El Catecismo como museo de arqueología

Cuando alguien se precipita en condenar al Catecismo como un museo de arqueología que ya no tiene sentido, vuelve una vez más a perder la perspectiva de la historia de la Iglesia que lleva tras sus espaldas más de dos mil años de tradición. El Catecismo es una manera de explicar la evolución de la fe dentro de la Iglesia. Allí reconocemos la fe que todos compartimos, la fe que deseamos profesar y dar a conocer. Aquella fe que ha ido creciendo y desarrollándose con el auxilio del Espíritu Santo.
El esfuerzo de la Iglesia para sintetizar el devenir de la historia de nuestra fe es encomiable. En ese supuesto museo de arqueología reconocemos el rostro de miles de hermanos que antes que nosotros oraron de manera similar a la nuestra. Los museos nos enseñan el pasado sin el cual difícilmente entenderemos nuestro presente. Doy gracias por tener a mano la historia de mi fe, allí donde se afirma que Dios es el autor de la Sagrada Escritura. Allí donde se indica que el Concilio Vaticano II señala tres criterios para una interpretación de la Escritura conforme al Espíritu que la inspiró.
El Catecismo no es un conjunto de normas sin sentido. Un corsé que oprime la respiración e impide los movimientos. Por el contrario se manifiesta como compendio que recoge aquello que otros antes que nosotros discernieron. La mejor manera de enseñar la fe no es a través de un resumen de códigos morales. Sino en que en esencia se trata de un encuentro del hombre con Dios. Con el descubrimiento de que Jesús es hijo de Dios comprendemos que la salvación del ser humano proviene de la historia más grande jamás contada. Del relato de la vida y obras de Jesucristo, de su muerte y resurrección.
Una vez se realiza ese acto de gracia que es la fe, comienza el largo peregrinar para desentrañar desde el pasado aquello que da sentido a nuestro ser. El Catecismo es un esfuerzo de síntesis lleno de citas y referencias a otros textos magistrales. Desde su índice podemos recorrer el depósito de la fe, aquello que en esencia celebramos en los actos litúrgicos. Pero también nos descubre la vocación del hombre a la vida del Espíritu recorriendo la antigüedad desde las primeras leyes que profesan una sola norma principal: “amar al Señor tu Dios con todo tu corazón, con toda tu alma y con toda tus fuerzas”. Para luego añadir, y amar a los demás como a nosotros mismos.
Podría decirse que la vocación cristiana es el amor, en todas sus facetas, conociendo la debilidad de nuestra propia naturaleza. De esta manera entendemos también que la oración es una llamada universal presente desde el Antiguo Testamento. En ella encontramos la adoración, la petición, la intercesión, la acción de gracias y alabanza. La tradición también nos enseña las fuentes de la oración. Y estos temas deben ser conocidos por cualquier creyente que desee alimentar sus conocimientos religiosos.
No se puede por tanto decir que el Catecismo es un museo de arqueología, donde observamos de manera aséptica el legado del pasado. Porque con el Catecismo vamos creciendo en el conocimiento de nuestra fe. Allí podremos encontrar la explicación de la celebración del misterio cristiano.Reconociendo que los sacramentos de la Iglesia son un don que se nos ofrece para caminar unidos a la vida en Cristo.
Para entender la respuesta que ha dado el hombre a Dios nos basta el Catecismo. Porque en esencia resume la profesión de la fe cristiana y nos la explica de manera sucinta. Como es lógico hay quien no comparte este manual de auxilio del cristiano. Niega en esencia partes que proclamamos en el Credo. Pero eso no deja de ser la nota trágica de esa fe diluida en el marasmo de nuestra actual cultura, tan alejada de los principios cristianos. Con la pretensión de que la fe debe reducirse y adecuarse al mundo, sin entender que estamos precisamente enfrentados al mundo.
La reconciliación del hombre con Dios, pasa por negar parte de nuestros impulsos primarios, en un intento de someter todo nuestro ser al Señor. En esencia el fruto de los diez mandamientos no deja de ser una ruta marcada desde la antigüedad que ha dejado su huella en nuestro mundo.
Contraponer el Concilio Vaticano II frente al Catecismo, es un absurdo que carece de sentido. Un juego que es mera pose intelectual, sin un gramo de esencia. Ni el primero renuncia al segundo, ni se entiende sin él. Pero hay quien vive de la pose. Y predica en esencia algo que nada tiene que ver con la fe cristiana.
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Acerca de Carmen Bellver

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