¿Por qué estoy aquí y para qué?

Cuando vamos a adentrarnos en la celebración del Corpus Christi quiero recordar que no podemos olvidar que nuestro fin en la tierra es dar gloria a Dios. Y que esta solemnidad precisamente nos habla de la alianza de Dios con los hombres. En ella se hace presente el cuerpo y la sangre por el que fuimos rescatados del pecado. Es la sangre derramada para la salvación. Con la Eucaristía Dios entra en comunión con nosotros. Es la nueva alianza en la que Dios nos muestra su misericordia.

Nosotros además celebramos el día de la caridad. Es decir que la “comunión” se establece también con todos los hombres. De alguna manera al participar de la Eucaristía nosotros nos ofrecemos a los demás, al servicio del prójimo según nos mostró el mismo Jesucristo. Por eso la Eucaristía es el motor de la vida cristiana. Se nos ofrece un misterio que a su vez nos convierte en partícipes del mismo. “Yo soy el pan vivo que ha bajado del cielo: el que coma de este pan vivirá para siempre. Y el pan que yo daré es mi carne para la vida del mundo” (Jn 6, 51).

Estos días atrás Benedicto XVI con su fina intuición nos explicaba que debemos volver a lo sagrado. La adoración Eucarística es parte fundamental de ese sacerdocio común del que cada creyente es partícipe. Aunque el mundo dé la espalda a Dios, lo cierto es que El sigue presente aquí, entre nosotros. Y lo hace de la manera más misteriosa y maravillosa que podamos explicar. Se hace alimento de vida. Sin la fuerza de su cuerpo y su sangre, sin la entrega de nuestra propia vida dentro de ese mismo misterio, nada o poco podemos lograr.

La pregunta principal que uno se debe hacer siempre a lo largo de su existencia es por qué está aquí y para qué. Si no encuentra respuesta o sentido a la existencia, si todo es un frenesí alocado por placeres comunes, ambiciones grotescas y orgullosas pasiones, la vida llega un momento que carece de los pilares fundamentales que la mantienen en pie. El sentido profundo de la vida es dar gloria a Dios, vivir para el encuentro definitivo con El. Y mientras tanto caminar en la tierra alimentados con su cuerpo y su sangre y gastando las sandalias para participar en la salvación del mundo.

En ese sentido es fundamental preguntarse si no estamos olvidando el sentido profundo de nuestra existencia. Por eso nombro en ocasiones el “buenísmo asistencial” que se ocupa de lo exterior, pero olvida por el camino esa alianza de Dios con los hombres que nos envía a ser testigos suyos. A evangelizar a todos los pueblos. No sólo con el noble ejercicio de la caridad asistencial, sino también de esa otra caridad profunda que es el amor por la salvación del otro. Ese ejercicio de caridad que nos lleva también a ejercer el consejo y la corrección fraterna.

Tiene razón Benedicto XVI cuando reivindica un espacio para lo sagrado. Porque el hombre debe dar gracias en todo momento y lugar por los dones recibidos. En especial por el don de la vida que nos ha hecho hijos de Dios. La presencia de respuestas profundas por el sentido de la existencia, forma parte del legado que la fe debe llevar al mundo de la cultura, para que Dios no sea ajeno a las esperanzas del ser humano. La sed de Dios se manifiesta de diversas maneras y alcanza al hombre en cualquier tiempo y lugar. Presentar la vida cristiana como un camino de felicidad y plenitud es el reto que tenemos los creyentes en la actualidad.

Un camino que lleva una senda diferente al que suele ofrecer el mundo. Porque no se trata de buscar la felicidad ahogando la sed de Dios. Sino muy al contrario de presentar a la fe como la fuente de esa paz profunda que sólo Él puede otorgar. Una paz que no nos esclaviza ni ata, sino que nos hace especialmente libres y despojados de las ataduras del pecado.

Me gustaría ahora presentar la historia del milagro Eucarístico que dio origen a la solemnidad del Corpus Christi:

Orvieto no se puede olvidar porque allí se encuentra un prodigio divino. Su catedral es custodia de un milagro Eucarístico que se puede venerar en la capilla izquierda. Se trata de un corporal que muestra la Sangre que brotó de una Sagrada Hostia.

En el año 1264 el Padre Pedro de Praga, Bohemia, dudaba sobre el misterio de la transustanciación del Cuerpo y de la Sangre de Cristo en la Eucaristía. Acudió así en peregrinación a Roma para pedir sobre la tumba de San Pedro la gracia de una fe fuerte. De regreso de Roma, Dios se le manifestó de manera milagrosa ya que cuando cuando celebraba la Santa Misa en Bolsena, en la cripta de Santa Cristina, la Sagrada Hostia sangró llenando el Corporal de la Preciosa Sangre.

La noticia del prodigio llegó pronto al Papa Urbano IV, que se encontraba en Orvieto, ciudad cercana a Bolsena. Hizo traer el corporal y, al constatar los hechos, instituyó la Solemnidad de Corpus Christi.

El mismo Papa Urbano IV encargó a Sto. Tomás de Aquino la preparación de un oficio litúrgico propio para esta fiesta y la creación de cantos e himnos para celebrar a Cristo Eucaristía. Entre los que compuso está la sublime secuencia “Lauda Sion” que se canta en la Misa de Corpus Christi.

El año 1290 el Papa Nicolás IV, a petición del clero y del pueblo, colocó la primera piedra de la nueva catedral de Orvieto donde aún se encuentra la sagrada reliquia”.

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Acerca de Carmen Bellver

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3 respuestas a ¿Por qué estoy aquí y para qué?

  1. Muy buen artículo Carmen, pero más cerca de aquí, en Guadalupe (Cáceres) se conserva un corporal con gotas de sangre de un fenómeno milagroso análogo al de Orvieto así como un cuadro de Zurbarán que lo recrea.
    Santo Tomás de Aquino es tambien el autor del Himno “Adoro te devote”

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  2. No lo sabía, Pedro. Gracias por la información. Lo de Santo Tomás es más conocido.

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  3. Esta es la URL del cuadro de Zurbarán en el monasterio de Guadaluoe que se llama “la misa de Pedro de Cabañuelas” y que escenifica el milagro. Los corporales con las gotas de sangre están tambien en la Sacristía en un cuadro tras un vidrio.

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