Me pido una de corazón y mucho menos de polilla y herrumbre

Me pasa todos los años. Al llegar la Navidad siento aflorar en mí deseos de amistad con todo el mundo. Me precipito en enviar felicitaciones a gente que sé que no me responderá. Lo tengo merecido. Es el espíritu de la Navidad que me sopla al oído que en el fondo todo el mundo es bueno, que no hay quien se niegue a un detalle, aunque le caigas fatal, aunque te tenga entre ceja y ceja para hacerte la vida imposible a la primera oportunidad. Confieso que con dos o tres plantones me doy por vencida y no insisto.
Son las cosas de la Navidad, que por estas fechas siempre me trae un año más. Y me recuerda mi infancia entre primos y tíos con una alegría desbordante por estar en familia. Es la nostalgia que se hace un nudo en el estómago y te envuelve con aromas de otra época. Allí donde no existía esa costumbre hortera del amigo invisible. Ni mucho menos ir a comprar solo porque el gordo de Santa se empeñe en venir antes que los reyes. Es la infancia con todas sus benditas ingenuidades que se agolpa de pronto en tu memoria y desearía volver a resurgir.
Y vuelves a abrir el álbum de fotos en blanco y negro, alucinando por todos los años pasados en ese gris oscuro, hasta bien entrada la adolescencia cuando se impuso el color en todas sus facetas. Y aquello queda como las películas de Frank Capra con una pátina de buenismo de los que ya no se llevan. Pero no importa, te gusta la Navidad y la defenderías a capa y espada salvándola de esos mentecatos que hablan de las vacaciones de invierno. Que quieren suprimir los adornos con ribetes religiosos y se escandalizan si alguien entona villancicos en sus puertas.
Hoy son legión, ya no se molestan en ocultar que con ellos eso de la Navidad no va. Que lo suyo es felicitar las fiestas, así, a palo seco. Por eso se suman al jolgorio de cenas y comidas con su correspondiente dosis de almax para la buena digestión. Y viven estos días con el acelerador puesto en los regalos de todos los colores. Y se empeñan en publicar artículos denigrando la Navidad como fiesta del consumo. Ellos, que no saben vivir el espíritu del Niño Dios hecho uno de los nuestros.
Y ahora con la crisis nos quieren dejar huérfanos de celebraciones religiosas. Una excusa más para imponer la cultura de lo laico y relegar la religión al ámbito de lo privado. Les viene muy bien a los ladrones de guante blanco, eso de creer en un Dios que les condena por robar les tiene incomodados, así que mejor lo suprimen. Ese niño que hecho hombre gritó que “Es más fácil que un camello pase por el ojo de una aguja que el que un rico entre en el Reino de los Cielos” Mateo (Mt 19,24). Les debe amargar las noches de parranda. No quieren oír su voz y como en todos los regímenes totalitarios la conciencia tiene que morir bajo un saco de leyes sin sentido. Eso es lo que nos está sucediendo pero no de golpe sino con vaselina, no vayamos a descubrir sus intenciones.
El caso es que la Noche Buena es también la Noche del Gallo. Cuando las luz vence la oscuridad y celebramos que Dios se hace uno de los nuestros. Pero decir estas cosas les produce urticaria. Se trata de cargarse la alegría de que Dios se ha hecho hombre para compartir nuestra condición mortal y vencer el mal con el bien. Y claro, no lo entienden, por eso subyugados por el consumismo y la parranda reivindican cosas absurdas y hablan de mitos antiguos y leyendas paganas que los cristianos disfrazaron. Da igual que les pongas datos sobre la mesa y les repitas que fue al contrario que todas esas leyendas paganas estuvieron conviviendo con el culto cristiano hasta desaparecer al imponerse la fe de Cristo sobre las creencias antiguas.
Ahora occidente sufre el proceso inverso, la paganización avanza a pasos de gigante eclipsando la fe cristiana, ridiculizando sus costumbres, apagando sus denuncias sobre el mal que se hunde en la carne de todos los hombres y sólo puede ser vencido con la humilde aceptación del Señor como dueño de nuestra vida.
Las tinieblas vuelven a ocultar la luz y la esperanza de la fe cristina. Pero es sólo el pálido reflejo de una sociedad en decadencia, porque la fe brilla con intensidad en otras zonas geográficas y sigue aumentando el número de creyentes aunque la Bestia se revuelva arrastrando su cola para golpear a los hijos de la luz. Y es que Jesús es muy claro con el mundo “No amontonéis tesoros en la tierra, donde hay polilla y herrumbre que corroen, y ladrones que socaven y roben. Amontonad más bien tesoros en el cielo, donde no hay polilla ni herrumbre que corroan ni ladrones que socaven y roben. Porque donde esté tu tesoro, allí estará también tu corazón”. (Mt 6, 19-21).
Me pido una de corazón y mucho menos de polilla y herrumbre. No sé bien cómo se hace pero a los ladrones que socavan y roban los tengo muy localizados. Están hundiendo la sociedad en una crisis sin retorno.
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Acerca de Carmen Bellver

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