Descubriendo el amor, un camino sin fin

Cuando una lleva recorrida la mayor parte de su travesía personal se empieza a tener una visión diferente de la vida. Ya no cuenta tanto el enamoramiento que, en definitiva es como una dulce borrachera, donde la chispa del momento es lo que cuenta. Ahora empiezas a comprender lo que es el amor de verdad. Y el amor en sus diferentes versiones, fraternas, maternas, filiales, es siempre un compromiso personal con el otro. Para hablar del amor siempre tendremos el Evangelio, donde el camino que nos muestra es precisamente el del servicio. El amor en familia es eso, servicio mutuo, desinterés permanente. Cuando sale a flote el egoísmo, esa parte de ti que se niega a darse al otro, entonces se sacuden los cimientos familiares.

Por eso es tan importante reivindicar el sacramento del matrimonio, como una apuesta firme de donarse mutuamente con todas las alegrías y las dificultades. Y desgraciadamente los jóvenes de hoy valoran poco esa apuesta. No porque no les guste asumirla, sino porque les han enseñado un camino equivocado. Todo a su alrededor les está animando a la felicidad utópica, y de esa manera cuando llegan los primeros sinsabores, las primeras contrariedades, el choque de dos personalidades que tienen intereses diferentes; en ese momento, surge la crisis y la ruptura se hace inevitable. Porque para eso la sociedad ha construido el divorcio exprés, que es la manera rápida de solucionar una diferencia sin enfrentarse a ella de manera común para poder ver en una misma dirección.

El amor como sacramento, en cambio, tiene como eje fundamental a Dios. Son dos personas que se unen para dar gloria al Señor, con los hijos y la vida en común. Partiendo juntos en una misma dirección que tiene como finalidad la santidad. Explicar ese compromiso implica que ante las dificultades ambos se arrodillan para buscar frente a Dios la solución más oportuna, eso es mucho más complicado de lo que nadie pueda imaginar. Porque en definitiva el amor no solo es la atracción por una persona, el sentirse cómodo al lado de otro, el vibrar al unísono en una conversación; o la sensación de tener muchas cosas en común. Lo importante es descubrir que se quiere realizar el mismo compromiso de vida, para eso se invento una parte del camino que se llama noviazgo. Un camino que también ha devaluado nuestra sociedad actual.

Conviene que retomemos la educación de los hijos como ese compromiso que les ayuda a ser personas responsables. Y para ello necesitamos prepararles también para el fracaso. En la vida a veces tropezamos, caemos y lo importante va ser que sepamos levantarnos para seguir caminando. Aceptar las dificultades, asumir que tenemos días malos en los que al final de la jornada, con una buena reflexión ante Dios, deberemos pedir perdón para poder recomponer las fracturas de la convivencia. Y sobre todo presentar la vida como una gran aventura en la que nunca terminamos de aprender. Eso es elemental. Porque aunque alguien pueda creer que está de vuelta y lo sabe todo, la vida se empeña en demostrarte que sigues siendo un pardillo en la materia, y que todavía te queda mucho que aprender.

Me gusta presentar estas líneas de reflexión personal por si le pueden servir a alguien. Porque uno de los compromisos del creyente es construir un mundo más fraterno, más justo. Y aportar el bagaje que llevas sobre las espaldas es más gratificante que encerrarte con tus recuerdos a rumiar el pasado. Por tanto, amigos. Volvamos a presentar el amor en todas sus vertientes como esa voluntad de compromiso personal por ser unas personas que viven de acuerdo con la voluntad del Señor. Que cuando nos enfademos entre nosotros busquemos siempre la reconciliación, la manera de seguir caminando en común. Y sobre todo amigos, me gusta el ejemplo que escuché en una homilía a un sacerdote. Amar es buscar la felicidad del otro, hacer la vida agradable a quienes están a tu alrededor. Recordemos el aforismo: “el amor es un yo que busca un tu para formar un nosotros”. Si por el camino descubrimos que eso no va a ser posible porque el otro no piensa lo mismo, entonces mejor solos que mal acompañados.

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Acerca de Carmen Bellver

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