La progresía eclesial atufa a pose sin sustancia

Resulta complicado llevar un blog. Y mucho más hacerlo desde el humanismo cristiano, sin que eso signifique caer en lo pacato. Me refiero que a veces, puntualmente, tenemos derecho a indignarnos. Podemos respetar a la persona, concederle el derecho de expresión y de libertad de conciencia que todo ser humano merece, pero no debemos arrugarnos frente a lo que a nuestros ojos es una arbitrariedad. Especialmente cuando se posicionan desde una visión que consideramos errónea. Es prudente recordar aquello “de corregir al que yerra”. De manera particular cuando se yerra de modo pertinaz.
En mi caso deseo explicar que no tengo nada en contra de muchas personas con las que me he enfrentado en mis artículos. No me mueve ninguna aversión personal hacia nadie. Creo profundamente que todos somos hijos de Dios y que éste nos ama de manera inconmensurable. Partiendo de ese principio todos somos hermanos. Y hemos sido convocados por Jesucristo al amor fraterno. Estoy segura que si conociera personalmente a aquellos de quienes he hablado con mayor o menor contundencia, podría tener una relación fluida y amistosa. No es necesario pensar igual para sentir respeto por el diferente. Todos convivimos con personas que no piensan igual que nosotros y mantenemos una relación cordial.
Pero la dinámica del toma y daca en un artículo de opinión resulta abrumadora. Cuando alguien falta el respeto a lo que más amas, instintivamente te revuelves. Y si a lo largo del tiempo vas conociendo en profundidad el mercadeo religioso, terminas por encenderte. Aunque sea de manera puntual ante algún escrito o manifestación pública. Y en ese momento puede que tu respuesta no sea la apropiada. Por ello en este Año Nuevo deseo pedir perdón a quienes haya podido herir con mis escritos. No tienen otro objetivo que testimoniar la coherente entre lo que se cree y lo que se profesa.
Algunos de mis calificativos pueden resultar contundentes, exorbitados. No es ese el estilo que líneas generales tiene este blog. Pero sin duda ante lo contumaz y pertinaz, no cabe otra disyuntiva que hacer frente al enemigo. Y así es como lo veo tras varios años en el mundo de los blogs. Hay enemigos de la Iglesia que pasan por ser hijos suyos. No puedo juzgar sus vidas, pero sí soy consciente del daño que provocan. Y sería absurdo dejarles medrar con sus errores por todos los medios de comunicación que les tienen contratados.
Personalmente ruego por ellos, por la paz de sus corazones. Suelen ser ex de todo, desengañados, con una pizca de soberbia que les hace no reconocer sus errores. Podríamos dejarles en paz, es el latiguillo que nos martillea desde sus filas. Pues no, señores, no podemos porque ustedes nos lo impiden con su insistencia por vender humo. Se empeñan en atacar a la Iglesia y todo lo que representa, hiriendo al pueblo de Dios con sus monsergas. Eso no es pluralidad en la Iglesia, sino manifiesta rebeldía.Quieren hacer una Iglesia a su medida.
Dejen que les diga que en realidad lo que los cristianos pretendemos no es cambiar a la Iglesia sino santificarla, con nuestras vidas, con nuestros gestos, con nuestras oraciones. Y ese es el camino que nos gustaría saborear de esos eruditos teólogos que martirizan nuestras pupilas con sus escritos.El relativismo consiste precisamente en subir los hombros frente a cualquier situación. Y creo que es momento de tomar decisiones, no de encogerse de hombros. Porque desgraciadamente no vamos sobrados de equipaje. Nos hacen falta buenos sacerdotes, buenos religiosos y buenos cristianos, que den testimonio de la fe con valentía, sin miedos a ser tachados de retrógrados o cavernícolas porque no están a la última. Que a la postre siempre es estar fuera de la Iglesia.
No me importa decir que la progresía eclesial me tiene decepcionada. No le encuentro ningún mérito. Atufa a pose de frontera sin sustancia. Les viene grande el Evangelio, lo han dejado convertido en una opción preferencial por los pobres con Ley Sinde a tutiplén. Prefiero el rosario a los manifiestos suscritos a última hora. Mientras ellos se citan unos a otros y suscriben proclamas incendiarias, los fieles de a pie siguen cubriendo las espaldas de Cáritas. A Dios gracias.
Sólo me queda citar las Escrituras: “Que la palabra de Cristo habite en vosotros con toda su riqueza; enseñaos y exhortaos unos a otros con toda sabiduría, y cantad a Dios con un corazón agradecido salmos, himnos y cánticos inspirados. Y todo lo que hagáis, sea de palabra, o de hecho, hacedlo todo en el nombre del Señor Jesús, dando gracias al Dios y Padre por él”. Colosenses 3, 16-17. San Pablo tenía las ideas muy claras. Conviene leer sus epístolas, no se necesita a nadie para que las interprete.

Acerca de Carmen Bellver

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