Una candela en la oscuridad

En Estados Unidos hoy es el día de la marmota. Ese animal que hizo popular la comedia Atrapado en el tiempo protagonizada en 1993 por Bill Murray y Andie MacDowell. La fecha me recuerda que la vida religiosa vive hoy su día de la vida consagrada al estilo de la mencionada comedia. El animalito en cuestión según cuenta la leyenda se despierta de su hibernación el día 2 de febrero y si se puede ver su sombra el invierno dura más allá de seis semanas. El festival rememorado en la película “Atrapado en el tiempo”, nos llevaba a contemplar día tras día el mismo ritual, en una suerte de pesadilla de la que Bill Murray era incapaz de escapar.
Para nuestros queridos y estimados religiosos las crónicas que hablan de su periodo de sequía vocacional, de su invierno demográfico, la pesadilla puede resultar como en la mencionada comedia. Están cansados de escuchar como sufren una sangría permanente y merman sus fuerzas, condenando a muchas congregaciones a la desaparición. Pero lo cierto es que según la oficina estadística de la Iglesia católica, aumenta el número de sacerdotes religiosos y se frena el descenso de vocaciones de religiosas. Se ha encendido por tanto una pequeña candela, como la que hoy celebramos en la Iglesia. Una luz en medio de la oscuridad de ese declive. Lo cuenta religión en libertad y me gusta ponerlo sobre el tapete.
En especial porque creo que gracias a ellos se encienden muchas luces en la oscuridad de determinadas vidas. Son una buena muestra de la entrega generosa en zonas donde nadie más se ocupa de los otros. Ellos a lo largo de cientos de años han aportado lo mejor del Evangelio al mundo. Desde carismas diferentes han hecho posible que la sociedad tomara conciencia de la necesidad de poner cuidado en los más débiles. Y ellos lo hicieron como mascarones de proa abriendo brechas entre el oleaje de la indiferencia. Así se crearon los primeros hospitales, psiquiátricos, colegios, universidades. No es justo que encima de lo que llevan entre manos les condenemos a oír reproches como en la pesadilla del día de la marmota. Reproches que se hacen repetitivos aunque seguramente siempre han estado presentes en cualquier tipo de sociedad.
Lo creo porque la Iglesia suscita como colectivo una especial inquina, no en vano es el faro de la Verdad alumbrando en un mundo lleno de tinieblas. Y como nos recuerda el mismo Evangelio será perseguida sin piedad hasta la segunda venida de Cristo. Por eso aquellos que más se destacan en su entrega al Señor tienen que estar siempre cuestionados. Porque de ellos se espera que sean el espejo de Cristo.
Para estos esforzados trabajadores del Reino, que llevan entre manos la educación de millones de jóvenes, no es justo que les adjudiquemos la indiferencia religiosa de la sociedad, como fruto de la crisis vocacional. Bastante tienen con lo que llevan a su espalda. Como Juan el Bautista ellos muchas veces deben sentirse predicando en el desierto, esforzándose para cuando llegue quien tiene que llegar a encender la fe en los corazones.
Pero es verdad que para algunos de ellos viene bien eso de darles un pequeño tirón de orejas, desentumecer sus miembros oxidados por la rutina y el dejarse llevar. Acomodarse demasiado al mundo, cuando ellos saben bien que su realidad no pertenece a este mundo. Seguir hoy la crónica de las noticias nos lleva a presenciar el mal en toda su variedad. Contagiarse del hedonismo que lleva la marca de la Bestia es probablemente la peor de las soluciones.
Se nota en cambio el repunte de vocaciones en las congregaciones más exigentes, menos aggiornadas. Ya no cuenta tanto el hacer, como el ser además de hacer. Y es que seguramente para llegar a los demás no se puede bajar el listón de las exigencias. Porque entonces la masa pierde su sabor. En cualquier caso, no se entiende a la Iglesia sin la vida religiosa. Y sea lo que tenga que ser, seguirán en las trincheras de todos los conflictos sociales. Porque es allí donde Cristo les lleva para ser fermento y levadura. Que el Señor les siga acompañando.
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Acerca de Carmen Bellver

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