“Lo que me preocupa no es el grito de los malos sino el silencio de los buenos”

Me atrevería a afirmar que estamos en un proceso de desintegración de nuestro tipo de civilización. Las nuevas tecnologías aplicadas a todos los ámbitos de la vida humana, crean conflictos morales que todavía no han sido abordados desde una perspectiva humanista. Son saltos en el vacío que algunos intentan justificar y otros rechazan, con argumentos que en ambos casos parecen sólidos.

Dentro de la misma Iglesia, desde la libertad de conciencia de sus miembros, se levantan voces discrepantes de la Tradición. Se siente llamados a ejercer en los límites cruzando muchas veces la raya entre lo legal y lo moral. Dicho de otro modo, es legal abortar en unos determinados plazos. La cuestión es que no es moral hacerlo siguiendo la doctrina católica. Pero mira por donde voces como la benedictina Teresa Forcades o el jesuita Juan Masiá, nos sorprenden con su permisividad, justificando el aborto en una especie de complejo moral, que les lleva a confraternizar con la solución más fácil. La de la eliminación del ser molesto, por tener taras, por no ser deseado, o por cualquier otro supuesto que concede un derecho sobre la vida y la muerte de otro ser.

Sin embargo, podemos descubrir a través de nuestra tecnología, que ese ser al que algunos niegan el derecho a la vida, se forma de una manera sorprendente con reacciones tan humanas, que resulta imposible no concederle carta de ciudadanía. Estamos asistiendo a la confrontación moral que supone decidir sobre la vida o la muerte. Y no parece que la ciencia y la fe se pongan de acuerdo. Todo se reduce a un mero conflicto de intereses, entre el supuesto derecho de la mujer a decidir dar vida o negarla. Se olvidan que matar es un pecado y cuando no se respeta sitúa al ser humano en la vulnerabilidad, hay un punto de no retorno para justificar la eutanasia que consiste precisamente en negar la dignidad al ser humano, el considerar que su enfermedad no merece prolongarse. Es idéntico argumento al de negar su existencia cuando se le detectan malformaciones.

Siento el mismo vértigo que al enjuiciar los drones, esa mezcla de aviones inteligentes, no tripulados y teledirigidos con misiles dispuestos a lanzarse sobre objetivos seleccionados meticulosamente. Un nuevo tipo de guerra despersonalizada, donde un hombre selecciona en la tranquilidad de su habitación frente a una pantalla de ordenador un objetivo, lo sigue, lo estudia, y decide que ha llegado el momento de actuar sobre él. Es idéntica frialdad a la que arbitrariamente condena a muerte al ser que se gesta en su interior, un ser que como no ha nacido, no ha visto a la luz, a todas luces carece de derechos. Es el paso de no retorno, el de la pérdida de derechos y despersonalización del ser humano.

La pregunta es, dónde situamos la línea que separa lo moral de lo legal. Alguien tiene que ser capaz de defender de la arbitrariedad y el egoísmo al propio ser humano. Tenemos que reconocer que hay actuaciones que técnicamente son posibles de realizar ¿pero son justas?. Los conflictos morales no se resuelven en las cátedras. Tienen una ley escrita desde hace más de dos mil años, una ley que habla del amor a los semejantes, de la dignidad de todas las personas sin distinción de raza o religión. Esa ley escrita en el decálogo tiene muchas aristas que se abren día a día, al contacto con la realidad. Pero no cabe duda, que sirven muy bien para delimitar que no todo puede ser permitido.

En el momento que el hombre ya no cree que su semejante tiene la misma dignidad ante Dios y ante el resto de los seres humanos. Se pierde la noción del bien y el mal. Lo hemos visto en todos los conflictos bélicos que precisamente son los mejores ejemplos de cómo la humanidad es llevada al límite. En esa tierra de nadie sale lo mejor y lo peor del ser humano. Pero no cabe duda que molestar al sistema puede convertirte en objetivo seleccionado meticulosamente. Un objetivo a batir en esa guerra por el poder y el control del mundo, que las grandes potencias están llevando a cabo ante nuestras propias narices.

Lo digo porque ahora mismo, los mercados exigen cuotas de sacrificio al estado de bienestar y movilizan una batería de decretos ley que hacen temblar el derecho y la justicia. Y no parece que el mundo reaccione frente al alcance moral de esas decisiones. Sin embargo cuando Europa fue abducida por el nazismo asistimos al horror del mal en toda la extensión de la palabra. Y la destrucción fue terrorífica.

Ahora mismo ese mal se refleja en leyes que van socavando los cimientos de la civilización cristiana y que suenan tan brutales, como las declaraciones de Rosa Regás, afirmando el derecho al aborto para no parir “monstruos”. Sin embargo, la Iglesia durante generaciones actuó asistiendo a esos “monstruos” y su labor meritoria les otorgó una serie de derechos. Tales derechos se enmarcaron en leyes de educación para proteger a esos supuestos “monstruos”. Leyes que hicieron su vida mucho más agradable y que proporcionaron a sus familias ayudas que ¡oh, paradoja, ahora se recortan!. Es curioso pero cuando ves perder derechos delante de tus narices, puedes sospechar que el siguiente en la lista serás tú.

Como dijo Luther King: “Lo que me preocupa no es el grito de los malos, sino el silencio de los buenos”.

Acerca de Carmen Bellver

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Una respuesta a “Lo que me preocupa no es el grito de los malos sino el silencio de los buenos”

  1. Los “buenos” de misa setmanal y hasta misa diaria, suelen ser por mayoria ignorantes de estos temas que tratamos, y a la hora de defender en una tertulia social el tema se quedan callados. Lo he experimentado yo mismo asistiendo a charlas donde gente de misa frecuente es incapaz de decir ni pio para defender el Matrimonio. La culpa es siempre de los que mandan en la misma Iglesia que han preferido gentes ignorantes con el convencimiento de que seran más obedientes. Ser católico practicante deberia consistir en unas responsabilidades de asistir a “clase” de conferencias sobre los temas controvertidos, pero vemos que para recibir los sacramentos no se exige nada a cambio, solo que la gente se confiese frecuente y punto. En el articulo anterior te digo algo parecido.

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