Pecados capitales que adornan la sociedad

Aunque no tenga muy buena prensa hablar de pecados. Y mucho menos reconocerse débil frente a ellos. Estamos en tiempo previo a la Pascua haciendo un camino de conversión personal. Y en este tiempo especial, no sólo nos dedicamos a orar un poco más, a ayunar de cosas superfluas junto con la abstinencia de la carne los viernes de Cuaresma. Por eso ayer hable de la envidia y de la ira. Decía que las reconocía presentes en mi vida, algo de lo que no me siento orgullosa, pero viene bien hacer una cura de humildad. Si bien la confesión debe ser individual y privada, nada impide que reflexiones en voz alta sobre tus pecados ocultos.
Mucha gente desconoce el origen de los siete pecados capitales. Fue el monje Evagrio Póntico un asceta del siglo IV quien nombró por vez primera esos pecados que nos apartan de Dios, aunque posteriormente se ha considerado recopilador de los mismos a San Gregorio Magno, quien los pondría de actualidad en la vida cristiana. Porque estos pecados son comunes a todos los hombres, forman parte de nuestra naturaleza y se oponen a la vida cristiana. La gula, la avaricia, la lujuria, la envidia, la soberbia, la pereza y la ira, están presentes en nuestras relaciones con los demás, dominan en muchas ocasiones los pensamientos. Por sí mismo ser tentado de envidia o de ira, no debe asustar a nadie, cuando se reconoce su presencia en nuestra vida, permite estar alerta para no caer en el verdadero pecado que es dejarse arrastrar por sentimientos contrarios a la caridad.
No quiero hacer un análisis exhaustivo de cada uno de ellos, pero sí indicar que mucha gente actúa con soberbia sin reconocer que padece ese pecado. De la misma manera que muchos pecan de lujuria y lo consideran lo más natural del mundo. En nuestras relaciones con los demás encontraremos vanidosos que viven sin el menor remordimiento. Y en esas cosas la Iglesia ha sido considerada un aguador de fiestas al someter al cristiano a una estricta vigilancia de las propias pasiones. Pero lo cierto es que esos siete pecados capitales son la antítesis de la vida cristiana. Por ello se contraponen con otras tantas virtudes que forman parte de la excelencia que acompaña a todos los santos; si a continuación las enumero es para que vean el efecto mágico que producen, son: la paciencia, la humildad, la generosidad, la diligencia, la caridad y la castidad.
El monje Evagrio todavía señaló un pecado más, la tristeza. Y probablemente muchos lo consideren algo absurdo. ¿Quién no se ha sentido azotado por la tristeza en alguna ocasión?. Para nuestro monje, la tristeza era una muestra más de la ira. Y lo explica según el uso de la época: “El monje afectado por la tristeza no conoce el placer espiritual: la tristeza es un abatimiento del alma y se forma de los pensamientos de la ira. El deseo de venganza, en efecto, es propio de la ira, el fracaso de la venganza genera la tristeza; la tristeza es la boca del león y fácilmente devora a aquel que se entristece. La tristeza es un gusano del corazón y se come a la madre que lo ha generado”.
¿No es señal inequívoca de la envidia, sentir tristeza ante aquello que no podemos alcanzar?. Viene bien que nos examinemos por si en alguna ocasión estamos próximos a caer en las redes de esos pecados capitales. En ese caso es bueno acudir al sacramento de la penitencia. Pero no debemos entristecernos por ser débiles, ya que como dijo San Pablo “Donde abundó el pecado, sobreabundó la gracia”. Romanos, 5, 20 Por otra parte la Iglesia en el 2008 amplió la lista de pecados para recordarnos que en ocasiones ofendemos a Dios y pecamos contra la caridad en comportamientos que forman parte de la vida diaria. Estos otros pecados son:
• Realizar manipulaciones genéticas.
• Llevar a cabo experimentos sobre seres humanos, incluidos embriones.
• Contaminar el medio ambiente.
• Provocar injusticia social.
• Causar pobreza.
• Enriquecerse hasta límites obscenos a expensas del bien común.
• Consumir drogas.
Algunos de ellos son tan habituales en nuestra sociedad que monseñor Rouco debería subrayarlos en alguna homilía, antes que demonizar a quienes muestran su disconformidad con las reformas laborales. Especialmente, porque muchos de esos pecados están en manos de los poderosos de este mundo. Esos mismos poderosos que han colapsado la sociedad. Si bien es cierto que la crisis no es un problema de una sola arista, si no un conjunto de medidas equivocadas que nos han llevado a una situación caótica. Pero clamar porque la pobreza aumenta en nuestra sociedad, y porque las medidas de recortes afectan a los más débiles, debería estar en la agenda de cualquier purpurado. Y me consta que así es en la mayoría de los casos. Sin embargo monseñor Rouco ha metido la cerviz con su última declaración, no ha estado muy gallego que digamos

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