Confesiones en la Jornada Mundial de la Juventud

Estaba esperando que alguien tuviera el cuajo de nombrar los doscientos confesionarios de diseño vanguardista que estarán presentes en el Retiro, con motivo de la Jornada Mundial de la Juventud. Y ya lo he encontrado en el portal progresista de Fe Adulta, donde Vicente Martínez da un repaso a Trento. Los confesionarios simulan una vela, todo un símbolo de la barca de Pedro y su interés por retomar algo que anduvo durante décadas perdido entre los bamboleos del Concilio Vaticano II. La confesión forma parte fundamental del credo católico, tanto que se considera materia obligatoria al menos una vez al año por Pascua Florida. Un examen de conciencia al que décadas de terapias cognitivas se oponían con furor. Los sentimientos de culpabilidad han amargado generaciones enteras. Imagino que el Papa a la vista de los cubículos que van a servir para impartir el Sacramento de la Penitencia, nos regalará con alguna perla escondida. Algo que dará mucho juego en los atrios de la teología que se viene aplicando en los últimos años.

Por eso no dejará de ser motivo de dimes y diretes, o bien por el coste o por lo atrevido de un gesto que implica cierta sumisión personal ante la figura de Cristo, representado en el sacerdote. Me veo llover críticas con fundamento en unos casos, debido a esa conciencia implícita que tenemos de mantenernos lejos del sentimiento de dolor o atrición por nuestros errores. Tal vez sea ocasión para una llamada de atención a los presbíteros con objeto de actualizar su pedagogía para plantear a sus feligreses el concepto y sentido de pecado personal contra Dios. Algo que es materia obligatoria para todo creyente, no para hundirnos en la miseria personal, puesto que ya sabemos lo bajo que podemos caer; sino precisamente para refrescarnos la memoria sobre la gracia. Un don que debemos pedir en todo momento.

Lo que queda claro es que el Sacramento de la Penitencia forma parte consustancial de un católico. Es un don que aumenta la gracia santificante, que nos fortalece ante las adversidades de la vida, un lugar privilegiado para el consejo pastoral y la orientación de nuestra fe cristiana. No voy a cantar las loas del mismo, porque no es a mí a quien corresponde señalar que Jesús se dedicaba precisamente a perdonar los pecados. En casi todas sus intervenciones, antes de sanar o curar de una enfermedad, precisamente hacía hincapié en que sus pecados les eran perdonados. Este tema no se lleva bien con una sociedad que esta ahíta de cursos de terapia personal para superar las neurosis de la vida moderna. En cierta manera ya nos congregamos entorno a la Eucaristía para pedir perdón ante la comunidad por lo que hemos hecho mal. Una reflexión que no evita ir al confesionario pero que muchos toman al pie de la letra para omitir arrodillarse o sentarse y mostrar cierto arrepentimiento.

Todos estamos convencidos que hace falta una pedagogía del sacramento de la penitencia que nos aleje de las torturas escrupulosas de una mentalidad mágica y nos acerque a la conciencia de nuestras propias limitaciones ante un Dios que nos desborda con su amor. El sentido de no corresponder a esa gracia que se derrama de manera generosa sobre cada uno de nosotros, es la finalidad del examen de conciencia. Una gracia a la que vamos traicionando con nuestras mezquindades en la vida ordinaria. No somos mejores por tener menos pecados, puesto que todos pecamos en mayor o menor grado. Somos mejores por el perdón gratuito que Dios nos otorga cuando sabemos que nos hemos alejado de su amor. La conciencia de estar alejados de la gracia de Dios, es el origen del dolor de atrición. Uno debe por tanto saber que ese alejamiento los humanos lo hemos ido midiendo a base de normas, en un debe y haber sofocante para muchos, que no terminan de entender de qué va el asunto. Estoy segura que Benedicto XVI nos volverá a recordar esta pedagogía de la fe, con entrañas de misericordia, como no podía ser otra manera.

Y ya para finalizar me permito cierto grado de sarcasmo, sugiero que no se pierda la ocasión de reutilizar esos magníficos confesionarios situándolos al lado de las entidades bancarias que negocian con las multinacionales de la muerte; en los bulevares donde se comercia con la carne o ya para ser un poco más humorísticos a la entrada de todas aquellas entidades colaboradoras de la Jornada Mundial de la Juventud, generosas para poder desgravar fiscalmente su patrocinio, robando legalmente y con la mayor hipocresía del mundo ante las narices del mismo Papa. Claro que estas cosas no está bien decirlas, no son políticamente correctas, pero confieso que ahora me siento mucho mejor. ¡Oh paradoja!

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Acerca de Carmen Bellver

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2 respuestas a Confesiones en la Jornada Mundial de la Juventud

  1. La gran santa de nuestros dias, la Madre Teresa De Calcuta estuvo en sus aproximadamente 30-40 años últimos de su vida en la llamada "noche obscura del Espíritu", que muchos pueden entender por "remordimientos de sentirse lejos de Dios". Y cierto que se debía confesar frecuente. El problema de la confesión es que la misma Iglesia lo "impone" como un mandato y debería limitarse a nombrarlo como un medio para encontrar consejo a problemas íntimos, i digo "íntimos" porque los demás pecados normales que todos cometemos que no son referente al sexo bien pueden explicarse en público delante de la misma comunidad como practican los monjes en el Capítulo frecuente. Lo curioso es que el Evangelio no dice de confesar frecuente a un sacerdote "apóstol" esto vino más tarde, incluso en los Hechos no figura. No dudo que el Sacramento es necesario, pero su uso y su teología catequetica los encuentro fatales. Por algo la Iglesia debe mejorar, empezando por esta parte más costosa de practicar.

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