Vacaciones en "el paraíso"

Ponemos punto final al mes de julio. Muchos regresarán de las vacaciones, otros, la mayoría, las inicia. Se hace necesario recordar que el hogar también es un sitio privilegiado de vacaciones. Nos venden la salida a cualquier paraíso obviando la tranquilidad y el sosiego que se puede encontrar dentro de casa. Parece que para desconectar tengamos que salir. Pero haríamos bien en renunciar a cualquier viaje, aunque sólo sea por cuestión de caridad. Hemos elevado el consumo a categoría de dios demiurgo. Sin él parece que no somos capaces de caminar. Le adoramos cuando llegan las rebajas, cuando vienen las vacaciones, cuando salimos de viaje y compulsivamente nos traemos un recuerdo. En este orden de cosas, parece que la sustancia de nuestro descanso se pone en lo exterior. Cuando la realidad nos muestra que para desconectar del trabajo y del carácter rutinario del año, bastaría un plan de jornada en el que pusiéramos como centro a Dios.

Lo digo sinceramente, las vacaciones son ese espacio privilegiado para levantarnos y alabar al Señor, para hacer de cada hora del día una permanente entrega de nuestra voluntad. Con el acceso a Internet podemos visitar cualquier santuario en tres dimensiones. Alcanzamos a bajar un libro desde la red para degustar una lectura pausada y serena que no es posible con el ajetreo de los once meses restantes. Y así, poco a poco, encontramos que este tiempo de vacaciones es tiempo también de alimento íntimo y gozoso. “No es más feliz quien más tiene, sino quien menos necesita”, ese refrán popular esconde la sabiduría de quienes han ido despojándose de fútiles necesidades, construidas por la imaginación. Necesidad de comer es evidente, pero para disfrutar de las vacaciones desde luego no es necesario cumplir con el viaje de rigor, ni con la estancia en una playa paradisiaca, torciendo a mano derecha según se vaya llegando. Disfrutar de la familia y de largos paseos, de puestas de sol en el parque abandonado de una capital de provincia. Es también una oferta de vacaciones.

Pensaba en nuestras parroquias abandonadas por los residentes, y en guardia permanente por un anciano párroco que no sabe de días de descanso. También en la tranquilidad de una mañana de agosto en cualquier ciudad o población. No deja de llamarme la atención que con la que está cayendo los aeropuertos, estaciones y ferrocarriles, se encuentren atiborrados y en un trasiego permanente en fechas punta. Es como si la crisis se difuminase a la vista de terrazas llenas de gente que degustan la especialidad de la casa con voracidad. No parece que nadie esté dispuesto a renunciar a su cervecita y la tapa correspondiente. Y es que la palabra renuncia se lleva muy mal, es casi una espina punzante en la planta del pie que nos va mortificando a medida que caminamos.

Pero realmente no se trata de renunciar, sino de adecuarse a una realidad más austera, que permita ofrecer ayuda a los demás a cuenta de lo que nosotros gastaríamos para solaz propio. Especialmente cuando tantos de nuestros vecinos sí que viven en una permanente necesidad, que no conoce de vacaciones ni esparcimientos. Nos hemos acostumbrado a un ritmo de vida que no es necesario. Algunos no saben pasar un fin de semana sin salir de casa. Incapaces de vivir un poco hacia adentro, de reflexionar frente a un libro, de gozar de unos minutos de música en soledad. Se les cae el edificio encima, los veo sentados en los bancos huyendo tal vez de un vacio interior que necesitan llenar viendo pasar a la gente. Quien no sabe vivir un poco hacia dentro, no encontrará nunca la felicidad. Gozar de lo que tenemos es descubrir cada rincón de nuestra ciudad. Y con el regreso al trabajo cotidiano, la inevitable pregunta de dónde has estado, se debería responder que en el paraíso. Que ustedes lo disfruten.

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Acerca de Carmen Bellver

Colabora en los medios de comunicación aportando su visión desde el humanismo cristiano
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