"Cerrado al amor"

Su vida era un infierno. Lleno de rencor, de rabia contenida que a veces se desbocaba injustificadamente. José rozaba la perturbación mental. Nunca se sentía culpable de dañar a los demás y siempre se manifestaba dolido por lo que le hacían. Sin ningún interés por cambiar el punto de vista, por ponerse en lugar del otro. ¡Cuánto le había hecho sufrir!. Una madre sabe lo que es amar y no poder ayudar a su propio hijo. Elena rezaba cada noche para que el alma torturada de José se liberase de todas sus ataduras. Pero era difícil conseguir hacerle reflexionar sobre cómo estaba destrozando su vida. Cuántas veces le había suplicado: escucha, atiende, piensa; esto que me haces te daña a ti mismo. Y sin embargo, no obtenía nada más que indiferencia.

Qué duro se hace no compartir un mismo punto de vista, una misma mirada. Esa sima parecía insalvable. Ella volcada en los demás, confiada en su fe, deseosa de la felicidad de su hijo, que sin embargo se alejaba cada vez más de ella y de todos. Qué le pasaba, qué podía hacer. Le habían dicho que cortase el cordón umbilical. Las personas como José sufrían y hacían sufrir a los demás. Lo sano era alejarse de tanto rencor, protegerse de los menosprecios y las palabras ofensivas. No se podía vivir al lado de quien parece disfrutar con hacerte daño. Y sin embargo, a Elena le era imposible dejar a su hijo. Por mucho que le hubieran abierto los ojos, frente a un maltrato sistemático, fruto de una perturbación que para ella tenía el nombre de pecado. Algo difícil de entender, pero las consultas de psiquiatras y psicólogos estaban llenas de personas enfermas en su alma, necesitadas no sólo de amigos, capaces de ayudarles, sino especialmente de la gracia del perdón. Así de clara se le representaba a Elena la perturbación de José.

Necesitaba un perdón que regenerase todo su interior, que pudiera liberarle del yugo de la envidia, de la soberbia, del egoísmo. ¡Cuánta enfermedad podía encerrar un alma!. José vivía continuamente amargado por su suerte, comparándose con aquellos que parecían brillar por encima de él. No le bastaba tener un salario más que suficiente, una casa libre de hipotecas, un vehículo, garaje y ninguna deuda. Nada de eso parecía hacerle feliz, siempre quejándose de su vida, sin ver un atisbo de luz a su alrededor, incapaz de mirar a quienes menos tenían. Elena no podía entender que José viviese en conflicto permanente, sin descubrir en su vida, los regalos que el Señor le había ofrecido.

Cómo le haces comprender a alguien que es un afortunado, una persona que lo tienen prácticamente todo y no sabe gozar de nada. Si al menos tuviera fe, si pudiera mirar al hermano con ojos de misericordia y no de desprecio. Lo habían hablado muchas veces, José necesitaba ayuda pero no se dejaba ayudar. Ni por psicólogos, ni por sacerdotes, ni siquiera por su propia madre. Elena se preguntaba si no existía una relación entre la enfermedad del alma y la perturbación de la mente. Como creyente rezaba para que Dios le liberase del mal. Para que le otorgase la paz del espíritu. Porque precisamente de eso andaba muy necesitado su hijo.

Se había encerrado en una torre de marfil, sin apenas relacionarse con nadie, excepto con los compañeros de trabajo y con su madre. Ella que siempre le había cuidado, que seguía preparándole todos los días la comida, era la más golpeada por el nivel de frustración de su hijo. Decía cosas absurdas, que no se podía casar porque el sueldo no era suficiente para mantener a una familia. Dios mío, qué necedad, si ella misma ni siquiera trabajaba cuando se casó. Y habían salido adelante con un salario que en comparación estaba muy por debajo del que tenía José. Absurdas manías que le torturaban a él y le dolían a ella que las vivía a su lado. Y no sólo eso, también le reprochaba su modesta cuna, ser hijo de un trabajador, haber estudiado una carrera superior le producía complejo. Pensaba en los otros, hijos de abogados con despacho, con una vida que estimaba de un nivel superior al suyo. No dejaba de dañar a Elena, de reprocharle que le hubiesen impulsado a estudiar, para terminar siendo un funcionario, un burócrata, sin porvenir. Quejas y reproches por todo, incluso por hechos insignificantes, ajenos a ellos, temas del trabajo que traía a su casa y exponía de manera brutal en horas de comida.

Cada discusión provocaba en Elena un sofoco persistente que invariablemente se traducía en una alteración del ritmo cardiaco y de la presión arterial. Daba igual que le subiese el azúcar, que la arritmia apareciese con fuertes palpitaciones que sobresaltaban su aspecto. José podía marcharse dando un portazo sin preocuparse de lo que dejaba tras de sí. Y aquella indiferencia, aquella insensibilidad destrozaba por dentro a Elena. ¿A quién recurrir?. Evitaba dar explicaciones, tan solo se desahogaba un poco cuando salía hacia la catedral para confesarse, con un sacerdote que no la conociese. No se atrevía a hablar con nadie más, no quería que su tragedia se descubriera, que alguien pudiera pensar mal de su hijo. Había cambiado tanto con los años, cuando recordaba su infancia le envolvía la nostalgia del recuerdo, en aquella remota zona de su memoria, José era un muchacho inteligente y formal, incapaz de levantar la voz. Un muchacho tal vez algo reservado, pero con cierta gracia, esa timidez acentuaba su simpatía cuando se le trataba. Y sin embargo, lo años le habían amargado, volviéndolo huraño, intratable.

Para Elena aquella trasformación era una puñalada en su corazón, se preguntaba qué había hecho mal. Pero luego, con el tiempo, comprendió que no tenía que torturarse, su hijo había forjado su destino a pulso. La misantropía se había cebado en él a fuerza de alejarse de los demás, de evitar superar retos. Esquivaba las relaciones sociales porque temía no estar a la altura. Y así poco a poco, había ido encerrándose en una soledad abismal que le llevaba a despreciar a los demás. Incapaz de relacionarse con ellos, se destrozaba a sí mismo con múltiples reproches. Si le invitaban a alguna cena de compañeros, no iba. Si no le invitaban, le reconcomía el rencor.

Pero lo peor de todo es que era imposible hablar con él. Hacerle reflexionar, para que mirase con otros ojos. ¡Cuántas noches de oración en vela, pidiendo una solución, un milagro!. Sí, era un milagro que a su edad, pudiera cambiar el rumbo que había tomado. Pero para alguien con la fe de Elena, nada era imposible, todavía quedaba un rescoldo de esperanza en su corazón. Sabía que Dios podía trasformar de ipso facto un corazón. Esa fe sustentaba su vida. Sin ella habría caído en la desesperación. A veces las circunstancias le hacían albergar la ilusión de que el milagro se había producido. Durante semanas José volvía a ser el hijo dulce y cariñoso que recordaba. Hasta que de pronto, súbitamente, volvía a desparramar la amargura entre ellos. Críticas hacia sus compañeros, sus vecinos, sus familiares. No había nada que escapase a su insidia. Esa agotadora campaña de descrédito que lanzaba hacia los demás, le llenaba de una ira enfermiza que perjudicaba su propia salud. Elena no sabía reconducir la situación hacia una zona menos beligerante, tan sólo podía callar y escuchar las quejas de José, aunque no estuviera de acuerdo con ellas.

Era previsible que un día, aquel ser agotado en la lucha contra sí mismo y los demás, terminase abatido. Evitar la desgracia mientras ronda cada día a tu alrededor constituía todo el empeño de Elena. Cuando ella no estuviera para fijar un punto de referencia en la vida de José, qué sería de él. Sin embargo, el desenlace sucedió ante sus ojos, sin poder evitarlo. Una mañana el abuso de barbitúricos dejó sin aliento el cuerpo de su hijo. Había claudicado sin ser capaz de hacer frente a la vida. Se había dejado abatir herido desde lo más profundo. Ya nada se interponía entre sus miedos y la realidad. Sólo a la misericordia de Dios se podía confiar su alma. Quién sabe si en el último instante algún atisbo de luz había llegado a su interior.

Desde esa mañana Elena sólo vivió para entregarse a los demás, a los jóvenes más conflictivos y difíciles del barrio. Junto con el párroco abrió un recinto social donde programaron diversas actividades ayudados por jóvenes voluntarios. Allí cada tarde se podía conversar, escuchar música, leer, jugar, pero sobre todo relacionarse con los demás, en la seguridad de que Dios ama a cada uno tal y como es. Y esa era la parte más difícil del asunto, porque hay seres que se cierran al amor de Dios, que renuncian a la felicidad de sentirse amados y queridos.

Relato
Carmen Bellver

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Acerca de Carmen Bellver

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