Ahora que somos más pobres

Me han contado en infinidad de ocasiones las miserias de la posguerra española, condenada a prolongarse durante décadas por fuerza mayor. Había estallado la Segunda guerra mundial y el conflicto envolvía de caos el horizonte. Durante cerca de tres décadas en España se sobrevivió con muy poco. Y las típicas amas de casa que además sabían coser, eran capaces de hacer de un roto y un descosido un pedazo de remiendo para años. Pero la época, por muy dura que sea, tiene su parte de dosis humana con salero. La gente subsistía, sobrevivía a veces mal nutrida, pero siempre encontraban en el intercambio de víveres el equilibrio dietético adecuado. Y las chapuzas entre vecinos estaban al orden del día. Encima existía un solo traje de fiesta. Y las celebraciones se realizaban siempre en casa, con muy pocos amigos.

España vuelve ahora por el túnel del tiempo a la economía de subsistencia. Son muchos quienes ya no tienen para comer. Y el trabajo escasea. No estamos acostumbrados a arreglar electrodomésticos, han desaparecido los talleres artesanales que te devolvían nueva la tostadora, con solo cambiar las resistencias que se habían deteriorado. Me gusta pensar que la gente le echa valor a la vida y si no puede llamar un pintor, es capaz de subirse a una escalera para dejar como un pincel su modesta residencia. Porque ante todo la pobreza puede ser muy digna y muy humana.

Hasta los centros escolares están negociando con sus AMPAS soluciones de posguerra. Y se proveen de bancos de libros, para reutilizar aquellos que pasan de un curso a otro. Todo para que las economías menos favorecidas, aquellos que sufren la precariedad de esta crisis, con el paro y la falta de recursos para comer cada día, puedan seguir accediendo a ese bien de valor universal que es la escuela. Y allí nos ocuparemos de reciclar los útiles y además de enseñar cosas tan básicas como leer o escribir, tendremos que apoyar a las familias. Porque estamos a un paso de que finalicen las becas de comedor, y las becas de libros, y las ayudas para cualquier otra cosa. Y es difícil a quien no se le ha enseñado algo de economía que sepan llevar los gastos básicos controlados.

Tendremos que volver a poner en práctica el ingenio del que el pueblo español está muy bien dotado. Y que fue capaz de convertir cualquier cosa en un juguete, cuando los Reyes sólo venían con un paquete bajo el brazo. Educar en la austeridad, dejar de hacer caso a la sociedad del consumo, para pasar a centrarse en lo básico, va siendo ya una obligación en muchas casas. Y probablemente nos convenga acudir a las filmotecas que tan magistralmente radiografiaron la sociedad española de esas décadas. Para desempolvar una realidad que se está convirtiendo ya en pesadilla.

Nos puede llamar la atención, desandar un camino que habíamos ido olvidando. Algo tan extraño como que se subía en bicicleta sin casco y se patinaba sin rodilleras. No es que apueste por olvidar medidas de seguridad, sino tan sólo recuerdo que hay generaciones enteras que no tuvieron ni salida de fin de curso, ni excursiones trimestrales. Y en las casas más humildes el noviazgo consistía en pasear por la calle cogidos del brazo. Digan ustedes ahora que nos han acostumbrado a sufrir el síndrome tecnológico, que abandonemos la costumbre del celular, de la cámara de fotos, la impresora a color, el ordenador portátil o el iPad. Y se nos hace un mundo. Ya no podemos concebir la vida con muchas cosas que ahora se han convertido en imprescindibles.

El caso es que la pobreza estaba ya casi olvidada y todos nos habíamos vuelto muy ricos. Y ahora que los ricos nos quieren devolver a la pobreza del subdesarrollo, sólo queda el camino de reivindicar el derecho al trabajo y la vivienda. De exigir los compromisos a quienes nos gobernaron haciendo dejación de sus deberes. Y apostar por un mundo más solidario para que no sean siempre los mismos quienes se van de rositas con los riñones forrados de billetes.

Porque la pobreza, lo vuelvo a repetir, puede ser digna. De hecho es muy digna, cuando se tienen las necesidades básicas cubiertas. Y no hay que mendigar por las esquinas. Pongamos corazón en ayudarnos unos a otros. Acudamos a esos bancos solidarios que nos enseñan a compartir aquello que puede ser útil a la sociedad. Si salimos de la espiral de codicia y egoísmo que nos rodeó con la sociedad del bienestar, tal vez podamos comprender que somos parte de esa sociedad corrompida que ahora está desmoronándose. El principio de corresponsabilidad es tan básico que ha sido precisamente la falta de ese valor el que ha llevado a la ruina a tantos.

Y hagamos que algunos sientan vergüenza de su falta de ética, de su irresponsabilidad e ineptitud para estar al frente de las instituciones que tienen el deber de velar por el bien común.

Acerca de Carmen Bellver

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