Rupturas matrimoniales. La crisis de una sociedad

El catedrático de Psiquiatría y director del Instituto Español de Investigaciones Psiquiátricas de Madrid, Enrique Rojas, ha explicado en una entrevista concedida a Europa Press que “una persona con voluntad llega en la vida más lejos que una inteligente”. Quienes nos dedicamos a la educación lo hemos podido constatar a lo largo de los años. Siempre consigue más quien más empeño pone en ello. Mientras que gente muy dotada pero con pocos deseos de mejorar, no alcanza a superar los objetivos. Por eso es importante que la familia sepa educar para crecer como personas.
 En realidad toda la vida es un largo aprendizaje. La virtud de la resilencia es fundamental para afrontar con coraje la vida. Y hoy por hoy la misma sociedad tiende a ir en dirección contraria. Hay mucha permisividad, mucho dejar que uno haga lo que le apetece sin educar la voluntad. No son extrañas, por tanto, las sucesivas crisis personales a lo largo de la existencia. Si todos maduramos remando contracorriente, cuando formamos una familia es indudable que el empeño para que aquello salga a flote tiene que estar por encima de nuestros propios egoísmos.
Para el psiquiatra Enrique Rojas, la primera epidemia mundial son las rupturas conyugales. Y al analizar la base de ese fracaso se encuentra con la inmadurez de la pareja. A mi juicio hay numerosos libros que nos ayudan a formarnos como personas. Uno de los más importantes es el Evangelio. El cristiano debe vivir para educar su interioridad con objeto de crecer como persona. Y una buena manera de hacerlo es santificando la propia vida. Estar pendiente del otro, ser generosos, pacientes y comprensivos es parte del equipaje con el que se establecen las relaciones con los demás. Y la educación cristiana consiste siempre en un plus de entrega. En un ir un poco más allá de lo que se nos exige.
Por eso el matrimonio cristiano es un sacramento. Trata de unir dos personas para crecer juntas en la fe y en el amor a Dios y a los hijos. Cuando vemos las parejas que hoy se unen bajo un andamiaje de apetencias y afinidades, pero sin una sólida base de respeto mutuo. No es extraño que el sueño se desvanezca y siguiendo las propias apetencias se dé por finalizada una relación .Hoy sobran los divorcios exprés y falta la voluntad de acudir a consejeros matrimoniales, incluso a terapia psicológica para crecer en humanidad. Porque todos los especialistas afirman que hay crisis en la persona y por tanto hay crisis en la familia. Y no se pueden superar si no hay un empeño común para llevar adelante lo que soñamos en un principio.
El autor de ‘No te rindas’, libro del que ha vendido en España en torno a 60.000 ejemplares, destaca que la familia es el seno donde comienza la educación de todo ser humano, y en esta educación, ha destacado la de los sentimientos, la de la inteligencia y la de la voluntad. Yo diría que aprender a amar es el camino de todo creyente cristiano, según el modelo de Jesús de Nazaret. Y aprender a crecer juntos también debe ser una de las metas de un matrimonio. Nadie nace sabiendo, todo obedece al empeño con el que hacemos las cosas. Educar para saber amar es un arte que hay que aprender, pero lo cierto es que no hay unas pruebas de aptitud para ser padre o madre, ni para formar juntos una familia.
En ese sentido, con una sociedad en crisis en tantos frentes, el Estado debería establecer pautas para que las familias tuvieran asistencia permanente. Para evitar en la medida de lo posible las sucesivas rupturas familiares. Una sociedad que no cuida la familia, termina por entrar en crisis. Y hoy nos falta precisamente ese interés por enseñar al hombre lo que es la vida. Vivimos bombardeados con ejemplos que son la antítesis de la buena educación. Contravalores aireados en la pantalla del televisor que son mimetizados por la sociedad, bajando el listón de la excelencia personal hacia la ordinariez. Por mucho que queramos defender la libertad de expresión, alguien que sale a hablar en público tendría que cumplir como mínimo unos determinados requisitos. No puede ser que se incremente la audiencia sacando lo peor del género humano a flote.
No me extraña la opinión de Enrique Rojas, sobre la necesidad de que este trasfondo de educación personal sea enseñado en el seno de la familia, en los colegios y las universidades. Y yo añadiría que el mismo Estado debe implicarse para educar en humanidad. La Iglesia, por su parte, no ceja en su empeño de llenar de humanismo cristiano la misma sociedad. Su labor asistencial a lo largo de los siglos ha sido ejemplo para incorporar la educación y la sanidad como pilares básicos del bienestar social
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