La envidia, ese mal que corroe todo lo que toca

Debo reconocer que entre mis debilidades se encuentra la envidia. Temo que esté demasiado pendiente de cómo tratan a los demás y me sienta en algunas ocasiones menospreciada, ninguneada. Sé que no tengo derecho a quejarme, que estoy bendecida por un trabajo, una familia, unos amigos y una pasión que es la escritura. Pero es cierto que padezco del mal endémico de esta España de cartón piedra, escenificada en tantas obras de teatro. La envidia puede corroer las relaciones si no la pones en su sitio, pasando a convertirse en dueña de tus emociones hasta amargarte la existencia. Esa envidia se refleja muy bien en los comentarios a pie de calle, cuando comparan tu trabajo de funcionaria como si fuera poco menos que un chollo. No se mira las horas dedicadas al estudio, los méritos acumulados en numerosos cursillos, las tardes de domingo corrigiendo ejercicios. La envidia es una ponzoña que tiende a envenenar nuestro interior. Y los funcionarios solemos generar envidia, no se piensa que cuando todo va bien, no mejoran nuestras condiciones en proporción a la bonanza económica. Porque en definitiva lo nuestro es un servicio social y vocacional.
Esa misma envidia propicia un caldo de cultivo que sale a la calle en algaradas sociales. Protestando porque los recortes afectan directamente a tu calidad de vida, mientras otros muchos privilegiados siguen acumulando beneficios en sus cuentas corrientes. Te quejas con razón de que el déficit de la mala administración de los distintos gobiernos, presiona ahora en las clases más desfavorecidas. Y no te consuela pensar que también aumentan el IRPF a las rentas más altas. En realidad siempre estás dudando de que ese escaso 10 % de grandes fortunas, pague en la misma proporción que te toca pagar a ti. Y es que no es lo mismo pasar el mes con un salario base que jubilarse de una entidad bancaria en bancarrota con las espaldas cubiertas. Ese tipo de arbitrariedades te producen indignación. Y no sé si es justicia social o envidia cochina por no estar en esa condición de aprovechado. Me temo que por eso la envidia es injusta, porque quiere estar en el lugar de otro, no de manera ecuánime sino en plan de privilegio.
La envidia siempre te hace mirar en dirección equivocada. Hasta confundir tu perspectiva. Porque hace que todo quede distorsionado por tu subjetividad. Algo que nadie conoce y que no sirve para valorar lo otros tienen en cuenta. A mucha gente le gusta ser adulada aunque pise a otro dejándose querer. Incluso aunque sean utilizados para dar lustre en un determinado lugar. Pienso en esos amantes de saraos que son invitados porque dan un toque exótico a la fiesta. Ellos se dejan ver y a ti te toca pagar la entrada al espectáculo. Y en esos momentos te azuza una cierta envidia cochina que no se corresponde con tus verdaderos sentimientos. Porque en el fondo tú no quieres estar en ese lugar, no te venderías para adornar ninguna portada de revista, prefieres la libertad de decir lo que piensas sin tener que callar por lo poco o mucho que debas a otros.
Pero en estos tiempos de profunda reflexión sobre nuestra interioridad me ha parecido que a veces sentía envida. Y que tenía que pedir perdón a Dios por faltar a la caridad. Porque cuando estas sometida a un vicio capital como la envidia, menosprecias al otro, te indignas sin que por ello vayas a solucionar lo que te parece una gran injusticia. Lo mejor es ejercer el dominio de tus propias flaquezas. Valorar tu persona y no amargarte por cómo te ven los demás. Y sobre todo no dejarte arrastrar por pasiones inútiles. Alegrarse del éxito de otros es un hermoso gesto de fraternidad, evitamos con ello las comparaciones odiosas, que no nos dejan pensar con frialdad. Y es que cualquier pasión enturbia el corazón.
Tendría que hablar también de la ira, porque en ocasiones me he dejado llevar por ese fuego interior que te hace clamar contra aquello que no ves justo o apropiado. La ira debe medirse como la envidia en su justa proporción. Por sí mismas son como resortes interiores de autodefensa personal. Los seres humanos estamos preparados para superar situaciones de conflicto, para reaccionar ante las agresiones en legítima defensa. Pero los cristianos sabemos bien que nunca nos debe obnubilar una pasión que nos hace faltar a la caridad. Por eso quiero aprovechar este tiempo de Cuaresma para pedir perdón por esos ratos en lo que he sido balanceada por la ira o por la envidia. Que El Señor no me los tenga en cuenta
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Acerca de Carmen Bellver

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