La rebelión de los ciudadanos

No se cansan de repetir que la crisis no sólo es económica sino también de valores. Yo diría que estamos en proceso de trasformación hacia no se sabe bien dónde. Unos son optimistas y siguen con fervor las innovaciones tecnológicas cuya revolución consiste en haber puesto a disposición del pueblo las nuevas tecnologías. Nada es casual y puede ser providencial que sepamos en segundos qué se cuece al otro extremo del mundo. Pero esa velocidad de vértigo se ha impuesto en todos los órdenes, creando un desajuste cuya absorción es difícil de digerir. Estamos colapsados de información, la que nos quieren ofrecer, lo difícil es investigar y sacar a la luz aquello que nos quieren esconder.
Mientras tanto, asistimos a las nuevas algaradas sociales, la rebelión cívica frente a la crisis toma la calle. Me entero que en Francia no pagan el metro y se han organizado con mutuas que cubren la multa una vez que te pillan. La inteligencia se ha puesto a disposición de la rebelión. Quieren servicios públicos gratuitos y toman la iniciativa para conseguir aquello que desean. La crisis ayuda, porque agudiza el ingenio. Han estudiado todas las posibilidades. Es una revolución imparable. Una vez que los anti sistema se ponen al servicio de desestabilizar el engranaje social, podemos darnos de bruces con la anarquía. Pero la trasformación social no parece que vaya a venir de manera vertical, lo vemos con Grecia e Italia, modelos que suponen un atentado a la soberanía del pueblo. Allí han conseguido subir los tecnócratas al poder.
Pero miren por dónde también en España existe una plataforma para los afectados por desahucios por impago de hipotecas. Y ya han encontrado la solución para que el banco no te eche a la calle. No les voy a contar cómo, pero existe esa rebelión frente a la omnipotencia del usurero. Si, es cierto que si no te quieres ver en apuros no te metas a pedir un crédito. Pero también es verdad que el Banco prestó dinero sin más garantía que el trabajo. Y éste es un derecho social, cuando desaparece no es justo que el sistema te excluya. Así que bienvenidas todas las medidas que penalizan la usura.
La sociedad del bienestar pide un reparto equitativo de derechos básicos que los creyentes estamos obligados a defender. Porque son justos y proporcionales. Es una realidad que las primeras comunidades cristianas ponían los bienes a disposición de todos y los repartían. No somos tan modélicos como ellos, pero es cierto que en Cáritas no se mira el credo ni la fe para auxiliar al necesitado. Y eso lo saben bien, el musulmán de la esquina, el pakistaní del cuarto y la ecuatoriana de mi rellano.
No sé, pero la inteligencia puesta al servicio del bien común puede conseguir una revolución pacifista como la de Luther King y Mahatma Gandhi, trasformando la realidad social. Se trata de conseguir aquello que parecen dispuestos a arrebatarnos, el derecho a los servicios públicos, algo que nuestros políticos no parecen estar defendiendo bien, más preocupados con seguir en su cargo que en defender el bien común. Por eso no se habla de la solución islandesa, la revolución contra los banqueros y los políticos para tomar de nuevo las riendas de la nación que habían dejado en paños menores su casta política y financiera. Es un ejemplo elogiable y me parece el camino adecuado, aunque da cierto vértigo. Pero una solución inteligente y pacífica, es mejor que ninguna solución. Al menos, no parece que apretarse el cinturón y reducir la calidad de los servicios públicos sean medidas ajustadas. Cuando siguen eludiendo el fisco miles de contribuyentes con destino a paraísos fiscales, es justo que la política tenga algo que decir y no pase de puntillas ante la infamia que es ya clamor público.
Y es que a veces es necesario que haya una crisis para que lo que ya no funcionaba de lugar a algo nuevo. Pero también debemos añadir que la honestidad debe ser una virtud que emana de todas las instituciones porque está arraigada en el corazón de sus ciudadanos. Esa honestidad, esos valores de solidaridad y bonhomía los han echado a perder los programas basura de la televisión con sus concursos vergonzoso, con sus tertulianos soeces y maleducados. Si el espejo público nos vende la algarabía y no el diálogo, no esperemos que esto pueda echar hacia adelante.
Por eso la ciudadanía tiene que tomar las riendas. Hagamos también una huelga de televisión. De la misma manera que los negros dejaron de subir a los autobuses cuando les pedían levantarse ante un blanco y ceder su asiento. Si los de arriba no son capaces de mejorar las cosas, empecemos por la protesta desde casa. Apagón del televisor durante un día concreto; desconexión de la luz en otro día puntual. Hay miles de medidas. Ojalá podamos usarlas de manera pacífica.
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Acerca de Carmen Bellver

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