trabajo y su esfuerzo, intentan hacer frente a desigualdades y cambiar el mundo en el que viven en Congo, Afganistán, India o Argentina.

Casos como el de estas dos mujeres, nos hacen siempre reconciliarnos con la humanidad. Son el ejemplo palpable de que allí donde algunos pueden preguntarse dónde está Dios, éste se manifiesta en la calidad humana de esas personas que trabajan a favor de los demás.

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Acerca de Carmen Bellver

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