Los sacerdotes son felices y muchos no lo creen

No creo demasiado en las encuestas. Recoger un porcentaje de población para extrapolar datos sobre el resto de la humanidad, me parece poco creíble. Pero me ha gustado la idea de que ser sacerdote sea considerado en un estudio llevado a cabo por la Universidad de Chicago y publicado en la revista Forbes, como el trabajo más feliz del mundo. En medio de un invierno vocacional tan gélido como la Antártida, reconforta pensar que los que quedan se sienten bien allí donde están.
La impresión general y masiva que dan los medios, contradice ese bendito estudio. Se habla de una crisis permanente en el sacerdocio. Cuando no son los abusos, que ponen en duda la madurez afectiva y el carácter irracional de algunas personalidades, son los movimientos que luchan por el celibato opcional, que no soportan lo que denominan la tiranía de la jerarquía. Hacen tanto ruido que me atrevería a afirmar que ser sacerdote ya no genera la misma confianza que en el pasado, ahora son islotes en medio de una inmensidad agnóstica e indiferente. Cuando alguien habla de ser sacerdote la reacción general suele ser de incredulidad y sorpresa. ¿Quién va a querer una vida de soledad sin más afecto que los cuatro incondicionales de la parroquia?. Y es que cuando se analiza el fenómeno de la vocación pocos terminan por comprenderlo. Vivir siendo otro Cristo, dándose sin horario, con la ventanilla abierta las veinticuatro horas. Es poco menos que un fenómeno inaudito. Algo en el fondo tira de esas personas para hacer una entrega de su sí mismos que parece descabellada.
Me gusta mucho la vida de Pablo Domínguez Prieto recogida en un testamento espiritual de sprint en su libro Hasta la cumbre y en la película La última cima, donde la grandeza de la vocación sacerdotal se vuelve trasparente. Esa sensación de felicidad que trasmitía Pablo Domínguez refleja el grado de satisfacción y convencimiento de que lo que se ha elegido es más bien un don extraordinario. Y ver como don el sacerdocio no suele ser habitual. Porque estamos más acostumbrados a los remolones y quejosos que encuentran pegas a su ministerio. Esos que piden el celibato opcional y organizan congresos para refundar la fe en una especie de ONG bondadosa.
Tengo un comentario en mi blog donde alguien que se dice creyente considera que el fundamento de nuestra fe no reside en la Resurrección de Cristo. Sino en el amor. Es ganas de volver al hipismo. Es cierto que todo es amor en la Iglesia, lo decía muy bien San Juan de la Cruz: “Al atardecer de la vida nos examinarán del amor”. Pero oye, ese amor duele porque lleva adosada la cruz. Y parece que tenemos ganas de olvidar que Dios se hizo hombre y no murió por casualidad en la cruz. Sino que precisamente tenía que mostrar hasta donde llegaba la naturaleza humana para vencer a la muerte y con ello darnos la salvación.
Para ser feliz uno debe estar convencido de lo que hace, y no ser cicatero. Por eso los sacerdotes que se han sentido llamados a una misión maravillosa pueden ser felices, pese a los múltiples obstáculos que tendrán que superar. Yo no creo que exista un estado de felicidad permanente, pero sí de coherencia y convencimiento propio. En la medida que uno cree en lo que hace, siente que vale la pena seguir aunque se tengan que atravesar desiertos áridos y montañas escarpadas. Y para eso lo fundamental es estar enamorado de Jesús. Enamorados del Amor. Así con mayúsculas. Porque Dios que es bien y es amor nos invita a caminar de su mano en la ofrenda permanente de nuestra vida al servicio de los demás. Eso que es común a todos los cristianos, se convierte en un sacramento donde el sacerdote puede representar a Cristo y está revestido de una gracia especial. Creo que saberse portadores de algo tan maravilloso tiene por fuerza que hacer feliz a quien así lo vive.
Lo malo es que junto a los buenos sacerdotes existen personas que sufren descalabros en el camino de su vocación y no resisten el envite. Nada que objetar si saben rehacer su vida y seguir siendo fecundos para la Iglesia. Otra cosa diferente es cuando se empeñan en vivir en guerra permanente contra aquello que en su día otorgaron libremente. Nada peor que un resentido que no acepta que se equivocó. Querrá siempre que cambie el resto para poder justificar su fracaso. Pero bueno, nadie es perfecto. La madurez humana necesita también de tropiezos y fracasos para crecer en la fe. Perderla ya es otra cosa mucho más grave

Acerca de Carmen Bellver

Colabora en los medios de comunicación aportando su visión desde el humanismo cristiano
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Una respuesta a Los sacerdotes son felices y muchos no lo creen

  1. Pero bueno, nadie es perfecto.armani online shop La madurez humana necesita también de tropiezos y fracasos para crecer en la fe.Beats Headphones Perderla ya es otra cosa mucho más grave

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