“A cada día le bastan sus disgustos”

Así lo leemos en el Evangelio de hoy, San Mateo (6,24-34). Se nos pide construir el día a día sin preocuparnos demasiado del mañana. No es un acto irresponsable, sino la sabiduría milenaria de quien sabe que nos vamos con lo puesto. Todo se queda aquí. Ya puedes intentar asegurarte un futuro maravilloso, que la fuerza de los acontecimientos se empeñará en hacer fracasar tus planes. Serás un actor famoso, un obispo con prestigio, un director admirado en los círculos del poder. Podrás brillar en el papel couché, ser portada de un telediario. Y todo eso carece de la mayor importancia para cuando tengamos que enfrentarnos con la mirada del Señor. Porque para un católico convencido el Reino de los cielos es la eternidad. Ese es el premio al que aspiramos. Lo demás comparado con ello, no deja de ser una boutade.

En ese final que es el principio de toda la eternidad, las preguntas tendrán otro nivel de exigencia.Dicen que nos examinarán del amor. Pero el amor es un sentimiento volitivo que no está sujeto al capricho del destino, sino que es un acto deliberado de la voluntad.El amor se construye día a día, poniendo interés en todo aquello que realizamos. Se trata de hacer real la sentencia latina “Carpe diem” Pero no para agotarnos en los placeres ordinarios que se nos presentan como ídolos. Sino para alcanzar la serenidad de quien sabe donde tiene puesta su mirada. Amar no es un sentimentalismo pasajero, es nuestro primer mandamiento. Y cuando se desea la salvación de los hombres y su bienestar. No se hacen componendas con el otro lado, el lado del pecado y del mal.

Es cierto que Dios es un Padre misericordioso, que nos enseña a no juzgar con severidad, puesto que sólo Él conoce el interior humano y las circunstancias que nos acompañan. Pero es falso pensar que estamos todos salvados, que no existe el peligro de la condenación eterna. Hemos querido borrar del mapa todo lo que nos pudiera ocasionar cualquier tipo de miedo o angustia. Y así hemos educado a imberbes jovencitos que no son capaces de suprimir ningún capricho de su agenda. Y están convencidos de que no venimos a padecer ni a sufrir a este mundo, sino a gozar y ser felices. Máxima de muchos psicólogos y terapeutas. ¡Qué diferente la imagen de Cristo crucificado!. Mostrando el camino de la renuncia a la propia vida por la salvación de los demás.

Y el Evangelio sigue siendo claro y preciso. Formamos parte del Cuerpo místico de Cristo y como Él estamos llamados a la redención del género humano. Dios se ha hecho hombre para salvar a la humanidad. Y para recordarnos que debemos ocuparnos unos de otros. Especialmente importante la oración como fuerza generadora de la gracia que por nosotros mismos no podemos alcanzar. Imprescindible la austeridad de vida para mostrar que no estamos apegados a este mundo. Y todo ello ha sido olvidado y solapado por la solidaridad y un buenismo inconsistente que hace que nada sea malo. Hemos suprimido la palabra pecado de nuestro manual de supervivencia. No queremos malos rollos, tonterías de come cocos de curas y aguafiestas.

Y hoy nos vuelve a decir el Señor “No podéis servir a Dios y al dinero”. “Nadie puede estar al servicio de dos amos”. Y es obvio que si estamos al servicio de los ídolos de este mundo, si nos empeñamos en convivir y agasajar a quienes viven en pecado. No estamos precisamente buscando el Reino de Dios y su justicia. Es más urgente que nunca vivir con cierta reciedumbre. Porque incluso cuando se hace oración se puede caer en un narcisismo egoísta. Estamos constantemente siendo tentados para no recordar lo elemental: que estamos de paso. Y que lo importante será haber sido fieles al Evangelio y haber construido nuestras relaciones con lazos de fraternidad. Pero también, tendremos que reconocer que hay que marcar distancias con el estilo de vida que nos propone la sociedad. Y el estilo de vida de Jesús que no tenía dónde reclinar la cabeza.

El estilo de vida cristiano choca frontalmente con las realidades que nos superan día a día. Un cristiano debe distinguir entre vivir a la moda, o vivir con la moda. Entre vivir con holgura o despilfarro. Entre la vanidad y la sencillez. Entre el ahorro y la usura. Entre la justicia o el egoísmo. Son tantos los campos abiertos y frontales de lucha diaria que nos hemos acostumbrado a acomodarnos lo mejor posible para ir tirando. Y dicen que “Jesús no vino a condenar a nadie ni a imponer nada”. Abran el Evangelio, por favor, y verán que vino a cumplir la voluntad del Padre y a mostrarnos el camino para renunciar a nuestro propio ego. Que Dios tenga misericordia de nosotros por cuantas veces nuestros actos y palabras son ocasión de pecado para los demás.

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Acerca de Carmen Bellver

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