"Aquella tarde en el tanatorio"

Ningún día la lluvia hubiera sido mejor aliada que aquella tarde de otoño. Las gotas tras los cristales semejaban sus propias lágrimas ahogadas en el silencio del tanatorio. Era difícil despedirse de un muerto. Especialmente si desaparece de tu vida de manera trágica como Arturo. Una noche de discoteca, una curva, escasa visibilidad, tal vez pérdida de reflejos y ahí acababa todo. Ya nunca volverían a hablar. Formaría parte de su recuerdo, perdido tras la imagen de una fotografía. Allí Arturo evocaría días pasados, tardes fabulosas, estudios compartidos, sueños que nunca llegaron a realizarse. Su cuerpo estaba rígido, con una máscara de placidez que erizaba el vello. Parecía dormir en un sueño cálido. Ver su rostro era preguntarse por el ser que lo había animado hasta entonces. Y dudar, dudar que todo tuviera un final absoluto. Se hacía difícil admitir que después de la muerte ya no había nada, que todo finalizaba así, de manera abrupta.
No fue capaz de compartir sus dudas. Los amigos jamás hubieran entendido que la envolviesen pensamientos filosóficos en un momento como aquel. Pero Irene no podía evitar sentir un nudo en su estómago. “Si hay vida más allá de la muerte –se dijo a sí misma- tal vez Arturo comprenda lo que siento en este momento”. Me parece imposible que el milagro de la vida tenga como punto final el ocaso de la muerte. Y así se lo espetó al padre Juan, el párroco de su Iglesia, en la que había sido bautizada más como costumbre que producto de una fe recia. Porque aunque había cumplido con los sacramentos sociológicos, la verdad es que en casa, Dios no era una presencia importante ni una ausencia penosa. La vida es así de sorprendente, te deja caer en una familia que no se opone a tu fe, pero que tampoco tiene ningún interés en conocer la misma.
Y en la trágica despedida de Arturo se preguntó si aquel proceso bajo el amparo de la Iglesia, obedecía a un rito de despedida social, o a una firme creencia, de la que nunca había hablado con el muerto. Aquella era su primera experiencia con la muerte, apenas recordaba a sus abuelos quienes fallecieron cuando tenía dos años, ambos con tan solo seis meses de diferencia. La vida de ellos formaba parte de la historia familiar y venia enmarcada en las fotografías de recuerdos. Pero ahora ver desaparecer una persona llena de vida, truncada de sopetón, le removía muchas preguntas. Y por eso decidió hablar con el padre Juan. Su sorpresa fue mayúscula, aquel sacerdote no tenía respuestas a sus dudas. Para él todo residía en la fe. “Si crees en la vida eterna, lo único que has hecho es despedirte hasta el reencuentro”. Increíble, era tan absurdo desaparecer como pensar que Arturo vivía en una esfera inmaterial en el reino de los cielos. Por no descartar la posibilidad de que se hubiese condenado. La pedagogía religiosa dejaba mucho que desear en los últimos años, el pecado y el infierno se habían vuelto tabú. Tal vez como reacción a épocas pasadas marcadas a fuego por el temor.
Y fue precisamente el tono misericordioso del sacerdote que había presidido el funeral de Arturo, el que inquietó a Irene hasta el desasosiego. Porque por primera vez se agolpaban en su mente las ideas religiosas heredadas de los libros escolares. Unas ideas que nunca habían tenido ningún sentido especial para ella, que le resbalaban aunque admirase la figura de Jesús. La vida en su hogar no llevaba implícito ningún precepto religioso. Y aquello le dolía profundamente, se sentía estafada por su familia. La habían bautizado, pero su catequesis se había producido fuera de su casa. Y aquello le golpeaba ahora de manera desaforada. ¿Qué hacía todo el mundo siguiendo un ritual en el que apenas creían y del que nunca hablaban?. Volvió a inquirir con sus incisivas preguntas al padre Juan, como si estuviera en las manos de aquel pobre hombre, devolverle la tranquilidad.
“Estudia, pregunta lo que quieras, pero estudia los evangelios. Allí encontrarás respuesta a tu desasosiego”. Esa era la receta del párroco, incapaz de derrumbar el muro de interrogantes que le lanzaba Irene con desparpajo. Porque como para tantos otros jóvenes de su época, el evangelio era una especie camino rosado lleno de buenas propuestas. Amor, benevolencia, dónde estaba escrito que alguien podía condenarse. Y el padre Juan no tenía más remedio que recordarle la parábola del rico Epulón y el pobre Lázaro. “La vida es una elección continua, Irene, y en ella Dios siempre nos deja libres”. Menuda broma, nada de un Padre autoritario que amonesta a sus hijos para que eviten los caminos peligrosos. En el Evangelio el Padre se presenta siempre misericordioso, pero ahí estaba el mismo Jesús, lanzando anatemas contra aquellos que no siguen por el camino recto.
Irene estaba cada día más desconcertada. El fallecimiento de Arturo había sido una pequeña luz que cada día cobraba dimensiones mayores. Detrás de un pequeño problema surgía otro Universo. Resulta que la fe en la que la habían bautizado se basaba precisamente en el triunfo de la vida sobre la muerte. Ese triunfo es la Resurrección de Jesucristo, demostrando que no hay un vacio eterno tras el óbito, que allí donde todo parece haber finalizado es sin embargo el comienzo de la más maravillosa de las aventuras. La eternidad como testigo del diálogo de amor entre el hombre y Dios. Un diálogo que se inicia con la creación del mundo y que convierte a todos los seres de la creación en criaturas amadas.
Decididamente el mundo estaba loco. No se podía vivir de espaldas al hecho incuestionable de que la fe emana de esa necesidad imperiosa del ser humano de adorar a su Creador. Y esa fe sufre múltiples acometidas a lo largo de la existencia, sin que claudique frente a su deseo más profundo, existir a lo largo de toda la eternidad, gozando plenamente de la felicidad. Si eso era el cielo, tenían razón el padre Juan, el fallecimiento era el tránsito esperado para comprobar que Dios está más allá. Valía la pena prepararse en conciencia, limpiar el alma de afectos desordenados. Volver a retomar la noción de pecado, no como un sabueso que amarga la existencia, sino más bien como la advertencia clara de que en este mundo no triunfan los valores de Dios, sino los que nos separan de Él. Pero eso sí, había muchos caminos para llegar sanos y salvos a la otra orilla. Estaban los sacramentos y la oración, valían todas las obras de misericordia que realizadas con el corazón limpio son manifestación del amor de Dios a los hombres.
Irene tenía ahora las cosas más claras, pero el futuro seguía siendo una incógnita. Porque no sabía ni cuando, ni cómo, sería llamada a la presencia de Dios. Nadie estaba preparado para ese encuentro, por ello existía toda una tradición dentro de la Iglesia para tener una buena muerte. Una muerte donde se puedan recibir los auxilios de los sacramentos. ¿Podía ella confiar en el rezo del rosario, como garantía segura de una buena muerte?. La confianza en el auxilio divino era también un acto de fe. Y para ello tenía notables precedentes. Miles de creyentes antes que ella, habían confiado su vida en las manos de la Virgen, la madre de misericordia, el auxilio de los cristianos. Ahora era ella quien tendría que confiar en la providencia que había llevado su vida de la mano mediante el fallecimiento de Arturo. Su amigo, era quien le había puesto en el camino de la fe. Aquello hizo que Irene diera gracias al Padre de bondad que no dejaba a ninguno de sus hijos sin el auxilio necesario para su salvación.

Relato
Carmen Bellver

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