Meditaciones de verano: católicos que no profesan el credo

Este título tiene truco. Porque si no profesan el credo, no deberían sentirse católicos, así de simple. Sin necesidad de condenar a nadie. Y el título viene a cuento de muchos católicos de nombre que han ido relativizando su fe. Tal ha sido la deriva que, prefieren llamarse cristianos. Tienen aversión a la palabra católico, no por el significado semántico, ya que universal es el destino que propuso Jesús para la fe. Su mandato fue predicar la misma por todo el mundo para hacer posible el Reino de Dios, con todas sus imperfecciones, que no podrán superarse sin su ayuda. Es el Espíritu Santo quien guía a la Iglesia, con todos sus pecados a cuestas, como los propios, que debemos arrastrar hasta nuestro encuentro con el Padre. En una lucha diaria que desgasta si no se vive de rodillas.

No quiero dar lecciones a nadie. Pero cuando algunos hablan de diversas sensibilidades eclesiales, me preocupa que bajo esa suavidad de formas se esconda una dureza de corazón. La dureza de querer trasformar a la Iglesia según nuestros propios caprichos, o la de sesudos teólogos. Y no es eso, nunca ha sido eso. En tiempos tan turbios como el nuestro salieron hombres y mujeres sencillos, santos de a pie, con peana o sin ella. Que para eso tenemos un día especial en el que recordamos a Todos los Santos. Ellos son la verdadera Iglesia, junto con los pecadores de todos los días. Así que nadie puede atribuirse la arrogancia de decir que la Iglesia es plural, si entiende por plural todo aquello que la Iglesia católica no admite. Podrán llamarse cristianos porque creen en Cristo, pero no confiesan su fe en la Iglesia Católica, tal y como el mismo credo manifiesta delante del altar.

Por ello, vuelvo a insistir hay que cultivar ese amor a la comunión de los santos, que nos recuerda que todos estamos llamados a la santidad. Y en ella hay renuncias con las que muchos no están dispuestos a seguir. Cómo van a renunciar los eruditos a su sabiduría, por más que interpreten las Escrituras, carecen de la simplicidad de los lirios del campo. El saber no implica fe. Y la fe no existe sin esperanza, ni caridad. Por ello no debemos nunca de desesperar que la Iglesia católica salga adelante, pese a las dificultades que arrastre. Se confiesa un solo bautismo y el perdón de los pecados. Y no hacer predicación de esas elementales verdades, para sustituirlas por exégesis extrañas, resulta demoledor. La fe, termina por convertirse en ideología, cuando no va acompañada de la esperanza y la caridad.

Esperanza de que nuestros hermanos también pecadores vean la verdadera luz que les guíe a través de las tinieblas de este mundo. Estamos convencidos de que la vida es una lucha permanente para dar cabida en ella a Dios, ya que nuestro mayor pecado siempre es alejarnos de Él para hacer nuestra voluntad y no la suya. Este pecado lo compartimos jerarquía y pueblo llano. Nadie está exento de caer en las redes de la soberbia. Cada uno lo hará a su modo, pero a todos nos persigue la idea de que si algo no nos gusta de la Iglesia tenemos que cambiarlo. Y esa no es la idea de Jesús. El cambio que Él propuso era mucho más radical, empezaba por una metanoia permanente.

En cada época ese proceso se ha vivido de modo diferente. Pero el conjunto de la Iglesia siempre ha sabido responder a los tiempos. De manera diversa, a través de gestos muy concretos. Y lo sigue haciendo ahora mismo. Hay que decirlo, no podemos estar siempre en plan derrotista ni disidente. Lo cierto es que hoy, la Iglesia compuesta por esos creyentes de a pie y religiosos comprometidos, también manifiesta la fuerza del Espíritu con gestos concretos. Pero surge en muchos el peligro de un activismo peligroso, dejando de lado la mirada contemplativa de la oración. Y una cosa no puede separarse de la otra. Tenemos que seguir pidiendo con fuerza, con esa misma fuerza que nos dijo Jesús: “Si tuvierais fe como un grano de mostaza, habríais dicho a este sicómoro: “Arráncate y plántate en el mar”, y os habría obedecido. (Lucas 17, 1-6). Hay numerosos pasajes que vuelven a retomar la oración y la fe: “Os aseguro que el que cree en mí, hará también las obras que yo hago, e incluso otras mayores, porque yo me voy al Padre. En efecto, cualquier cosa que pidáis en mi nombre, os lo concederé, para que el Padre sea glorificado en el Hijo” (Juan 14, 12-13).

Parece claro que hay que pedir, ser pedigüeños y constantes en ello. Tal vez para que nunca olvidemos que hay Alguien por encima de nosotros. Alguien que nos ama y pide también amor. Un diálogo de enamorados que tiene como fruto las obras del Espíritu. Los verdaderos reformadores de la Iglesia, trabajan por ella, desgastándose cada día. No tanto desde la palabra de los púlpitos, porque eso sin la gracia de Dios no cambia nada, sino desde el corazón de las intenciones y de las obras. Desde la raíz de todos los males. Desde lo oculto, donde sólo ve el Padre.

Que este tiempo de vacaciones sea también tiempo de aproximarse a la oración y a la caridad. Mis mejores deseos para todos. Ya dije en un comentario del post anterior que me tomo mi tiempo para reflexionar y hacer otras cosas. Ahora aprovecho para saludaros de nuevo y deciros que rezo por todos. Un blog no es sólo una pizarra desde donde se escribe, es también una manera de ser y comunicar. Y hay tiempo para hablar y tiempo para callar. A veces incluso se hace necesario parar. Vamos a ver si lo consigo. Tened por seguro que os echaré de menos.

Acerca de Carmen Bellver

Colabora en los medios de comunicación aportando su visión desde el humanismo cristiano
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Una respuesta a Meditaciones de verano: católicos que no profesan el credo

  1. mjbo dijo:

    ¡Feliz descanso! y decirle que muchos, tantos ya que incontables, son católicos sólo de piquillo porque cuando escarbas son capaces de aconsejar que aborte todo quisque.Saludos

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