Profesores de religión que echan un pulso a la Iglesia

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Los seres humanos estamos hechos de una pasta que mezcla la coherencia con la picardía. Una combinación difícil de digerir según como sea la situación. Por aquello de que nos conocemos establecemos leyes, normas, reglas. Todo para que esa parte oscura del ser humano no se mezcle con lo más noble que llevamos también adherido a la piel. Y en esa coyuntura sabemos discriminar fácilmente que no hay que ser ingratos con quienes nos proporcionan la oportunidad de formar parte de su peña. Si pertenecemos a la asociación taurina, es obvio que no iremos a la manifestación contra las corridas de toros. Si somos de la peña del Real Madrid, no podemos ser hinchas del Barcelona. Hay cosas que el mero sentido común pone en su lugar.

Pues en este país de pandereta donde los profesores de religión deben cursar una idoneidad para ejercer la docencia, confundimos una vez más, los derechos civiles y personales, con la coherencia. Y damos una vuelta de tuerca a la picaresca, nos colamos como docentes de una doctrina que estamos mancillando con nuestra propia vida. Porque tenemos derecho a la libertad de hacer lo que nos pida el cuerpo al salir del trabajo. Pero eso es rizar el rizo de las leyes. Tomar el mundo por montera. El yonqui que se pique en el servicio de trabajo y sea pillado infraganti, se va de patitas a la calle. Y no puede usted reclamar su derecho a destrozarse el cuerpo. Ni la libertad de conciencia para hacer de su capa un sayo.
De la misma manera los Tribunales no pueden pedir la readmisión a la docencia de una profesora de religión que se casó por lo civil con un divorciado. Me dirán ustedes que tiene derecho a ser feliz, y sin dudarlo confirmo ese derecho. Me dirán que la Iglesia no se puede meter en su vida privada y las relaciones laborales nada tienen que ver con esa situación. Y les diré que están equivocados. La idoneidad para un trabajo la estipula la parte contratante, usted puede ser un brillante economista pero si se empeña en ir con vaqueros a la oficina, sepa que le pueden rescindir el contrato. Hay cosas que no hace falta mezclar con los derechos civiles y con los sindicatos. Se caen por su propio peso.
No puede ser que una profesora a la que se le supone una adhesión a la doctrina que está enseñando proclame que se la pasa por el arco de triunfo. Su derecho al trabajo está condicionado a su capacidad personal para manifestar una coherencia de vida. No se puede separar una cosa de otra porque no hablamos de competencia laboral, sino de causa y efecto. Que es lo mismo que le pedimos a un sacerdote o un laico encargado de dar el catecismo. Esta señorita no ha aprobado unas oposiciones, su contrato está condicionado a su idoneidad para dar la materia que imparte. Y el tribunal que se mete por medio, sea de la instancia que sea, está entrando en conflicto con el derecho de la parte contratante a elegir libremente los méritos de sus trabajadores.
El conflicto sin embargo, es mucho más sencillo. Hay un interés manifiesto en sacar la religión de las aulas. Y nada mejor para ello que utilizar a los profesores de religión que se ciscan en la materia. Que acuden a la profesión porque no encuentran otra cosa o no son capaces de asumir las condiciones de la Consejería de Educación. A saber, disponibilidad para ser enviado a cualquier parte de la Comunidad donde viven. Los profesores de religión, siguen siendo unos asalariados privilegiados que se contratan al lado de casa. Y poco a poco han ido pidiendo los mismos derechos que sus compañeros de aulas, quienes han tenido que sufrir una oposición y muchos años desplazados lejos de su ciudad. A ellos les ha examinado el Ministerio sobre la idoneidad para acceder al puesto de trabajo. Mientras que los profesores de religión son propuestos por la Iglesia y deben atenerse a los filtros que esta establezca. Eso no lo puede manipular el Tribunal Constitucional, aunque en este caso lo haya hecho.
A partir de ahora veremos profesores de religión incongruentes con la materia, capaces de decir cualquier barbaridad en las aulas; que no ejercen por vocación, sino porque les viene muy bien estar al lado de casa y tener los riñones cubiertos. Aquí ha entrado en conflicto la ley civil que ampara el derecho a contraer matrimonio con quien se quiera. Y las normas de la Iglesia que nos enseñan desde hace dos mil años que el matrimonio es un sacramento. Y quien vive con otro señor bajo las leyes civiles pero no religiosas, está fuera de la Iglesia católica. Por tanto no puede ser idóneo para cursar enseñanza de religión.
Pero da lo mismo, porque de lo que se trata, como siempre, es de dar en los morros a la Institución de la Iglesia y manipular sus enseñanzas a conveniencia. No creo que el Tribunal Constitucional pueda obligar a la readmisión de la profesora porque entra en conflicto con los tribunales laborales. Pero queda muy bien de cara a la galería acusar a la Iglesia y pedirle una indemnización. Lo que está por ver en esta surrealista sentencia es que la profesora vuelva a ser admitida por el Obispado. Lo diga Agamenón o su porquero
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Acerca de Carmen Bellver

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