"Se habla mucho de política y poco del Paraíso"

El tema de hoy por necesidad debe versar sobre el miércoles de ceniza: Conviértete y cree en el evangelio, nos dicen mientras forman el signo de la cruz con las cenizas de las palmas utilizadas el domingo de Ramos. Convertirse es una trasformación espiritual que se da en ocasiones puntuales. No todos los creyentes se convierten, muchos viven una fe rutinaria, incluso supersticiosa, que nunca traspasa el umbral que lleva a la trasformación interior. Y ese es el objetivo de la Cuaresma, que se produzca en nosotros un cambio radical, que pasemos de una fe tibia y puntual, a una fe viva y encarnada en nuestra vida diaria. Es tiempo de reflexión personal, de largas lecturas del evangelio, de prepararnos para el sacramento de la penitencia tan devaluado en las últimas décadas.
Y es que la gracia de encontrarse con el Señor pasa siempre por reconocer nuestra condición pecadora. Algo que no está de moda, que se lleva mal con una sociedad educada para reafirmar el yo, forjar la autoestima, entronizar el ego y la vanidad. Hemos pasado de una fe tenebrosa que nos aumentaba el sentimiento de culpabilidad, a una fe guay donde todos somos ideales de la muerte. Sin ningún sentido de autoexamen de conciencia, porque eso se lleva mal con la autoestima. No está de moda hablar del pecado y cuando se deja de nombrar nuestra débil condición, dejamos también de hablar del Paraíso que es precisamente aquello a lo que aspiramos.
Resulta curioso que haya sido un icono clásico de televisión italiana, el cantante Adriano Celentano, quien se ha atrevido a poner encima del escenario la actualidad religiosa, acusando a determinadas publicaciones católicas de hablar poco del Paraíso y mucho de política. Y es que de estar preocupados por la salvación de nuestra alma, hemos pasado a ocuparnos por el bienestar del mundo, cosa muy notable y necesaria, pero por el camino nos hemos dejado algunas cosas importantes, por ejemplo la futilidad de la existencia, que inevitablemente es transitoria. “De qué le sirve al hombre ganar el mundo entero si al final pierde su alma. Mateo 16, 21-27. Esa sería una de las preguntas de examen interior para iniciar la Cuaresma. De hecho forma parte del examen de conciencia ignaciano en los ejercicios espirituales.
En tiempos de crisis sociales, que también lo son de crisis personales, suceden asombrosas conversiones. Porque es inevitable poner en la balanza aquello que vale la pena y aquello otro que no es tan importante. La gente cuando sufre un grave accidente, o una pérdida irreparable de algún ser querido, suele meditar sobre el sentido de la vida. Algo que en el día a día solemos olvidar, corriendo por alcanzar metas que son como estrellas fugaces, pues apenas las tocamos se desvanecen. Solemos vivir aturdidos por los acontecimientos, arrastrados por las modas pasajeras que hoy son, pero mañana pasan como pasaremos nosotros. Por eso las crisis son buenas, siempre sacan lo mejor del ser humano. Le hacen preguntarse por lo que de verdad vale la pena. Y en realidad cuando ponemos nuestra vida en barbecho, si analizamos bien, nos quedaríamos con valores que no son tangibles: el amor, la amistad. Y necesariamente nos preguntaremos por Dios. El asombro de la vida nace del descubrimiento de haber sido creados por Dios.
Pues todas esas cosas forman parte de la Cuaresma. La penitencia que nos lleva a renunciar a apetencias personales, para ser más libres interiormente, no tiene sentido si no se reviste de generosidad, de ofrecimiento al Señor. Es un gesto puntual que no hace mucho llenaba el camino del cristiano de una ascesis llena de incomodidades. Hoy también ha sido devaluado. Pocos le encuentran sentido a las mortificaciones personales. Algunos se preguntan si Dios quiere esas renuncias personales. La realidad es que la persona siempre está en proceso de formación y cuando sabe torcer su voluntad, renunciar a sus apegos, por regla general mejora como persona.
La austeridad es una gracia que en tiempos de crisis conviene retomar, aunque sólo sea por solidaridad con quienes menos tienen. El desorbitado consumismo de nuestra civilización, inevitablemente nos ha llevado a un desajuste social. Hoy ya no se arreglan los electrodomésticos, no hay piezas de recambios, todo se tira a la basura. Nadie remienda una pieza de ropa como hacían nuestras abuelas. Tenemos más de dos o tres prendas de abrigo. Y sin embargo, sigue existiendo un abismo entre nuestro mundo de primera categoría y los países subdesarrollados.
En tiempos de Cuaresma también conviene reflexionar sobre cómo está siendo mi vida, si realmente soy consciente de que lo que voy gastando excede a mis necesidades vitales. Un poco de austeridad, de freno a esas vacaciones de Pascua, de ese ir a esquiar y comprar un equipo que sólo gastaré en dos ocasiones al año. Todo eso podría ser algo de lo que deba arrepentirme, por estar centrado en mi persona y dar la espalda a quienes lo están pasando mal. Puede que no ir de vacaciones y donar el importe del viaje a Cáritas no sólo fuera un gesto generoso, sino precisamente un acto de penitencia agradable a los ojos del Señor.
Pues nada, que vivamos la Cuaresma, descubriendo aquellas cosas que no parecen pecado, pero que lo son por injustas, por ser egoístas, por no tener en cuenta a los demás. Y que volvamos nuestros ojos al Señor para pedir una conversión profunda a los valores del Reino.
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Acerca de Carmen Bellver

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