Los profesionales de la religión que apartan de la fe

El camino recorrido estos últimos cuarenta años nos ha dejado una religión que para algunos se ha convertido como mucho en humanismo cristiano, pero no en verdadera gracia renovadora. Hay sacerdotes que niegan el demonio y lo hacen desde púlpitos mediáticos. Se atreven a afirmar que Cristo no ayunó durante cuarenta días. Por la misma regla de tres podrían decir que tampoco oró la noche del jueves santo antes de su prendimiento. Que tampoco hizo ningún milagro, que todo resulta simbólico y pertenece a una religiosidad mágica y supersticiosa. Este tipo de profesionales de la religión son una verdadera plaga, viven de contradecir la misma fe que dicen profesar. Quieren liberarla de la inmadurez, con lo que muestran cierto grado de soberbia. Ellos son los entendidos, los exégetas instruidos, pero lo cierto es que son capaces de llevar a los demás a despeñaperros.
Me cuesta entender que en tiempo de Cuaresma se predique contra el ayuno y la abstinencia. Es cierto que debe dejarse claro que no tienen sentido por sí mismo si no van acompañados de una trasformación interior. Es verdad que vale más ayunar de egoísmos que suprimir de nuestra dieta la carne. Pero reducir todo a la utilidad es tanto como carecer de unas dosis de altruismo. Si no creemos en los sacrificios, si pensamos que Dios no quieren nuestras privaciones de televisión o tabaco, tampoco creceremos un palmo de estatura. En realidad están predicando contra la superación personal. En este tiempo de Cuaresma tenemos que identificar nuestros apegos, aquellos que nos alejan de Dios y de los hermanos. Pero no es menos cierto que la capacidad de sacrificio y altruismo está siendo devaluada en aras de un sentido de utilidad y eficacia demasiado materialista.
Puede ser verdad que no vale la pena ponerse piedras en los zapatos para ofrecer esa molestia al Señor. Es cierto que resulta ridículo ayunar de carne y zamparse una mariscada con el convencimiento de que estamos cumpliendo con la abstinencia. Pero no es menos verdad que del grado de austeridad que impongamos a nuestra vida, saldrá también la generosidad y la gracia rebosando hacia los demás. Cristo con su ayuno y sus tentaciones nos enseña aquello de lo que debemos alejarnos. Primero aislarnos un poco del mundo, retirarnos hacia el desierto, hacia la soledad. Presentarnos desnudos de nuestro ego ante el Señor. Y resistir frente a la tentación de la eficiencia, la sabiduría que tiene ribetes de soberbia, la gloria del mundo, el poder e, incluso las propias apetencias personales. Cuando uno está ayunando que le ofrezcan miles de viandas apetecibles es una verdadera tentación. Pero también es tentación caer en el relativismo que nos induce a pensar que no existe el pecado, ni el mal, ni el infierno.
Por ese camino llevamos a hacer inoperativa la gracia. ¿De qué nos sirve confesar nuestras debilidades si no creemos que ofendemos a Dios?. ¿De qué nos sirve suplicar el perdón si creemos que en realidad no hemos pecado contra Señor?. Si a Dios no le importa nuestro comportamiento, ni nuestro interés por ser mejores personas. En realidad estamos induciendo a pensar que no hace falta la religión. Y ese es el camino que ofrecen ciertos intelectuales de lo religioso. Les falta la fascinación por lo divino, de tan sesudos estudios se les ha secado el corazón y lo han dejado todo en una solidaridad que está al alcance de cualquiera sin necesidad de la gracia. Y por lo tanto de Dios.
Esos profetas de nuevo cuño, queriendo modernizar la religión han terminado por dejar de creer en la fe que dicen profesar. Y mira que el Evangelio está lleno de misericordia pero también de firmeza. “Anda, ve y no peques más”. No dice, anda ve que a Dios no le importa lo que hagas, ni lo bueno, ni lo malo. Porque es indiferente a tu actitud. Por eso sigo pensando que se ha suprimido el sentido del sacrificio personal como ofrenda al Señor. Y eso es muy grave, porque la Eucaristía es la muestra de que ese sacrificio ha tenido un valor incalculable.
Hemos perdido por el camino el sentido de la fe, que consiste en nacer a una vida donde el egoísmo se trasforma en generosidad, la envidia en agradecimiento por los dones ajenos, la gula en moderación. Una vida donde intentamos comprender a los demás, antes que enfadarnos por sus actitudes. Donde establecemos relaciones de fraternidad. Pero sobre todo donde seguimos orando todos los días al Señor, presentando nuestras limitaciones para que las trasforme en oportunidades. Ojalá podamos seguir ofreciendo cada día de Cuaresma algún pequeño gesto que nos recuerde que estamos caminando hacia la Pascua, sabiendo que ese camino lleva implícito el Jueves y el Viernes Santo. También nosotros debemos llegar a orar en ciertos momentos con ese: “Padre si es posible aparta de mí este cáliz. Pero que no se haga mi voluntad sino la tuya”.
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Acerca de Carmen Bellver

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