Para quienes hablan de una Iglesia conservadora

Es una definición que se viene repitiendo al leer numerosos análisis sobre la JMJ. Hablan supuestos católicos que sin embargo tachan a otros católicos de grupos conservadores. Y estamos refiriéndonos a una fe milenaria, de un Evangelio que ha pasado por la pátina de la historia convocando numerosas personas a vivir con integridad el mismo. Parece ser que en España seguimos utilizando un vocabulario caduco, debe ser la deformación personal. Vemos a los nuevos movimientos de la Iglesia que tratan de vivir su radicalidad evangélica, y los denostamos acusándolos poco menos que de reductos sectarios. Tendremos que convenir que de eso mismo dijo la Roma Imperial de los cristianos, “una secta antropófaga, que comía el cuerpo de su dios”. Barbaridades en labios paganos que juzgaban de oídas sin haber entrado en contacto con la radicalidad de las palabras de Jesús. Ni con la entrega generosa de sus discípulos dispuestos a llegar incluso al martirio.

Lo cierto es que hay un cristianismo de rebajas. Que lleva años queriendo adecuar el Evangelio a sus bajezas. Que se lleva mal con la ascesis. Que lo reduce todo al compromiso político y social. Sin cultivar apenas la meditación de la Palabra de Dios y rechazando incluso más de una de las verdades que profesa el Credo. Un cristianismo que tuvo su trayectoria de despegue en la Teología de la Liberación, que en muchos casos acabó por matar la fe en la Iglesia e incluso en el mismo Jesús. Creo que estas personas que cultivan un espíritu crítico muy a semejanza de los grupos anticristianos, están profundamente abducidos por una Iglesia que les han hecho creer que funciona de manera paralela a la Iglesia de Jesucristo. Son militantes activos de pequeños movimientos, parcelados en grupos que se retroalimentan unos a otros. Y persisten en un sentido crítico que es prácticamente anticristiano. Lo digo con dolor, porque algunos creen vivir allí con mayor intensidad su fe. Confieso también que en la historia de la Iglesia siempre han exisitido grupos al margen de la fe del Evangelio y otros que deseaban vivirlo con mayor intensidad.

Pero me gustaría que entre unos y otros pudiera establecerse un puente de diálogo. Porque en definitiva quien nos arrastra es el mismo Jesucristo. Pero eso sí, no se debe hacer acusando de sectarios o neoconservadores a quienes están dispuestos a vivir su fe con radicalidad, mientras otros predican desde púlpitos mediáticos en cátedras y universidades, una fe que ha revolucionado los ambientes religiosos tras el Concilio Vaticano II, dispersando a la diáspora a miles de religiosos y sacerdotes que terminaron por perder sus creencias. Unos porque querían que la Iglesia se adaptase a la revolución sexual de los años sesenta. Otros porque pretendían legalizar sus tendencias homosexuales y vivir el cristianismo practicando el sexo sin cortapisas. Algunos porque estaban hartos de prácticas piadosas y ascesis personales que sólo les llevaba a mirarse su propio ombligo. Y sobre todo, otros que convirtieron a Jesús en un Che Guevara mítico e irreal que intentaba destruir las estructuras podridas del capitalismo.

El caso es que las dos Iglesias siguen enfrentándose de manera imperdonable y sin mucha caridad cristiana. Me refiero a quienes denuncian posiciones aberrantes de un culto a la personalidad que roza lo enfermizo, mientras otros cultivan esa misma atracción por los llamados “nuevos profetas”. En medio, deseo pensar que estamos muchos fieles al Magisterio de la Iglesia que nos sentimos incómodos con esa bipolaridad eclesial. Y supongo que la Iglesia católica que ha sabido sobrevivir a tantas revoluciones, mantiene la vocación por encarnar el mensaje de Jesús desde los diferentes carismas que se suscitan dentro de la misma Iglesia. Por eso presiento que la fe seguirá llamando a la puerta de cada hombre y mujer de bien. Seremos los cristianos quienes tengamos que proponer la Palabra de Dios una vez más, como aquellos primeros discípulos. Y también quienes debamos encontrar la manera de vivir en comunidad aquello que se inicio en el siglo I por el profeta de Nazaret. Tendremos que seguir siendo convocados cada domingo alrededor de la mesa de la Eucaristía, y renovando nuestra fe. Tal y como nos dejó dicho el mismo Jesús.

Hace falta eso sí, que la gente encarne su fe en la cultura actual que tanto se aleja del cristianismo. Una cultura que ha construido un mundo injusto adorador del dinero y el hedonismo, que proporciona pecados estructurales como el tráfico de personas, armas y drogas. Que justifica la eliminación de seres humanos sacrificados al egoísmo personal. En esa cultura que se publicita en la televisión y el cine, habrá que mostrar modelos alternativos y suficientemente atractivos para que vuelvan a arrastrar a las multitudes, a una conversión al Evangelio de Jesús. Y deseo pensar que se está produciendo esa nueva primavera, pero no por el camino del aggiornamiento como muchos profetizaban hace cincuenta años, sino por el proceso radical del Espíritu obrando en el interior de la Iglesia. El fruto abundante nuevas forma de vidas religiosas y laicas, de organizaciones a favor del respeto a la naturaleza y a los más desfavorecidos, es una muestra más de que el Dios de la historia sigue actuando, pese a nuestra mísera condición de pecadores

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Acerca de Carmen Bellver

Colabora en los medios de comunicación aportando su visión desde el humanismo cristiano
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2 respuestas a Para quienes hablan de una Iglesia conservadora

  1. Anonymous dijo:

    Excelente artículo, Carmen, con el que estoy de acuerdo al 100%.Un cordial saludo.Ana_MS

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  2. Carmen dijo:

    Gracias, Ana. Besos.

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