Cuestiones de fe: "Sobre esta piedra edificaré mi Iglesia"

Me lo decía ayer, y lo decía con tristeza. Hablábamos de nuestros padres fallecidos, ella sobre los suyos y yo del mío. No cree en la vida eterna. No cree que haya vida después de la muerte. No lo hacía desde un ateísmo visceral, sino desde la frialdad de un catolicismo apagado, mortecino. Y me pregunté qué le podía decir. Mis únicas palabras fueron si no le parecía un milagro la vida. Y es cuestión de pensar en ello. La cantidad de probabilidades para no existir son tan enormes. Que el sólo hecho de estar en este mundo merece ya un canto de alabanza a Dios. Ese respeto a la existencia, como don, como gozo, desaparece en muchos creyentes. Y desde luego no existe para quien carece de fe.

Lo he vivido con personas allegadas. Lloran la muerte de sus seres queridos. Lloran convencidos de que nunca los volverán a ver. Y en cambio he presenciado la serena tranquilidad de quienes mantienen la seguridad de que están en las manos del Padre. Ya sé que es cuestión de fe. Pero nosotros precisamente sabemos que la muerte no tiene la última palabra. Un Dios encarnado nos ha mostrado que hay vida eterna. Y nos espera con los brazos abiertos. Cómo entender a la mística Santa Teresa de Jesús cuando clama: “Vivo sin vivir en mí, y tan alta vida espero, que muero porque no muero”. Sólo desde el sentido de una vida trascendente se puede expresar de manera tan sublime el anhelo del encuentro con Dios.

Cuando leo los debates encendidos de teólogos divergentes, que ponen en tela de juicio muchas de las verdades que un sencillo creyente de a pie ni se atreve a dudar. Me sobreviene la cita del Evangelio: “Te doy gracias, Padre, Señor del cielo y de la tierra, porque has escondido estas cosas a los sabios y a los entendidos, y las has revelado a la gente sencilla” (Lucas 10, 17-24). La fe es humilde, sencilla, adoradora de Dios. Los debates teológicos del momento me exasperan. Especialmente cuando salen a la palestra los valedores de determinadas teologías. Parece que Dios es sustituido por la palabra del teólogo. Como si no fuera posible creer nada más que a partir de lo que le han leído a fulano o mengano. Me da la impresión que lo fundamental de la fe se desvanece para pasar a ser partidario de una determinada persona.

Entiendo que pueda existir la teología y que sea bueno discutir sobre algunos temas. Pero no me cabe duda que la soberbia de los entendidos, puede jugar malas pasadas. La gente que no entiende la divinidad de Jesús, ni su resurrección, ni la virginidad de María. En fin, puestos a dudar, que duda incluso de ser un milagro en el universo. Esa gente, padece la soberbia de quien sustituye a Dios por la autosuficiencia de su inteligencia. Afortunadamente también hay seres inteligentes que tienen fe, que saben someter su razón, y que saben explicar con palabras sencillas quién fue Jesús y qué vino a hacer a la tierra.

Desde luego, no creo que viniese a fundar una ONG, ni siquiera se preocupó por instaurar ningún tipo de asistencialismo para los pobres de su época. Aunque dejó muestras evidentes de que eran sus preferidos. Vino también a desconcertar a los sacerdotes de su tiempo. A manifestar la gloria de su padre. A mostrar que estaba dispuesto a someterse a la injusticia, desprotegido en manos de sus asesinos. Porque confiaba en su Padre, porque sabía que al tercer día se manifestaría su gloria. Pero eso sí, igual que se materializó y se mostró con heridas en sus manos, desapareció de sus ojos, prometiendo volver. O creemos en la gloria de Dios o no creemos. O lo adoramos o sencillamente lo manipulamos para que cuadre a nuestros mezquinos intereses.

Todo lo que ayude a ser buenas personas es positivo. Pero hay algo más, Jesús vino a que proclamásemos la Palabra de Dios y la hiciéramos norma de nuestra vida. No podemos manipular lo que dijo, aunque los teólogos intenten descifrar cada palabra del Evangelio. Lo cierto es que o creemos en Jesús como Hijo de Dios o no creemos en Él y tratamos de hacer encajes de bolillos. Hoy celebramos la fiesta de San Pedro y San Pablo, los apóstoles por excelencia. Es tiempo de recordar que en el Credo profesamos también la fe en nuestra Iglesia. Eso de que Jesús no vino a fundar una Iglesia me parece abominable. Leamos bien el Evangelio: “Y yo a mi vez te digo que tú eres Pedro, y sobre esta piedra edificaré mi Iglesia, y las puertas del Hades no prevalecerán contra ella”. (Mt 16, 18).

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Acerca de Carmen Bellver

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