Los abuelos también tienen su día

Estamos ahítos de celebraciones, ayer conmemorábamos a Santiago, bajo cuya advocación se encomienda España, algo que fastidia mucho a determinados nacionalismos y cuya festividad por ello ha ido decayendo hasta pasar sin pena ni gloria, exceptuando en la Comunidad de Galicia, donde se honra debidamente al apóstol. Pues bien hoy conmemoramos el día de los abuelos, promocionado todos los años por el padre Ángel, y probablemente se celebrará con mayor sigilo si cabe, que la festividad de Santiago. Aunque también es cierto que en algunas diócesis se le toma el pulso a la ancianidad. Tengo que reconocer que no tuve la suerte de conocer a mis abuelos. Mis padres perdieron a los suyos cuando todavía eran muy jóvenes. Así que carezco de referencias, pero siempre he tenido un cariño entrañable por las personas mayores, que están dispuestas a aportar su experiencia, que han sido constructores de la sociedad que heredamos el resto. No quiero dejar de aprovechar la ocasión para felicitar a todos los Ana y Joaquín que conozco y que pasan por aquí.

Hecha esta salvedad, me uno a la celebración para con los padres de la Virgen. Lo digo porque no me extraña que siguiendo la línea de secularización de la sociedad, se deje de hablar de esos dos personajes, para elevar a categoría de evento el día de los abuelos. Y no está mal, seguro que el Corte Inglés lo agradece y se apunta a celebración, tiempo al tiempo. Tarjetitas de felicitación y altavoces que recuerdan a nuestros abuelos. Me veo elevada a categoría de consumo esta fecha. Y dejando a un lado otra celebración mucho más significativa, la de asistir a una eucaristía y rezar por ellos. Que de eso si que se acuerda la Iglesia. Así, como suena, creyendo firmemente en la comunión de los santos. En que todo les sirve para bien. Lo digo porque en determinadas fechas, recordamos a los ausentes, pero muchos se olvidan de elevar una plegaria dando gracias a Dios por haberles tenido a su lado. Por el regalo de su presencia.

También porque creemos que nuestras oraciones forman parte de la voluntad de Jesús que nos mandó orar sin cansarnos. De manera que eso es lo que propongo, una fiesta que no sea solo compartir con ellos un rato, sino también una eucaristía en acción de gracias. ¿Es tan difícil hacer oración por las personas que conocemos?. Cuando se tiene la costumbre de rezar por aquellos que conviven con nosotros o por quienes nos dejaron y gozan ahora de la presencia del Señor, se adquiere un sosiego especial. Es como permanecer unidos por hilos muy finos pero firmes.

Reconozco que hoy se tira mucho de los abuelos, la sociedad del bienestar permite que lleguen a una edad aceptable en la que todavía pueden contribuir con su ayuda. Así que no es extraño encontrarlos a las puertas de los colegios en sustitución de los padres, que trabajan a horario completo. También sacan a pasear a los nietos, les llevan a las actividades extraescolares. En definitiva una joya imprescindible en muchos casos. Porque no es extraño encontrarlos como padres sustitutos. Pero también es verdad que cuando los achaques les acorralan, caen en un abandono doloroso, se vuelven molestos en las casas, son una carga que algunos tratan de eludir. Porque lo cierto es que las residencias de mayores sino se asumen por el interesado, son como pequeñas prisiones que les aleja de su hogar. Allí donde hubieran deseado finalizar sus últimos días.

Hay casos variadísimos. Tantos como personas. Gente que se vale a sí misma será difícil que decida alejarse de su hogar para encerrarse en una residencia. Y luego están los que alrededor de ellos han hecho su profesión: fisioterapeutas, logopedas, auxiliares de enfermería, tienen un extenso campo de actuación en la edad dorada. Pero también es cierto que detrás de muchas residencias algunos quieren enriquecerse. Casos que de tanto en tanto salen a la prensa haciendo que nos recorra un escalofrío por la espalda.

Recuerdo especialmente en esta fecha a una parroquia donde todos los viernes se reza por los enfermos y por los que cuidan de ellos. Es algo así como reconocer que también la convivencia con personas mayores tiene su desgaste, que el carácter no lo cambian los años e incluso a veces se avinagra, que quienes les quieren también hacen su plus de esfuerzo para mantenerse al lado de quienes ya están llenos de manías.

Quiero recordar sobre todo a esas mujeres que se desgastan por sus suegros y padres. Porque siempre son ellas las que andan entre bambalinas. Pocos hombres son capaces de atender a un enfermo imposibilitado en su casa. Y en muchos casos los abuelos, son eso, enfermos crónicos de los que hay que cuidar. Pues bien, no nos olvidemos de lo mucho que han realizado cuando estaban en pleno vigor. Oremos juntos por esos enfermos crónicos y por quienes les cuidan, que falta les hace. Felicidades, abuelos.

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Acerca de Carmen Bellver

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