En tiempos de elecciones conviene atizar a la Iglesia

Estamos a un paso de las elecciones y hay que aprovechar la coyuntura para arrimar el ascua a la sardina. Y en esas andan Rubalcaba, Gaspar Llamazares y otras figuras del cartel que faltos de programas serios y con fuste, atizan con saña a la Iglesia. Es un recurso facilón, tan manido como el de la igualdad, tan seboso como el de los derechos de los gay, tan socorrido como la defensa de los servicios públicos. Todo eso vende, es facilón, da una pátina de progreso porque lo de izquierdas y derechas como que ya no le pega a esta aldea global que se pelea con una crisis financiera y de reparto de poderes en el mundo.
Me da un poquito de rabia que gente de buenas intenciones, con la boca llena de los pobres de este mundo, se meta a adular a Zapatero. Y también bastante vergüenza ajena. Por otra parte, llama la atención que gente que proviene de grandes corporaciones, que ha tenido una trayectoria intachable en el mundo de la política, también toque a arrebato contra la Iglesia. Es la paradoja de nuestra realidad eclesial. Unos partidarios de la izquierda radical que hacen manitas con el laicismo más belicoso y unos políticos muy comprometidos con los grandes organismos internacionales que ¡oh, sorpresa!. Se revuelven contra la voz de la Iglesia. ¿Por qué?. Pues porque tras una larga tradición de neutralidad, que proviene de la ya lejana transición, la Iglesia vuelve a recordar dónde se sitúa el proyecto de humanidad al que los cristianos debemos adherirnos. Que no está precisamente del lado de quienes vienen desintegrando la familia, con políticas de rompe y rasga que fomentan una crisis social de difícil solución. También porque no adulan las políticas de ingeniería social que importamos con alegría gracias al Zp de las narices. Un señor que gobernó España con el rédito que tenía su talante a base de soflamas progresistas que ocultaban la realidad cruel que hoy se impone.
El caso es que algunos obispos mudos en el pasado, por ese complejo de nacionalcatolicismo que les persigue, levantan hoy la voz y molestan a izquierda y a derecha. O a lo que queda de esas dos tendencias que siguen jugando a la política con roles del siglo XIX. Y lo cierto es que no sólo se trata de una crisis de justicia, que también, sino principalmente de una crisis de valores. Se trata de que se está configurando un nuevo mundo y los avariciosos sin escrúpulos se mueven como pez en el agua para salir indemnes o más ricos, si cabe, del destrozo general. Pero claro, hablar de la solidaridad de la Iglesia, la que está cubriendo parte de las necesidades de las víctimas del sistema, ya no se lleva. Tuvo su momento, cuando las ONG eran aduladas también por el poder. Ahora en tiempos de elecciones no se impone la realidad política que consiste en velar por el bien común. Es más cómodo felicitar con premios rimbombantes a las ONG que desvelar la avaricia de los rapaces devoradores de la actualidad económica.
Y en esas andamos ante las futuras elecciones generales, que vienen a ser un poco más de lo mismo con otras caras. Supongo que la doctrina social de la Iglesia carece de interés para la oligarquía política del momento, una casta parasitaría que baila al son que suene siempre que no les toquen sus prebendas. La regeneración moral de la sociedad es lo que necesita el país, pero cualquier intento de denunciar este hecho hace montar en cólera a tirios y troyanos. Hablar de que vamos directos al precipicio porque ya se trata de que sálvese el que pueda, no es prudente desvelarlo. El caso es que siguen los sonados escándalos de ciertas prejubilaciones con pingües beneficios, políticos, financieros, y otros adláteres de la farándula siguen cortando el pastel y aquí no hay nadie que ponga freno a ese desaguisado.
Lo malo, señores míos, es que la historia es madre y maestra. Por eso sabemos que no se puede contener a millones de seres humanos rebuscando por los basureros, mientras ven con acceso directo en las pantallas de televisión la francachela y la desvergüenza general. El flujo migratorio de estos últimos años es la prueba del nueve. Miles de personas salen de su tierra para vivir mejor, con dignidad, porque en su país las guerras o la corrupción hacen imposible subsistir. A esos males parece que nos están condenando la casta parasitaria que no tiene un proyecto político viable a medio plazo y sólo le preocupa mantener caliente su escaño de diputado.
Estamos a la espera de algún salvador de medio pelo que Dios sabe a dónde nos puede conducir. Mientras, la Iglesia recuerda lo obvio. Aunque algunos les moleste.

Acerca de Carmen Bellver

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