La crisis moral de la sociedad

Ha pasado el día de los abuelos. Todo han sido homenajes y parabienes. Son importantísimos en las familias en crisis. Se encargan de los nietos, mientras sus hijos trabajan afanosamente o buscan trabajo con tesón. En ellos se da el colchón familiar necesario en horas de penuria. Y especialmente generosos con sus hijos, prestan dinero y tiempo sin reparos. Pero eso sucede porque ahora la jubilación permite sobrevivir unos veinte años de dorada vejez. Este país ha tratado de lujo a sus ancianos, con ayudas, con servicios sociales. Eran los niños de la guerra, habían conocido el hambre de la posguerra y las estrecheces diarias de alimentos y comodidades.

No hay nada más triste que la vejez, ver como los achaques se ceban en su cuerpo, mientras observan cómo pasa la vida y se va aproximando el momento de abandonar este mundo. Y es especialmente doloroso conocer a esos ancianos que son depositados en residencias, lejos de las vacaciones familiares, porque ahora ya no son ayuda sino carga dolorosa que nadie está dispuesto a asumir. Es duro compartir la existencia con ancianos dependientes, se necesitan muchas dosis de comprensión y valorar la vida por lo que es, no por las apariencias. Un anciano maniático y rencoroso es capaz de amargar el hogar familiar de una pareja. Así que nadie podemos juzgar con imparcialidad por qué abandonan a sus padres en una residencia mientras se pagan un crucero por el Mediterráneo.

La gente necesita descansar, tomar distancia de la vida cotidiana, cambiar de aires. No seré yo quien enjuicie a nadie. Porque entre otras cosas convivo con una anciana que lleva muchas décadas a sus espaldas y sobrevive pese a ictus, arritmias, azúcar y artrosis avanzada. Pero me he sentido triste cuando una de sus amigas ha sido llevada a una residencia, porque ninguno de sus tres hijos se quería hacer cargo de ella en tiempo estival. Me he puesto en la piel de esa mujer, que ha tenido que trabajar duro durante toda su vida por sus hijos y su marido. Y de pronto, con nietos ya adultos, es el mueble que sobra en la casa. No puede estar sola, no puede estar acompañada, porque ya no sabe lo que hace, y nadie de los suyos quiere sacrificar el verano para cuidar sus últimos días. Porque no se nos escapa que con ochenta y tantos, pocas primaveras van a seguir luciendo.

Insisto que soy consciente de lo mucho que desgasta la enfermedad. Pero no creo que el dinero pague el cariño y la dedicación de los de tu propia sangre. Y tal vez porque me duele ver que se convierten en una carga, me resulta más difícil todavía tomar decisiones que me ocasionarían dolor de conciencia. No, no quiero abandonar a mi madre en una residencia, solo le pido a Dios que me la conserve con sus achaques pero lúcida para que pueda seguir en su casa, con los suyos. Aunque haya días que una saldría hacia cualquier destino agotada por las pequeñas chispas que ocasiona la convivencia.

Me pregunto si tenemos derecho a descansar de la familia. Si cuando hemos sido niños y llorábamos por la noche, descansaban de nosotros. Si cuando insistíamos en nuestras peticiones inoportunas, nos enviaban lejos. Y no tengo conciencia de que eso haya sido así, por lo que no me siento con derecho a tener vacaciones lejos de los míos. Y me sorprende cuando la gente te pregunta si no sales y no te vas a tomar unos días de descanso. Es que si estoy fuera, me siento mal, pienso que no tengo derecho a dejar sola a una anciana, ni sería capaz de pagar para que tenga compañía. Porque entre otras cosas, no me gustaría estar en su piel y ver que los suyos necesitan alejarse, tomar distancia, ahora que ya no se pueden servir de sus guisos, sus labores, sus tartas, sus cuidados. No hay nada peor que la ancianidad en soledad, toda una vida pasando por tus ojos, mientras te abandonas en un sillón orejero reposando los recuerdos.

Y pienso en todas esas residencias donde vegetan sin vida propia los ancianos. Padres o madres que tienen familia, pero han perdido su cariño. Es obvio que hay casuísticas de todos los colores. Sin embargo, no hay nada más ingrato que desear la muerte de quienes nos trajeron al mundo. Cuando no sentimos dolor por estar alejados de su presencia. Cuando el corazón ha quedado anestesiado de recuerdos que deberían hacer revivir el amor filial. Me pregunto quién está más próximo a la muerte. ¿Si el anciano o el hijo que lo considera una carga en su vida?. Porque hay una muerte espiritual que la sociedad no valora. Esa muerte se da hoy con demasiada frecuencia. Es la que priva de vida a un ser acudiendo al aborto, la que justifica la eutanasia, la que se convierte en monstruo para los de su propia sangre. Que el Señor nos conceda a todos lucidez para saber valorar lo que de verdad merece la pena.

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Acerca de Carmen Bellver

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