El misterio de la cruz

Defender la fe como si fuera una ideología más, creo que es el peor error del creyente. Y sin embargo ahí estamos, aferrándonos a la palabra para convertirnos en otra especie de sanedrín que dictamina quien debe morir para poder salvar esa parcela que salvaguardamos con uñas y dientes. La historia se repite millones de veces. Hay inocentes que son condenados por sus propios hermanos, hay amigos que huyen en el momento de la prueba. Pero tenemos la imagen increíble de un Dios hecho hombre que no elude pasar la prueba. Que se queda en la cruz hasta exhalar el último suspiro. No estamos contemplando a un hombre derrotado por los poderosos de turno, sino a un Dios hermanándose con todos los aquellos que son tratados de la misma manera.
La grandeza de la cruz es inenarrable. Nos muestra como asumir la vida llena de pequeñas tragedias sin aparente sentido. Para ofrecerlas con un grito: “Padre en tus manos encomiendo mi espíritu”. Unas palabras de abandono confiado a pesar de la que está cayendo. Y todo eso cobra un sentido lleno de esperanza en el domingo de Resurrección. Cada prueba personal puede ser una ocasión de vivir la Pasión en carne propia. Sólo entonces intuimos y percibimos la grandeza de la cruz. De la misma manera se difuminan las rutinas cuando comprendemos que el memorial de la Eucaristía es una ofrenda de nuestras propias vidas para ser otro Cristo en el mundo.
Cosas así son difíciles de explicar, se deben descubrir de manera personal en cada etapa de nuestra vida. Se deben percibir no sólo con la inteligencia sino especialmente con el corazón. Y entonces entendemos que somos muy poca cosa para tanta responsabilidad. Y ese momento se salva volviendo a confiar en Dios, poniéndonos de nuevo en sus manos para que supla aquello que nos falta y que es necesario.
Tal vez cuando construimos ideologías desde la fe nos estamos convirtiendo en aquello que más odiamos, en la imagen distorsionada de los fariseos. El camino que muestra Jesús sigue eludiendo el enfrentamiento personal, no hay ninguna lucha dialéctica, sólo silencio. Una resignación que nos pone el vello de punta. “¿No tienes nada qué decir?”, le increpa Pilatos. Y quien había hecho de su vida pública una proclamación de la palabra para convertir los corazones, se calla ahora de manera incomprensible. Quien había calmado la tempestad, quien había resucitado muertos y curado leprosos, se muestra ahora frágil y desvalido.
Es el aparente triunfo del mal sobre el bien. El mismo sinsentido de la historia humana que vamos recorriendo desde que el hombre habitó la Tierra. Nada podemos por nosotros mismos ante el hombre hecho lobo para otros hombres. Y todo lo podemos con Cristo en la caridad y la mansedumbre, aunque aparentemente sea un fracaso. Porque no se trata de vana palabrería sino de hechos, de actos, de renuncias, que muestran que el amor es más fuerte que el odio. Es el amor el que nos salva, es el amor que muestra el camino del perdón a quienes nos ofenden o nos condenan. El amor que libera desde la oblación.
Hay muchos que no soportan la cruz. No pueden entender esa inmolación. No comprenden que los mismos cristianos prefirieran mil veces la muerte antes que renunciar a su fe. Les asusta el misterio de la cruz, se revelan frente a él. Abominan de un Dios sádico que manda morir a su Hijo. No saben descubrir al Dios hombre que se deja maltratar por el mal, ese mal que el hombre sólo puede vencer con la fuerza de la cruz. Porque tras el aparente fracaso de una muerte injusta, de una condena maliciosa, sobresale de nuevo el triunfo del amor. Que nos pide a todos los cristianos seguir descubriendo a través de nuestras cruces el mismo camino de Cristo. Se trata de vencer el mal con el bien, con la fuerza de Cristo arraigada dentro de nosotros. Y eso ya no es ideología, ni vana palabrería, es la prueba palpable del Resucitado obrando en nosotros.
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Acerca de Carmen Bellver

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