Cuando la Iglesia puede ser cómplice del maltrato

He dejado pasar la efeméride que recogía el día internacional contra los malos tratos. Creo imprescindible hablar con mesura de un tema tan delicado. Aunque los malos tratos a mujeres son mucho más denunciados y comunes que los que sufren los varones. Seamos justos en admitir que los hay.
Y por ese motivo no me ha gustado hablar del tema en un día tan señalado. He preferido dejar pasar el vendaval mediático y los informes técnicos, para centrarme en algo que sí es común a todos los cristianos: El amor, la entrega al otro, el deseo de diálogo fecundo y de vida en comunión con Dios.Me parece que el olvido de Dios es uno de los pilares que favorece el maltrato. Cuando no se respeta al otro siempre es debido a una falta de amor. Y la educación tiene un papel muy importante en este tema. Los hijos también son maltratados por sus padres; los educadores puede a su vez caer en el maltrato a sus pupilos; los jefes abusar de su papel y ejercer maltrato laboral. El tema se las trae. Porque la sociedad tiende a dar una mirada parcial a la realidad social. Un maltratador suele ser a su ver una víctima del maltrato. Y la dinámica de la pobreza, la bebida, el juego o cualquier otra adición hace posible que el infierno se instale de manera permanente en una familia.
Hablar de mujeres maltratadas es entrar en un mundo de sumisión impuesta por una sociedad con determinados valores. Estoy pensando en todas las musulmanas obligadas a un matrimonio de conveniencia, que terminan siendo víctimas de todo tipo de abusos. Por tanto las leyes juegan un papel fundamental para evitar el maltrato en todos sus ámbitos. También en el de la discriminación positiva, donde el varón puede ser chantajeado con denuncias falsas con objeto de obtener la custodia de los hijos. En realidad el submundo de la violencia, el odio y el egoísmo es quien se enseñorea en el sujeto maltratador, sea cual sea su condición, raza o creencia.
Pero un cristiano tiene como modelo a Cristo, el siervo doliente, y la Iglesia ha utilizado el papel de la víctima de nuestra Redención para hacer caer a la mujer en una espiral peligrosa. Lo digo porque me consta que hay situaciones en las que se pide perdón ante hechos que son delitos. Cierto que todos debemos tener grados de paciencia para sufrir los defectos del prójimo. Pero cuando lo que está en juego es la dignidad de una persona todos debemos ayudar a salir del pozo a quien las circunstancias están hundiendo sin remedio en una espiral de palabras que hieren y destrozan la convivencia y la propia autoestima.
Hay casos muy difíciles de dilucidar. Familias con un hijo o hija enfermo mental que se apodera de la casa y marca su día a día con amenazas y agresiones verbales. No cabe duda que son fruto de la enfermedad, pero no todos pueden soportar una situación irreversible con mansedumbre cristiana. Lo primero es que el enfermo cumpla con su porción de responsabilidad que acuda en busca de solución. Porque si de lo que se trata es de que se perdone a alguien que no tiene conciencia del delito que comete, estamos ante una situación de abuso que la Iglesia no puede resolver con el mantra de que hay que perdonar sus faltas.
Al ladrón, al asesino, se le puede perdonar, pero hay que obligarle a asumir su delito y a resarcir a la sociedad por el daño que ha causado. En una situación de violencia familiar, sucede lo mismo, aunque la causa sea la enfermedad psíquica del maltratador. El derecho a la legítima defensa, a la propia dignidad de la persona, indica el camino a seguir, evitar en lo posible que el agresor haga daño, no caer en la espiral de violencia verbal que lleva a un pozo sin fondo. Y en esas situaciones la Iglesia tiene el deber de comprender la dificultad de estos casos.
Creo que todos aquellos que saben amar a Dios, saben también como amar a los demás. Incluso cuando se encuentran con familiares que parecen dispuestos a destrozarles la vida. El Dios misericordioso no pide a nadie que aguante la humillación y los malos tratos, el Dios misericordioso es también un Dios justo que sabe hasta dónde llegan nuestras fuerzas. Es un Dios que perdona al enfermo causante del daño, pero no exige que la situación se perpetúe. Antes bien, opta por pedir una solución justa y buena para todos.
En ese sentido las leyes que protegen con alejamiento domiciliario a los agresores, pueden hacer muy poco cuando estas personas están enfermas o llenas de rencor. No es extraño que se multipliquen las violencias domésticas. A los enfermos sin tratamiento nadie les puede impedir que pongan punto final cuando ellos deciden. Por nuestra parte, mucho cuidado en aceptar el perdón cristiano como medicina frente a la violencia doméstica. Mucho cuidado en cargar fardos pesados en otros, mientras desconocemos el alcance del infierno diario por el que muchas personas tienen que vivir.
La Iglesia samaritana debe acoger a víctimas y agresores para sanarlos. Pero nunca puede poner a unos por encima de otros. No puede exigir a una persona un grado de heroicidad supremo. Y el agresor que muchas veces es un enfermo, tampoco puede quedar exonerado del daño que causa con sus acciones.
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Acerca de Carmen Bellver

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Una respuesta a Cuando la Iglesia puede ser cómplice del maltrato

  1. No puede exigir a una persona un grado de heroicidad supremo.Beats By Dre Y el agresor que muchas veces es un enfermo, monster beatstampoco puede quedar exonerado del daño que causa con sus acciones.

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