El juego de lanzar enanos a la pared

Vivir interconectados puede llegar a bloquear la mente. Leer la prensa digital se convierte en un hábito y más allá de las preferencias lo normal es ojear varios periódicos a la vez. De esa guisa puedes terminar con cara de noqueada cuando lees noticias como la del congresista republicano Ritch Workman que presenta un proyecto de ley para restablecer el lanzamiento de enanos contra la pared. Lo sorprendente es que la medida fue prohibida en fechas tan recientes como 1989. ¿Dónde estaba yo en esa época en la que el mundo despertaba en la red y el PSOE obtenía por tercera vez la victoria en las elecciones legislativas?. En esa época glamorosa de la perestroika y la consiguiente caída del muro de Berlín, alguien lanzaba enanos contra la pared en el civilizado estado de Florida. Ya sabemos la vida ajetreada de esos pequeños seres que han sido pasto de las carpas del circo, pero siempre con cierta dignidad. Lo que una no podía imaginar es que alguien se proponga legalizar semejante oficio como medio de vida. Y que esto se haga desde un Congreso me parece una burda bufonada para el contribuyente. Pero todavía sorprende más que se tuviera como juego el lanzamiento de enanos al inicio de la última década del siglo XX.

A una le sorprende que el mismo país origine gente de tan diversa idiosincrasia como el Steve Jobs, expresidente ejecutivo de Apple y recientemente fallecido por un cáncer de páncreas. Un individuo capaz de revolucionar el mundo con productos geniales que se han convertido en nuestros compañeros cotidianos. Mientras el californiano cambió la faz del mundo el congresista republicano avergüenza a la humanidad con medidas legislativas que permiten la diversión a costa de personas con una talla inferior a la normal. Y es que incluso para saber divertirse hay que tener talento y sobretodo capacidad de visión. Es suficiente un pequeño juego para distraer al jugador. Pero cuando ese mismo juego consiste en hacer daño a alguien, cuando se convierte en oficio el hombre volador que aterriza en las paredes para el solaz de un público que degrada al género humano, es que estamos a un paso de la pérdida de referentes sobre lo bueno y lo malo.
En alguna ocasión protesté sobre los videojuegos que fomentaban la caza de seres humanos conduciendo a velocidades de vértigo para atropellar a peatones indefensos. Juegos que no siempre tienen denominación de calidad humana. Guerreros salvajes que descuartizan aldeanas en la remota Galia. Ejércitos napoleónicos que luchan en la batalla de Waterloo, recreando hechos históricos que muestran la crueldad humana. El juego puede ser tan inocente como un niño manipulando un mecano. Pero cuando se matan marcianitos parece que ocultamos el deseo de lanzar enanos hacia las paredes, pasando a cruzar el umbral del bestialismo. En el civilizado México pasan el tiempo apostando por los gallos de pelea que terminan agonizando en un charco de sangre. Y la gente se divierte con esas salvajadas con la misma naturalidad con la que los gladiadores salían a morir en la antigua Roma para disfrute de la civilización más avanzada de la época antigua.
En una pirueta por diversas épocas históricas podemos recorrer países que muestran lo refinado que puede ser el ser humano para pasar el rato. Ahí tienen la caza del zorro en la victoriana Inglaterra, que fue deporte nacional ahora prohibido hasta que algún parlamentario reivindique el derecho a un deporte que fue aristocrático. En cualquier caso el hombre se dedica a la caza de cualquier otra especie o de la propia como diversión. Y además utiliza animales tan fieles como el perro para rastrear sus presas. Somos una especie llena de contradicciones que suele repetir las mismas bestialidades a lo largo de la historia, con un grado de crueldad que nos hace preguntarnos si no seremos la única especie de la Tierra que se degrada a sí misma. No he visto en los animales ese toque sádico que nos caracteriza a los humanos. Por mucho que algunos incluso lleguen a ser congresistas.

Acerca de Carmen Bellver

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