El eclipse de Dios que se desvaneció al llegar la fe

Que nadie se asuste. Un eclipse sólo es un fenómeno pasajero. Suele suceder de tanto en tanto y se repite de manera persistente a lo largo de un determinado ciclo. Eso es lo que nos diría un astrónomo. Pero cuando hablamos del eclipse de Dios, tendremos que afinar la puntería. No se trata de que hoy Dios sea hoy un perfecto desconocido para la mayoría de los mortales. Al contrario, nunca en la historia de la humanidad estuvo más fácil alcanzar el conocimiento de Dios que en nuestros tiempos. Es ahora cuando hay mayor nivel de alfabetización, la cultura es más amplia, los conocimientos están disponibles y al alcance de un simple clic en el teclado de nuestro ordenador. Es decir, que para un buscador de la Verdad en mayúsculas, la posibilidad de un encuentro con Dios es ahora mucho más favorable que hace miles de años.

Por tanto, el famoso eclipse de Dios no deja de ser una metáfora para constatar que muchos reciben su luz y ni siquiera son capaces de reconocerlo. Porque de lo que no cabe ninguna duda es que Dios acompaña a la humanidad y está presente en todo tiempo y lugar a lo largo de nuestra historia. Lo que sucede es que el hombre sigue considerándose autosuficiente. Y en parte lo es. Tiene el ingenio necesario para adaptarse a cualquier situación. De manera que puede superar cualquier adversidad. El eclipse de Dios forma parte de la ausencia de preguntas en nuestra vida. La mecánica moderna nos lleva en plena efervescencia a consumir tiempo, sin ningún tipo de profundidad. El hombre suele evadirse y buscar la manera de distraerse. Y hoy es más fácil que nunca consumir tiempo y vivir permanentemente distraído de mil modos diferentes.

Cuando el ser humano se ocupaba básicamente de subsistir, tenía un profundo respeto por la naturaleza y gozaba con ella, al mismo tiempo que se sentía embargado por el misterio de la Creación. Con el paso de los años, a medida que la ciencia le respondía a cada uno de esos interrogantes anteriores, fue perdiendo el respeto a la Creación. Ya no era una obra misteriosa y a su vez maravillosa. Se convirtió sencillamente en un desafío a su inteligencia. Con el tiempo igual que había conseguido conocer los misterios del pasado, podría alcanzar a resolver los que ahora le estaban vedados. Y lo anunció a los cuatro vientos, consiguiendo que muchos dejasen de pensar en un ser superior que rige los destinos de la humanidad.
Ese sería un proceso lógico, pero aún así tendríamos que razonar para llegar a un punto de ateísmo. Y por lo general, lo que existe es indiferencia. Dios ya no es una respuesta necesaria al hombre para poder vivir y desarrollarse. Es más, la fe heredada en el pasado se convierte en una molestia para vivir el presente sin hacerse demasiadas preguntas. Uno sabe que nace, vive y fatalmente terminará por morir. De manera que no vale la pena indagar sobre algo que se da por hecho.

Pero amigos qué sucede cuando alguien descubre que ha sido estafado por la sociedad. Que se le ha ocultado la mejor parte de la vida, el premio gordo de la lotería. El resultado es porque ha ido descubriendo que eso que se establece como norma, eso que damos por supuesto, no es tan cierto como habíamos creído. Es decir que las respuestas estaban falseadas. Y las cosas no son como habíamos creído hasta entonces. Pues eso mismo es lo que le sucedió al escritor que quiero presentarles. John C. Wright es escritor de ciencia ficción y fantasía y en una entrevista a fondo del bloguero de Infocatólica Bruno Moreno, nos explica paso a paso cómo llegó del anticristianismo a la fe de un católico converso. Y cuando se lee su relato terminas por comprender que no hay nada mejor para explicar la fe que el testimonio de los conversos.

Al oírles una comprende que la mayoría de los católicos sociológicos de nuestro país, necesitan encontrarse con las mismas inquietudes e interrogantes que tuvieron estas personas. Para descubrir junto a ellos que Dios no es un fenómeno imaginario e imposible, sino la realidad más maravillosa con la que el ser humano puede encontrarse. Es la esencia de la vida y de la creación y la razón última de nuestra existencia. Con eso basta para que sigamos insistiendo en dar razón de nuestra esperanza. Disfruten de la entrevista. No tiene desperdicio.

Acerca de Carmen Bellver

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