La crisis moral de la sociedad es apabullante y no conoce la vergüenza

Cuando hablamos de la crisis moral de occidente tenemos motivos fundados para sospechar que la situación de no retorno ha llegado a su punto culminante. No me sorprende leer que el cerebro de la trama Marbellí del caso “Malaya”, haya apelado al sentimentalismo farisaico, cuestionando que su condena está al mismo nivel que la del asesino de la niña Mari Luz Cortés. Aunque puede que a usted también le produzca repelús, que alguien se considere moralmente por encima de un asesino, sólo porque su delito se reduce a la voracidad por el vil metal. Ya digo que una no deja de sorprenderse cada día. En estos momentos críticos de nuestra sociedad, podemos ser más conscientes que nunca de que la corrupción produce la ruina moral de una nación. Y Juan Antonio Roca, es de manera indirecta causante de tanto daño como el que infiere un asesino a su víctima.

Por esa razón, la sabiduría de la Ley de Dios ha puesto un decálogo donde todo se mide por el mismo rasero. Ese es el motivo de que podamos valorar en su justa medida el daño que se ocasiona dejándonos arrastrar por nuestros peores instintos. Lo es, la injuria, la mentira, el engaño, el asesinato, la difamación. El abuso sistemático de poder hacia el más débil. Podríamos clasificar los delitos y los pecados en la misma línea. Los primeros afectan a las personas, por eso mismo afectan también a Dios. Ya nos dice el Evangelio que el amor a Dios y al prójimo tiene la misma dirección, el uno no se puede dar sin el otro.

Pero claro, los razonamientos que tratan de justificar cualquier arbitrariedad son moneda de uso corriente. De ahí que ante el anuncio de modificación de la Ley del aborto por el Ministro de Justicia, se hayan levantado voces infames que proclaman el derecho a decidir sobre la vida o la muerte de otro ser. Y las líneas sutiles que separan esta atribución se sitúan precisamente en los márgenes del sentimentalismo. Ahí donde uno se cuestiona si vale la pena que otro ser viva en determinadas condiciones. Es decir, que el ser humano se atribuye la capacidad de decidir sobre la vida o la muerte de otro. De la misma manera que uno se sitúa por encima del asesino al apelar al sentimentalismo más hipócrita.

Pero con cinco millones de parados y miles de familias sin ningún ingreso que haga digna su existencia, podríamos decidir que su vida, carente de dignidad y derechos, no merece la pena. Que total, para tener que sufrir la infamia de mendigar o trabajar sobreexplotados, carece de sentido su existencia. La rueda de la sutil justificación de la muerte de otro ser ya estuvo presente en Europa con la solución nazi en cientos de campos de concentración. Es la infamia revestida de una lógica aplastante que pone el mal en el lugar del bien.

Por eso las voces de determinadas católicas por el derecho a decidir, justifican su supuesto “derecho a dar muerte a sus propios hijos”. Una podrá decir que no quiere ver sufrir a un disminuido psíquico; otra, que no tiene recursos para mantenerlo; la siguiente que no es el momento adecuado; cualquier motivo, incluso el más banal, sirve para dar muerte a un inocente. Se trata de su supuesto “derecho” frente al derecho de quien no tiene voz, de quien es considerado poco menos que un grano molesto.

Los defensores de la vida no son esos hipócritas que legislan la integración en la escuela de niños disminuidos psíquicos, para a continuación aprobar una ley que los suprima desde los primeros latidos de su corazón. Esa hipocresía social es tan esquizoide que terminará por ocasionar daños irreparables, si no los ha ocasionado ya. Me pregunto si alguien tiene derecho a elegir niños a la carta, vender sus óvulos, alquilar su vientre. Si todo consiste en ejercer mi derecho, no es extraño que alguien cuestione su condena por haber trapicheado con el dinero del contribuyente, que en definitiva es el suyo, el mío y el de todos. Porque como bien decía aquel spot televisivo, Hacienda somos todos, si es que contribuimos con nuestros impuestos a que el bienestar social también sea repartido proporcionalmente.

La cuestión es que muchos no están por la labor de asumir sus pecados. Prefieren mirar hacia otra dirección y señalar con el dedo, para sentirse un poco menos mezquinos de lo que son en realidad. Ya digo, la crisis moral es apabullante y no conoce la vergüenza.

Anuncios

Acerca de Carmen Bellver

Colabora en los medios de comunicación aportando su visión desde el humanismo cristiano
Esta entrada fue publicada en Actualidad y etiquetada , , . Guarda el enlace permanente.

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s